El Arte de la Soledad

Capítulo 2: El café que nunca cerraba

Las gotas de lluvia seguían deslizándose por los ventanales de Noctis 24/7.

El reloj digital sobre la caja registradora marcaba las 9:43 p. m.

El aroma del café recién preparado se mezclaba con el del pan horneado que acababa de salir del pequeño horno de la tienda.

Adrián Valverde recorría lentamente los pasillos con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Su mirada examinaba cada estante, cada etiqueta y cada refrigerador.

No buscaba errores.

Era una costumbre.

Una que había adquirido cuando solo tenía un local y debía hacerlo todo él mismo.

Al llegar nuevamente al mostrador, vio a Diego Mendoza acomodando unas bebidas energéticas.

—Diego.

El joven levantó la cabeza de inmediato.

—¿Sí, jefe?

Adrián observó el reloj.

—Vete temprano hoy.

Diego parpadeó, confundido.

—¿Perdón?

—Escuchaste bien.

El muchacho dejó las bebidas sobre el estante.

—Pero... mi turno termina hasta las seis de la mañana.

Adrián negó con la cabeza.

—Has trabajado varias noches seguidas. Tu hija está de vacaciones, ¿no?

Diego sonrió con cierta vergüenza.

—Sí... Sofía lleva días diciéndome que quiere desayunar conmigo.

—Entonces hazlo.

Diego bajó la mirada unos segundos.

—Gracias, jefe... de verdad.

Adrián hizo un leve gesto con la cabeza.

—Llama a Mariana Torres. Pregúntale si puede comenzar su turno antes. Págale las horas extras.

—Claro.

Diego tomó el teléfono del negocio y marcó el número.

Después de unos instantes...

—¿Bueno?... ¿Mariana?... Soy Diego.

Adrián se alejó unos pasos mientras escuchaba la conversación de fondo.

—...Sí, todo está bien... El jefe pregunta si puedes entrar desde las diez y media... Sí... Te pagarán horas extras... Perfecto... Nos vemos en un rato.

Diego colgó.

—Aceptó.

—Bien.

—Dice que llega en unos treinta minutos.

Adrián tomó las llaves del automóvil que descansaban sobre el mostrador.

—Cuando llegue, explícale cómo quedó el inventario de esta noche.

—Entendido.

Diego sonrió ampliamente.

—Gracias otra vez, jefe.

Adrián solamente respondió con un pequeño movimiento de la cabeza antes de salir.

Las puertas automáticas se abrieron.

Un viento húmedo golpeó su rostro.

La lluvia ya era más ligera.

...

Veinticinco minutos después.

Un sedán negro se detuvo frente a una pequeña cafetería escondida entre dos edificios antiguos.

Su letrero de madera estaba iluminado por una tenue luz cálida.

Café Lluvia.

No era un lugar famoso.

Ni moderno.

Ni aparecía en revistas.

Pero llevaba abierto más de treinta años.

Y, extrañamente, seguía atendiendo clientes incluso a esas horas de la noche.

Era uno de los pocos sitios que Adrián frecuentaba.

Empujó la puerta.

Una pequeña campana sonó.

—Bienvenido.

La voz grave de un hombre rompió el silencio.

Detrás de la barra estaba Héctor Salinas, dueño del café.

Cabello completamente canoso.

Barba corta.

Aproximadamente sesenta años.

Vestía un delantal marrón manchado ligeramente de harina.

Al verlo entrar, sonrió con naturalidad.

—Pensé que hoy no vendrías.

Adrián se quitó el saco con calma y lo colocó sobre el respaldo de una silla.

—Yo también lo pensé.

Héctor soltó una pequeña risa.

—Lo de siempre.

No era una pregunta.

Adrián asintió.

—Sí.

El anciano desapareció detrás del mostrador.

Se escuchó el ruido de una máquina de café trabajando.

Después abrió una vitrina refrigerada.

Con mucho cuidado colocó sobre un plato una generosa rebanada de pay de queso artesanal.

La superficie dorada brillaba bajo la luz cálida del local.

La base era crujiente.

El relleno, cremoso.

A un lado preparó un vaso alto de café frío, con hielo transparente y una ligera capa de espuma.

Los dejó frente a Adrián.

—Aquí tienes.

El protagonista observó ambos platillos durante unos segundos.

Tomó el tenedor.

Cortó un pequeño pedazo del pay.

Al probarlo, cerró lentamente los ojos.

Era exactamente igual que la primera vez.

Sin cambios.

Sin sorpresas.

Perfecto.

Después dio un sorbo al café frío.

El ligero amargor del café se mezcló con un delicado toque dulce.

Héctor comenzó a limpiar unas tazas mientras hablaba.

—Muchos vienen buscando el café.

Hizo una pausa.

—Pero tú siempre vienes buscando silencio.

Adrián dejó el vaso sobre la mesa.

Las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el ventanal junto a él.

Permaneció varios segundos observándolas.

—Supongo que sí.

Héctor no insistió.

Conocía demasiado bien a ese cliente.

Sabía que había preguntas que no debían hacerse.

El silencio volvió a llenar la cafetería.

Solo se escuchaba la lluvia...

...el golpeteo de los hielos dentro del vaso...

...y el suave sonido del reloj antiguo que colgaba sobre la pared.

Por primera vez en toda la noche...

Adrián sintió que podía respirar con un poco más de tranquilidad.

Sin saberlo, esa vieja cafetería estaba a punto de convertirse nuevamente en el lugar donde el destino comenzaría a mover sus piezas.



#966 en Otros

En el texto hay: misterio, psicologia, madurez

Editado: 15.08.2026

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