El Arte De La Seduccion

Más Cerca de lo Debido

Capítulo 8

Los días siguientes no fueron normales.

No para Aidan.

No para Valerie.

Y definitivamente no para la apuesta.

Porque algo había cambiado.

Sin que ninguno lo admitiera.

Sin que ninguno lo quisiera.

Pero estaba ahí.

En la forma en que se buscaban con la mirada.

En la manera en que sus conversaciones duraban más de lo necesario.

En esos silencios incómodos que antes no existían.

Aidan estaba en su penthouse cuando recibió un mensaje.

“Necesito verte.” —Valerie

Él lo miró durante varios segundos.

Luego respondió:

”¿Problemas?”

“Depende de ti.”

Una hora después.

Cafetería privada en el centro de Manhattan.

Valerie ya estaba allí.

Vestida de forma simple.

Sin cámaras.

Sin glamour excesivo.

Solo ella.

—Llegas tarde —dijo.

—Llegué exactamente a tiempo.

—Siempre llegas tarde.

—Siempre exageras.

Valerie lo observó.

—Necesito algo de ti.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Aidan se sentó frente a ella.

—Habla.

Valerie dudó un segundo.

Algo raro en ella.

—Hay rumores.

—Siempre los hay.

—No este tipo de rumores.

Aidan frunció el ceño.

—¿Qué tipo?

—Que la apuesta no es real.

Silencio.

Aidan soltó una pequeña risa.

—¿Y eso te molesta?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si creen que es falso, no funciona.

Aidan la miró con más atención.

—¿Te preocupa perder?

—Me preocupa que no lo tomen en serio.

—Interesante.

Valerie cruzó los brazos.

—Necesitamos hacer algo.

—¿Como qué?

—Convencerlos.

Aidan sonrió lentamente.

—¿Y cómo propones hacer eso?

Valerie lo observó fijamente.

—Salimos juntos en público.

Aidan levantó una ceja.

—¿Más de lo que ya hacemos?

—No como “juego”.

—Explícate.

—Una cita real.

El silencio se hizo más pesado.

Aidan la miró durante unos segundos largos.

Luego sonrió.

—Esto está empezando a ser interesante.

Esa noche.

Restaurante en la azotea de Nueva York.

Velas.

Música suave.

Vista perfecta de la ciudad.

Y ellos dos.

Valerie llegó primero.

Aidan después.

—Esto parece demasiado planeado —dijo él.

—Lo está.

—¿Quién eligió el lugar?

—Yo.

—Claro.

Se sentaron.

Por primera vez no había una actuación evidente.

O eso intentaban creer.

—¿Esto cuenta como cita? —preguntó Aidan.

—Depende.

—¿De qué?

—De si empiezas a arruinarlo.

Aidan sonrió.

—Haré mi mejor esfuerzo.

La conversación fluyó.

Esta vez diferente.

Más lenta.

Más personal.

Hablaron de infancia.

De errores.

De cosas que no solían decir en voz alta.

—Nunca pensé que alguien como tú tendría inseguridades —dijo Aidan.

Valerie lo miró.

—Nunca pensé que alguien como tú escucharía.

—Estoy escuchando ahora.

Silencio.

Algo en esa frase se quedó entre ellos.

Después de la cena caminaron por la terraza.

La ciudad brillaba abajo.

El viento era suave.

Valerie se detuvo.

—No deberíamos estar haciendo esto.

—¿Esto qué?

—Esto.

Aidan la miró.

—¿La apuesta?

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Valerie dudó.

Solo un segundo.

Pero suficiente.

—No.

Aidan la observó con cuidado.

—Yo tampoco.

Pero ambos sabían que era mentira.

Un silencio más largo.

Más pesado.

Más peligroso.

Y entonces ocurrió.

Valerie dio un paso hacia él.

Muy pequeño.

Pero suficiente para cambiar todo el aire entre ellos.

Aidan no se movió.

Pero su mirada sí cambió.

Más seria.

Más intensa.

—Esto no es parte del juego —dijo él.

—Lo sé.

Otro segundo.

Demasiado cerca.

Demasiado tarde para retroceder.

Pero justo antes de que cruzaran esa línea…

El teléfono de Aidan vibró.

Ambos se separaron de inmediato.

Como si nada hubiera pasado.

Como si todo hubiera sido imaginado.

Pero ninguno lo olvidó.

Aidan miró el mensaje.

Su expresión cambió.

—Tenemos un problema.

Valerie frunció el ceño.

—¿Qué tipo?

Aidan levantó la vista.

—Alguien está investigando nuestra apuesta.

El viento se detuvo por un segundo.

Y por primera vez…

No era el corazón el que estaba en juego.

Era algo mucho más grande.




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