El Arte De Tocarte

Capítulo 1

Alanah

—¿Estás lista?.

Me pregunta mi madre entrando a mi habitación. Pone una mueca cuando ve el gran desorden que tengo armado.

—He no.. aún no.— me empiezo a poner mis tacones, no muy altos, lo suficiente para verme elegante.

Hoy mis padres tienen una exposición en una de las galerías más importantes del país. Si, son pintores profesionales.
A mi no me gusta pintar, soy más de la fotografía. Ellos son muy estrictos a la hora de llegar puntual y que todo esté en orden, muy en orden. Termino de maquillarme y salgo de mi habitación bajando lentamente por la escalera hasta que llego a donde mis padres y hermano mayor.

— ¿Estamos todos listos?— Pregunta papá y asentimos todos al mismo tiempo.

Salimos de la casa y nos subimos al coche de papá. Me siento en la parte de atrás con mi hermano, quien ignora a todo el mundo y solo tiene sus cascos puestos.

Hoy específicamente me puse un vestido color azul marino, es largo y no tan apretado al cuerpo, tiene la espalda afuera y un escote en V. Siempre me ha gustado esté vestido aunque no me lo pongo mucho.

Nunca salgo a ninguna parte, a no ser la universidad, estudio fotografía, que es mi pasión.

Papá está tenso y mamá le besa la mejilla suavemente. Crecí en un ambiente pintoresco, el cariño nunca falto por parte de mis padres, y de mi hermano. A pesar de que dibujar no me gusta, tengo talento para ello, he echo algun que otro boceto que no ha llegado a ningúna parte, ni llegará.

Cuando por fin llegamos, me bajo del coche admirando la galería por fuera. Es de los Buffett, unos artistas profesionales muy conocidos por todos. Cuando le propusieron a papá y mamá exponer su arte en una de sus galerías casi les da un infarto.

A decir verdad no conozco mucho esa familia, se que tienen dinero, y son creídos, como todos los ricachones. Tienen dos hijos Roshan y Lia Weston. Roshan es modelo y pintor también, y Lia solo modelo.

La galería de los Buffett se veía impresionante desde afuera, p de esas que te gritan, ¡mírame!.

Aunque todo elegante y discreto: paredes de piedra clara, ventanales enormes pero oscuros que reflejaban el cielo y las luces de la calle, y una puerta gigante de madera oscura con detalles en bronce que parecía pesar toneladas. Solo una placa pequeña con letras finas que decía "Buffett Gallery" y ya.

Nada de letreros luminosos ni carteles gigantes. Afuera había unas esculturas modernas y jardincitos perfectos con grava blanca. Todo muy... rico, muy "no necesito demostrar nada".

Papá se arregla el traje por última vez y entramos sin decir una palabra.

Cuando entramos, el aire cambió. Olía a madera pulida y a pintura fresca, mezclado con el perfume caro de la gente que ya estaba ahí. El piso era de cemento gris oscuro, brillante, y las paredes blancas pero no frías, como si tuvieran un toque cremoso que hacía que los cuadros se vieran vivos.

La luz venía de focos escondidos que iluminaban justo donde tenían que iluminar, dejando el resto en una penumbra suave. No había cuadros pegados unos al lado del otro como en las exposiciones de barrio; cada obra tenía su espacio, su respiro. Se veían paneles de vidrio esmerilado que dividían las salas, pero podías ver a través y adivinar qué había más allá.

Subimos por una escalera de vidrio y metal que parecía flotar, y arriba había salas más pequeñas, más íntimas, con luz más tenue. En una esquina un barcito discreto con copas de cristal y champagne que nadie parecía estar bebiendo de verdad, solo sosteniendo para verse bien. Todo era silencioso, pero no el silencio aburrido: era ese silencio donde se escuchan murmullos, risitas bajas.

La verdad es que entré sintiendo que el vestido se me pegaba un poco más de lo normal por los nervios, y que la espalda descubierta me hacía sentir expuesta aunque nadie me estuviera mirando directamente... todavía. Pero está galería tiene esa vibra: entrabas y automáticamente te ponías en modo "aquí hay que verse bien aunque finjas que no te importa".

— Diviértanse y no tomen demasiado ¿esta bien?— Pregunta papá sonriendonos a mi hermano y a mí. Yo asiento y mi hermano resopla. Mamá entrecierra los ojos y se alejan de nosotros.

Me siento incomoda en este lugar, tendría que haber invitado a mi mejor amiga, Chelse, ella seguro me quita la incomodidad hablando sin parar.

Volteo a ver a mi hermano quien ya está tomando champán como si fuera agua.

—Bryan todos te están mirando raro, comportate.

—Que miren.. tienen mucho que admirar hermanita— Volteo los ojos ante su arrogancia.

Bryan me lleva dos años a mí, tengo 20. Pero es aveces muy inmaduro. El estudia ingeniería. Tampoco le gusta pintar, y a diferencia de mí, no nació con talento para eso. El y yo somos muy parecidos físicamente, solo eso, físicamente.

Me paseo por las salas admirando las obras.

Mis padres siempre han tenido estilos distintos, pero se complementan de una forma que hace que la gente se pare y mire dos veces. Papá pinta más abstracto, explosivo, como si estuviera descargando emociones directamente en el lienzo.

Uno de sus favoritos que exponen esta noche es este enorme cuadro, como de dos metros por tres, lleno de remolinos de color intenso: rojos furiosos que se chocan con azules profundos y toques de amarillo brillante que parecen salir corriendo del centro.

Parece una tormenta atrapada en un remolino, pero si te acercas sientes como si el movimiento te jalara hacia adentro, como si el color tuviera pulso. Dice que es sobre el caos de la vida, pero nunca lo explica del todo, solo sonríe cuando alguien le pregunta.

Mamá es más figurativa, más suave, pero igual de intensa. Tiene una serie de retratos que siempre me hacen sentir rara porque son gente normal, pero pintada con una luz que los hace parecer casi etéreos. Uno que está colgado en la sala principal es de una mujer sentada en un sofá viejo, con un vestido blanco sencillo, la cabeza ligeramente inclinada y la luz cayéndole justo en el cuello y los hombros.




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