El Arte de Bajar al Abismo

DESCENSO SAGRADO

No fue un accidente.

No tropezaste. No te empujaron.

Elegiste bajar.

No por debilidad, sino por una lucidez que dolía.

Supiste que no podías seguir rodeando la herida. Que no bastaba con entenderla. Había que atravesarla.

Y el camino hacia adentro no era luminoso.

Era vertical.

Bajar a tu propio infierno no fue dramático.

Fue íntimo.

No encontraste demonios externos. Encontraste emociones acumuladas.

Rabias contenidas, deseos silenciados, versiones de ti que habían sido exiliadas para que pudieras encajar.

Tu infierno no era fuego.

Era verdad.

Te quitaste la primera máscara con cuidado.

La de la mujer fuerte que todo lo sostiene. Después cayó la de la mujer comprensiva que nunca se enfada. Luego la de la mujer espiritual que todo lo trasciende.

Cada máscara que tocaba el suelo dejaba al descubierto algo más crudo. Más humano. Más vivo.

Comprendiste que no estabas cayendo. Estabas enraizando.

Las raíces no buscan el cielo. No compiten por altura.

Se hunden. Se ensucian. Se expanden en la oscuridad antes de sostener cualquier fruto.

Nadie celebra el momento en que una raíz atraviesa la tierra.

Pero sin ese gesto silencioso, no existe árbol.

Hubo una noche en la que algo murió.

No tu cuerpo. No tu esperanza.

Murió la versión de ti que necesitaba aprobación para existir.

Murió la necesidad de parecer luminosa, la urgencia de gustar, la fantasía de ascender sin romperte.

Las muertes simbólicas no tienen funeral. Pero dejan espacio.

La noche oscura del alma no es poesía.

Es ausencia.

Es no sentir guía.

No sentir señales.

No sentir recompensa.

Es caminar sin aplausos.

Sin confirmación.

Sin garantías.

Es estar sola con tu proceso

sin convertirlo en espectáculo.

Te convertiste en semilla.

Enterrada. Invisible. Aparentemente inmóvil.

Nadie admira a la semilla.

Pero bajo tierra ocurre la revolución.

El descenso no te destruyó. Te despojó.

Te quitó lo que no eras para dejar espacio a lo que siempre estuvo ahí.

Elegiste bajar cuando aún podías seguir subiendo.

Elegiste profundidad cuando la superficie todavía te ofrecía aplausos.

Y en esa decisión silenciosa ocurrió la iniciación.

Porque no toda caída es fracaso. Algunas son sagradas.




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