El Arte De Tocarte

Capítulo 3

Alanah

Estoy sentada en un banco pequeño del parque, con la cámara colgando de mi cuello y la mirada perdida entre la gente que pasa. Llevo casi una hora buscando algo interesante para el proyecto de la universidad, pero nada termina de convencerme. La gente camina con prisa, los perros corren persiguiendo pelotas y los árboles se ven... simplemente como árboles.

Hace un rato tuve suerte. Vi a dos niños jugando bajo un árbol cargado de flores rosadas y blancas. Me acerqué con cuidado y esperé. Cuando el viento sopló, los pétalos comenzaron a caer como nieve suave. Uno de los niños levantó la cara, vio las flores flotando y soltó una carcajada tan genuina que la niña a su lado también empezó a reír. Intentaban atrapar los pétalos con las manos mientras la luz del sol se filtraba entre las ramas e iluminaba sus rostros.

Tomé varias fotos seguidas. Las sonrisas eran reales, nadie posaba. El fondo del árbol en flor quedaba perfecto y la luz era ideal, suave y dorada, ni demasiado fuerte ni demasiado oscura. Capturé justo el instante en que los pétalos flotaban alrededor de sus cabezas y ellos reían con los ojos cerrados.

Revisé las fotos en la pantalla de la cámara y sonreí. Esa secuencia podía servir. Mostraba alegría sencilla, luz natural y colores bonitos. Justo lo que estaba buscando.

Vuelvo a sentarme en el banco y sigo observando por si aparece algo mejor, aunque en el fondo ya sé que esa es la mejor toma del día.

Mi celular vibra en el bolsillo. Lo saco y veo que es Chelsea.

—Hola —contesto después de descolgar.

—¡Holaaa! ¿Cómo estás? ¿Bien? Me alegro. Oye, ¿dónde estás? —habla tan rápido que casi no me deja espacio para responder.

Frunzo el ceño ante su habitual desesperación.

—En el parque, tratando de fotografiar algo para el proyecto... ¿Por qué?

—¡Perfecto! Estoy cerca. ¿Te parece si nos vemos en la cafetería que está a dos cuadras del parque? La de siempre, la que tiene las mesas verdes afuera. Necesito un café con urgencia y contarte algo. ¡Por favor, no me dejes sola!

Dudo un segundo, pero la verdad es que ya llevo demasiado tiempo aquí y un café no me vendría mal.

—Está bien. Dame diez minutos y llego.

—¡Genial! Te espero adentro.

Cuelgo y guardo la cámara en su funda con cuidado. Me levanto, sacudo un par de pétalos que se me habían quedado en el pelo y camino hacia la cafetería.

El lugar es pequeño y acogedor, con un estilo vintage sencillo. Las paredes están pintadas de un verde oliva suave, hay estanterías llenas de libros viejos y plantas colgando del techo. El aroma a café recién molido y pasteles recién horneados invade todo el ambiente. Afuera hay varias mesas con sillas de hierro pintadas de verde, pero como hace un poco de fresco, prefiero entrar.

Chelsea ya está sentada en una mesa cerca de la ventana, agitando la mano como si no me hubiera visto en años. Apenas me siento, empieza a hablar sin parar sobre un chico que conoció en una fiesta el fin de semana. Yo la escucho mientras pido un latte con vainilla y un croissant.

Mientras ella sigue contando su historia con todo lujo de detalles, mis ojos recorren distraídamente el interior de la cafetería... y entonces lo veo.

En la esquina más alejada, junto a la ventana del fondo, está Roshan Buffett.

Está solo. Sentado con la espalda ligeramente recostada contra la silla, una pierna cruzada sobre la otra. Lleva una camiseta negra sencilla que marca sus hombros y brazos, y una chaqueta de cuero oscura colgada en el respaldo. Entre sus dedos sostiene un cigarrillo del que sale un leve hilo de vapor. No fuma con ansiedad, sino con calma, como si el mundo a su alrededor no existiera.

Su pelo castaño rubio cae desordenado sobre su frente y sus ojos azul celeste están fijos en la pantalla del teléfono que tiene sobre la mesa. De vez en cuando da una calada lenta y exhala el humo hacia un lado, con la mandíbula tensa y esa expresión distante que ya le vi en la cena.

No parece estar esperando a nadie. Solo está allí, en su propio mundo, con la misma aura de arrogancia tranquila que tenía en mi casa.

Por un segundo nuestras miradas casi se cruzan, pero giro la cara rápidamente hacia Chelsea, fingiendo que estoy muy interesada en su historia sobre el chico de la fiesta. El corazón me late un poco más rápido de lo normal y me molesta darme cuenta.

No nos conocemos. Técnicamente solo coincidimos una vez en una cena incómoda y él ni siquiera abrió la boca. No tengo ninguna razón para sentirme nerviosa... y, sin embargo, no puedo evitar volver a mirarlo de reojo.

Roshan sigue sin levantar la vista del teléfono. Da otra calada lenta, exhala el vapor con suavidad y pasa el dedo por la pantalla, completamente ajeno a todo lo que le rodea.

O al menos eso parece.

Chelsea sigue hablando sin parar, moviendo las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta. Yo asiento de vez en cuando y suelto algún "ajá" o "¿en serio?", pero mi atención está dividida. Mis ojos se desvían una y otra vez hacia la esquina del fondo.

Roshan sigue allí, solo. Ha dejado el teléfono sobre la mesa y ahora mira por la ventana con expresión ausente. Da una calada lenta al vape y exhala el vapor hacia un lado, con esa calma que parece casi calculada. La luz de la tarde que entra por la ventana le ilumina el perfil, la línea fuerte de la mandíbula, las pestañas largas y las pocas pecas que salpican su nariz y mejillas. La camiseta negra se ajusta a sus hombros y se nota el borde de uno de sus tatuajes asomando por la manga arremangada.

Es molesto lo guapo que es.

De repente, Chelsea se calla a mitad de frase.

—Oye... ¿me estás escuchando? —pregunta, entrecerrando los ojos.

—Claro que sí —miento, volviendo la mirada hacia ella rápidamente—El chico de la fiesta, el que te dijo que...

—No, no. Estás rarísima. ¿Qué miras tanto? -gira la cabeza sin disimulo hacia donde yo estaba mirando y abre mucho los ojos— ¡Espera! ¿Ese no es Roshan? No me has contado de la cena.




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