Alanah
—¿Lo tiene claro ya todo? —pregunta por segunda vez mi profesor.
Todos respondemos que sí y, finalmente, él se marcha.
Maravilloso. Tengo un trabajo que hacer y entregarlo en tres días.
Todos salimos del aula, incluyéndome a mí. Chelse no vino hoy, así que la llamo. Al tercer timbre, me contesta.
—¿Por qué no viniste hoy? —pregunto preocupada mientras me dirijo directamente a mi coche.
—Oh, sí... la alarma no sonó, ya sabes —responde. Su alarma nunca suena.
—¿En serio pones alarma? Porque nunca te despierta... —Escucho cómo resopla y sonríe al otro lado.
Entro al coche y le cuento todo lo que pasó ayer en la galería. Cuando termino, cuelgo, pongo en marcha el auto y salgo del estacionamiento. Papá me lo regaló para mis dieciocho y lo cuido como si fuera mi tesoro.
Estaciono frente a casa y entro. Al abrir la puerta, me encuentro a mamá como loca, limpiando y acomodando todo a una velocidad impresionante.
Ladeo la cabeza, confundida, y sonrío cuando ella me ve.
—Oh, cielo, hoy tendremos una cena con los Buffett —me dice.
Tengo que parpadear varias veces para procesarlo.
—¿Los Buffett? —pregunto.
Ella asiente.
—¿Y por qué? —Frunzo el ceño y me siento en el sofá, observándola mientras recoloca el mismo cuadro que ella misma pintó por décima vez.
—Bueno... ayer no pudieron presentarse, así que los invitamos a cenar y aceptaron.
—¿Todos?
—Sí.
Fantástico.
—Así que sube a arreglarte, que deben llegar en tres horas —dice mamá antes de desaparecer volando hacia la cocina.
Entiendo que esto es importante para ellos, pero su impaciencia me desespera.
Subo las escaleras hasta mi habitación. La música de mi hermano retumba por toda la casa; no se puede ni respirar en paz.
Mi cuarto es un desastre que arreglaré... pronto. En la pared de enfrente tengo un retrato que papá me pintó cuando tenía cinco años. Soy yo sentada en un columpio rodeado de flores rosadas y blancas, sonriendo, con el pelo rojizo suelto y largo de esa época. Llevo un vestido rosa pastel con flores, las piernas cruzadas y mis ojos verdes resaltan. Papá se esmeró en pintar cada una de mis pecas, que no son muchas, solo unas pocas en las mejillas y la nariz.
Recuerdo que lloré mucho cuando me lo regaló. Fue uno de los mejores cumpleaños de mi vida.
Antes de arreglarme, agarro mi laptop y, después de dudar un momento, busco el perfil de Roshan Buffett. Su nombre aparece al instante.
Santo Padre de Cristo.
Tiene el pelo castaño con reflejos rubios, tez blanca y unos ojos azules celestes, casi transparentes. Su Instagram está lleno de fotos suyas: algunas en traje (negro, azul, blanco...), otras sin camisa y manchado de pintura de varios colores, donde se le marcan unos músculos bien trabajados. Tiene pocos tatuajes en los brazos y el torso. También hay fotos en moto, en piscina y en distintos lugares.
Es guapo. Sería estúpido negar lo evidente.
Cierro la laptop de golpe y me dirijo al baño rápidamente. No debería estar stalkeando a gente que ni siquiera conozco.
Una hora después estoy lista. Elegí un vestido negro no muy corto, de corte recto, con un escote sutil en la espalda, mangas tres cuartos y falda justo por encima de la rodilla. Elegante, pero discreto.
Me miro al espejo del baño por enésima vez y me arreglo el cabello rojizo en ondas sueltas. Un toque de labial nude, máscara de pestañas y listo. No quiero que parezca que me esforcé demasiado... aunque claramente lo hice.
Bajo las escaleras con cuidado para no matarme con los tacones que mamá insistió en que usara. La música de mi hermano sigue sonando a todo volumen. Mamá aparece en el pasillo, impecable como siempre, con el pelo castaño recogido en una coleta y un vestido beige. Me mira de arriba abajo.
—Estás preciosa, cielo. Pero quítate esa cara de funeral, que no vamos a un velorio —dice, dándome un beso rápido en la mejilla antes de volver corriendo a la cocina.
Suspiro y me dejo caer en el sofá del salón. Papá se sienta a mi lado. Él también va elegante, con un traje negro que mamá le compró para su décimo aniversario y que apenas usa. Su pelo rojizo, igual que el mío, está perfectamente peinado.
Rompiendo la atmósfera elegante aparece mi hermano con unos vaqueros y una camisa de mangas cortas, los cascos colgados al cuello y tecleando a toda velocidad en el teléfono. Mamá solo niega con la cabeza, pero no le dice nada.
Las tres horas se convirtieron en menos de una y media. El timbre suena exactamente a las siete en punto.
Puntuales.
Papá abre la puerta con su mejor sonrisa.
Escucho voces graves, risas educadas y el tintineo de llaves dejadas en la mesita de la entrada.
Lo primero que veo es al señor Buffett, con un traje azul marino elegante y corbata bien ajustada. Sus ojos son de un azul intenso y lleva una pequeña barba bien cuidada. Detrás de él viene la señora Buffett, vestida de blanco, con el pelo castaño claro recogido. Se mantiene muy bien para tener cuarenta y tantos.
Lía viene demasiado extravagante, como si fuera a un desfile en vez de a una cena. Lleva un vestido verde claro con cola que arrastra por el suelo, tacones altísimos llenos de brillos y perlas, y el pelo rubio suelto cayéndole por la espalda.
Y por último aparece Roshan. Lleva una camisa negra de mangas largas arremangadas hasta los codos, dejando ver claramente sus tatuajes. La tela se le pega al cuerpo como una segunda piel. Lleva un reloj de plata en la mano izquierda y varios anillos. Su pelo castaño rubio le cae desordenado sobre la frente y sus ojos azules celestes parecen capaces de desarmar a cualquiera.
Sin duda, un montón de presumidos.
—Un gusto tenerlos aquí —saluda papá, estrechando la mano de Reyan Buffett.
Yo me acerco para no parecer maleducada.
—Ella es mi mujer, Ana, mi hijo, Bryan, y mi hija... Alanah —nos presenta papá.