El Arte De La Seduccion

Reglas del Juego

Capítulo 4

La mañana siguiente a la apuesta.

Aidan Harrison despertó con una sonrisa.

No porque estuviera enamorado.

Ni porque estuviera pensando en Valerie.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, tenía un desafío digno de su atención.

Mientras se preparaba para ir a la oficina, recordó las palabras de Valerie.

“El primero que se enamore, pierde.”

Una apuesta absurda.

Y aun así…

No podía dejar de pensar en ella.

En otra parte de la ciudad.

Valerie Belmont terminaba una sesión de entrenamiento.

Su representante la observó con curiosidad.

—Te ves feliz.

—¿Yo?

—Sí.

—Te equivocas.

—Entonces dime por qué sonríes.

Valerie tomó una botella de agua.

—Porque voy a ganar.

—¿Ganar qué?

—Una apuesta.

Horas después.

Aidan recibió un mensaje.

Era de Valerie.

Solo decía:

“Necesitamos establecer las reglas.”

Aidan sonrió.

Y respondió:

“Pensé que ya estaban claras.”

La respuesta llegó segundos después.

“No confío en ti.”

“Qué dolor.”

“Nos vemos a las siete.”

Aquella noche.

Se encontraron en un elegante restaurante de Manhattan.

Uno privado.

Sin periodistas.

Sin cámaras.

Sin curiosos.

Solo ellos dos.

—Llegas tarde —dijo Valerie.

—Llegué dos minutos después.

—Tarde.

—Ya entiendo por qué nadie discute contigo.

—Porque siempre tengo razón.

—Eso está por verse.

Valerie sacó una pequeña libreta.

Aidan la observó sorprendido.

—¿Trajiste apuntes?

—Estoy tomando esto en serio.

—Eso me preocupa.

Ella abrió la libreta.

—Primera regla.

—Te escucho.

—Nada de mentiras graves.

—¿Graves?

—Nada relacionado con identidad, dinero o manipulación ilegal.

—Aceptable.

—Segunda regla.

—Adelante.

—Nada de usar a terceros para provocar celos.

—Eso elimina la mitad de tus posibilidades.

—Y las tuyas.

Aidan soltó una carcajada.

—Tercera regla.

—¿Hay más?

—Muchas más.

—Empiezo a creer que naciste para ser abogada.

—Concéntrate.

—Lo intento.

Valerie continuó.

—Nadie puede abandonar la apuesta antes de tiempo.

—Aceptado.

—Nadie puede fingir estar enamorado.

—Interesante.

—Si ocurre, pierde automáticamente.

—Justo.

Aidan apoyó los brazos sobre la mesa.

—Ahora me toca.

—Sorpréndeme.

—Primera regla adicional.

—Habla.

—Nada de desaparecer durante semanas.

—¿Por qué?

—Porque eso sería hacer trampa.

—¿Me extrañarías?

—No.

—Mentiroso.

—Todavía no.

Valerie intentó ocultar una sonrisa.

—Segunda regla adicional.

—¿Cuál?

—Debemos ser honestos cuando algo nos afecte.

—¿Emocionalmente?

—Exacto.

—Eso será divertido.

—Mucho.

Finalmente cerraron la libreta.

La apuesta estaba oficialmente definida.

—Entonces es oficial —dijo Valerie.

—Es oficial.

—¿Última oportunidad para retirarte?

—No necesito oportunidades.

—Qué confiado.

—Qué orgullosa.

Ambos se quedaron mirándose.

Ninguno apartó la vista.

Ninguno quería ceder.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El camarero llegó con el postre.

Solo había uno.

—Parece que deberán compartirlo —dijo el hombre.

Valerie y Aidan se miraron.

—Ni hablar.

—Estoy de acuerdo.

Cinco minutos después…

Los dos estaban compartiendo el mismo postre.

—Esto no cuenta —dijo Valerie.

—Claro que no.

—Absolutamente no.

—Por supuesto.

Los dos continuaron comiendo.

Y por primera vez desde que se conocieron…

La conversación dejó de parecer una batalla.

Por unos minutos simplemente hablaron.

Rieron.

Se conocieron.

Y olvidaron la apuesta.

Solo por unos minutos.

Cuando la cena terminó y se despidieron en la entrada del restaurante, Valerie lo observó marcharse.

Y una extraña sensación apareció en su pecho.

No era amor.

Ni siquiera estaba cerca.

Pero era algo nuevo.

Algo peligroso.

Aidan sintió exactamente lo mismo mientras caminaba hacia su automóvil.

Y eso le hizo sonreír.

Porque el juego apenas comenzaba.

Y ninguno de los dos imaginaba lo difícil que sería seguir sus propias reglas.




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