La lluvia golpeaba con suavidad el enorme ventanal de la oficina.
El sonido era constante.
Tac...
Tac...
Tac...
Cada gota parecía contar una historia distinta.
Un hombre de treinta y seis años permanecía inmóvil frente al cristal. Vestía un traje negro impecable, aunque la corbata estaba ligeramente aflojada. Su barba bien cuidada ocultaba parte del cansancio que reflejaban sus ojos.
En su mano derecha sostenía un cigarro encendido.
El humo ascendía lentamente mientras contemplaba la ciudad.
—Otra vez llueve...
Su voz apenas era un susurro.
No esperaba respuesta.
Desde el piso quince podía observar las luces de cientos de automóviles desplazándose entre calles mojadas.
Aquella ciudad nunca dormía.
Y era precisamente por eso que había construido su fortuna.
Su nombre era Adrián Valverde.
Era propietario de la cadena de tiendas de conveniencia Noctis 24/7, una empresa que comenzó con un solo local y que, tras quince años de esfuerzo, ya contaba con cuarenta y ocho sucursales repartidas por toda la ciudad.
Mientras todos descansaban...
Sus tiendas seguían abiertas.
Veinticuatro horas.
Siete días a la semana.
Dinero nunca le faltó.
Tiempo...
Ese era otro asunto.
Tres golpes resonaron detrás de él.
—Señor Valverde...
Adrián no volteó.
—Pasa.
La puerta se abrió con cuidado.
Entró una mujer de aproximadamente treinta años. Llevaba una carpeta azul abrazada contra el pecho y unas gafas rectangulares.
Era Claudia Ríos, su asistente personal desde hacía ocho años.
Conocía perfectamente cuándo hablar...
Y cuándo guardar silencio.
—Los reportes de las sucursales ya están listos.
Adrián inhaló una última vez el cigarro antes de apagarlo lentamente en un cenicero de cristal.
—Déjalos sobre el escritorio.
—Sí.
Claudia caminó despacio.
Sus tacones apenas hacían ruido sobre el piso de madera.
Colocó la carpeta y observó de reojo a su jefe.
Seguía mirando la lluvia.
No había cambiado.
No desde hacía dos años.
—¿Va a cenar algo esta noche?
Silencio.
Después de unos segundos...
—No tengo hambre.
Claudia suspiró.
—Otra vez...
Adrián sonrió apenas.
Una sonrisa tan pequeña que desapareció en un instante.
—No insistas.
Ella bajó la mirada.
—Está bien.
Antes de salir, se detuvo frente a la puerta.
—Las ventas aumentaron un ocho por ciento este mes.
No hubo respuesta.
—Pensé que le alegraría la noticia.
Adrián finalmente volteó.
Sus ojos transmitían una tranquilidad inquietante.
—El dinero nunca compra la paz, Claudia.
La mujer permaneció inmóvil unos segundos.
No encontró palabras.
Solo hizo una ligera reverencia.
—Buenas noches, señor Valverde.
—Buenas noches.
La puerta volvió a cerrarse.
La oficina quedó otra vez en silencio.
...
Veinte minutos después.
Adrián descendió hasta el estacionamiento subterráneo.
No conducía autos deportivos.
Nunca le interesaron.
Su vehículo era un sedán negro sencillo.
Subió.
Encendió el motor.
Pero en lugar de regresar a casa...
Tomó dirección hacia una de sus tiendas.
Sucursal número uno.
La primera.
La que había abierto cuando apenas tenía veintiún años.
Todavía conservaba el viejo letrero.
Noctis 24/7.
Las puertas automáticas se abrieron.
—¡Buenas noches, jefe!
Una voz alegre rompió el silencio.
Era Diego Mendoza, encargado del turno nocturno.
Veintiséis años.
Siempre sonriendo.
Siempre saludando a todos.
—Buenas noches, Diego.
—Hace mucho que no venía.
—Lo sé.
Diego caminó hasta el mostrador.
—Todo marcha bien. Hoy llegó mercancía nueva.
Adrián observó cada pasillo.
Todo estaba limpio.
Ordenado.
Los refrigeradores zumbaban constantemente.
Una pareja elegía bebidas.
Un taxista compraba café.
Un estudiante revisaba los estantes de pan.
La tienda seguía viva.
Como siempre.
—¿Cómo está tu hija?
preguntó Adrián.
Los ojos de Diego brillaron.
—¡Sofía ya cumplió cuatro años!
Sacó inmediatamente el teléfono.
—¿Quiere verla?
Mostró una fotografía.
Una pequeña de cabello negro abrazaba un enorme oso de peluche mientras sonreía sin preocupación alguna.
Adrián permaneció mirando la imagen durante varios segundos.
Su expresión cambió apenas.
Era una mezcla de nostalgia...
Y vacío.
—Es muy bonita.
—Gracias, jefe.
Diego guardó el teléfono.
Notó algo extraño.
—¿Todo bien?
Adrián volvió a mirar los estantes.
—Sí.
Mintió.
Porque no estaba bien.
Y hacía mucho tiempo que había olvidado cómo se sentía estarlo.
Afuera...
La lluvia continuaba cayendo.
Como si el cielo se negara a dejar de llorar.