Hubo un tiempo en el que el abismo te asustaba.
No por lo que había en él.
Sino por lo que podía revelar sobre ti.
Temías el silencio.
Temías la soledad.
Temías no tener distracciones que amortiguaran tus pensamientos.
Por eso te quedabas donde no eras feliz.
Por eso llenabas espacios con ruido.
Por eso confundías compañía con conexión.
Hasta que un día no quedó nada que evitara la caída.
Y caíste.
Pero no fue una caída violenta.
Fue un descenso lento hacia ti misma.
Descubriste que quedarte sola no era castigo.
Era encuentro.
La soledad dejó de sentirse como abandono y comenzó a sentirse como territorio.
Un lugar donde no tienes que explicarte.
Donde no tienes que traducirte.
Donde no tienes que suavizar tu intensidad.
En lo oscuro empezaste a ver matices.
Sombras que antes parecían amenaza ahora parecían profundidad.
Porque la oscuridad no es ausencia de luz.
Es espacio sin distracción.
Ahí aprendiste a escucharte.
Sin aplausos.
Sin opiniones externas.
Sin espejos que deformaran tu reflejo.
Te convertiste en hogar.
No en refugio temporal.
En hogar estable.
Un lugar al que puedes regresar después de cada decepción,
después de cada ruptura,
después de cada pérdida.
Amar el abismo es dejar de querer huir de lo incómodo.
Es sentarte en medio del vacío y descubrir que no estás rota.
Estás en silencio.
Y el silencio profundo no es frío.
Es calma.
En la superficie todo es ruido, comparación, urgencia...
En lo profundo todo es lento.
Respirable.
Verdadero.
La calma que existe en lo profundo no es euforia.
Es certeza.
Ya no necesitas llenar tu vida para sentirte completa.
Ya no necesitas ser elegida para sentirte valiosa.
Ya no necesitas huir de la noche para sentirte viva.
Porque cuando aprendiste a amar el abismo,
dejaste de temer perderlo todo.
Ahora sabes que, incluso si todo desaparece,
tú permaneces.
Y eso es Paz.
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Editado: 25.02.2026