Capítulo 3
La rivalidad entre Aidan Harrison y Valerie Belmont se había convertido en el tema favorito de la alta sociedad.
Nadie entendía qué estaba ocurriendo entre ellos.
No eran pareja.
No eran amigos.
Pero tampoco podían ignorarse.
Era como observar dos fuegos acercándose lentamente.
Y todos sabían que tarde o temprano algo iba a explotar.
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Aquella noche, una exclusiva fiesta benéfica se celebraba en uno de los hoteles más lujosos de Nueva York.
La élite estaba presente.
Empresarios.
Actores.
Modelos.
Políticos.
Y, por supuesto…
Aidan y Valerie.
Cuando ella entró al salón principal, varios hombres intentaron acercarse.
Valerie los rechazó con educación.
Uno tras otro.
Hasta que una voz familiar apareció detrás de ella.
—Veo que no soy el único al que rechazas.
Valerie giró la cabeza.
—Harrison.
—Belmont.
—¿No te cansas?
—Todavía no.
—Qué tragedia.
—Para ti.
—Para tu orgullo.
Aidan sonrió.
—Mi orgullo está perfectamente bien.
—Claro.
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Ambos caminaron hacia la terraza del hotel.
Lejos del ruido.
Lejos de las cámaras.
Por primera vez estaban completamente solos.
La ciudad brillaba bajo ellos.
Miles de luces iluminaban la noche.
Y durante unos segundos ninguno habló.
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—¿Sabes qué dicen de nosotros? —preguntó Valerie.
—Muchas cosas.
—Que terminaremos juntos.
Aidan soltó una carcajada.
—La gente tiene demasiada imaginación.
—Por una vez estamos de acuerdo.
—Eso jamás ocurrirá.
—Jamás.
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Valerie levantó una ceja.
—¿Tan seguro estás?
—Completamente.
—¿Porque no crees en el amor?
—Porque no creo en perder.
—Interesante.
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Ella apoyó los brazos sobre la barandilla.
—Yo tampoco creo en el amor.
—Ya lo dijiste.
—Y lo sostengo.
—Entonces tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Los dos somos demasiado orgullosos.
Valerie sonrió.
—Eso no es un problema.
—Sí lo es.
—¿Por qué?
—Porque ninguno aceptaría perder.
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El silencio volvió.
Y entonces…
Valerie tuvo una idea.
Una idea absurda.
Ridícula.
Peligrosa.
Y exactamente por eso le gustó.
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—Hagamos una apuesta.
Aidan la miró.
—Te escucho.
—Tú dices que podrías conquistar a cualquier mujer.
—Correcto.
—Y yo digo que jamás podrías conquistarme.
—Eso ya lo veremos.
—¿Tienes miedo?
—No.
—Entonces acepta.
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Aidan sonrió.
Aquello empezaba a ser divertido.
—¿Cuáles son las reglas?
—Muy simples.
—Dime.
—Intentaremos hacer que el otro se enamore.
—¿Y si nadie cae?
—Entonces nadie gana.
—¿Y si uno cae primero?
Valerie extendió la mano.
Sus ojos brillaban con desafío.
—El primero que se enamore… pierde.
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Aidan observó aquella mano.
La apuesta era absurda.
Pero precisamente por eso era perfecta.
Porque él estaba completamente seguro de que nunca se enamoraría.
Y por la expresión de Valerie…
Ella pensaba exactamente lo mismo.
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Aidan estrechó su mano.
—Acepto.
—No te arrepientas después.
—Podría decir lo mismo.
—Yo no pierdo.
—Yo tampoco.
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Durante unos segundos permanecieron mirándose.
Como si ambos intentaran descifrar al otro.
Como si buscaran una debilidad.
Una grieta.
Algo.
Pero no encontraron nada.
Solo orgullo.
Y confianza.
Demasiada confianza.
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Lo que ninguno sabía…
Era que acababan de cometer el mayor error de sus vidas.
Porque algunas apuestas se ganan con inteligencia.
Otras con paciencia.
Pero esta…
Esta se jugaba con el corazón.
Y el corazón nunca sigue las reglas.
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Desde el interior del salón, Marcus observaba la escena a través del cristal.
—Oh, no…
—¿Qué ocurre? —preguntó una invitada.
Marcus negó con la cabeza.
—Dos personas extremadamente tercas acaban de hacer algo muy estúpido.
—¿Qué hicieron?
Marcus sonrió.
—Acaban de declarar la guerra.
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Y así comenzó el juego.
La apuesta.
La batalla.
El arte de la seducción.
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el arte de la seducción: el juego fatal., el arte de la seducción: ¿quién caerá?, el arte de la seducción: amar es perder.
Editado: 22.06.2026