Alanah
Su mirada está perdida y, a la vez, no. Es como si estuviera en un trance del que desea salir con ansias. Una vez que tiene la atención de todos, toca el micrófono dos veces para asegurarse de que funciona y empieza a hablar.
—Hoy hace tres años perdí a tres de mis personas favoritas... —dice, dejándome descolocada.
¿Será su familia...?
—Su muerte aún no ha sido vengada, pero hoy les digo que lo será. —Se detiene, mirando a la nada y tensando la mandíbula.
Mi mirada cae en algunas personas que están sollozando y limpiándose las lágrimas con servilletas.
¿Qué pasó?.. No paro de preguntármelo.
—Y esta exposición es en honor a ellos. Estos cuadros son algo de mí que se fue con ellos aquel día. Me sigo lamentando y me lamentaré siempre por no haberlos protegido.
Sigue con la declaración. Su voz ronca y profunda llena el silencioso salón:
—Cada pincelada, cada color, cada sombra que ven aquí es un fragmento de lo que quedó después de esa noche. Pinté con rabia, con dolor y con una culpa que no me abandona. Estos no son solo cuadros... son pedazos de mi alma que se rompieron junto con ellos.
Hace una pausa larga. El silencio en la sala es tan denso que casi se puede tocar. Algunas personas bajan la cabeza, otras aprietan con fuerza sus copas.
—"Sueños Rotos" no es solo el nombre de esta galería. Es lo que quedó de mí. Sueños que se hicieron añicos en un solo instante. Por eso les pido esta noche que miren con atención. No busquen belleza en estas obras... busquen la verdad que hay detrás. La verdad de que la vida puede arrebatarte todo en cuestión de segundos.
Sus ojos recorren lentamente la sala hasta que, por un momento, se detienen en mí. Solo un segundo, pero lo suficiente para que sienta un escalofrío recorrer mi espalda.
—Gracias por acompañarme en este tributo. Que esta noche sirva para recordar que nada es eterno... y que algunas deudas aún deben pagarse.
Termina de hablar y baja el micrófono con lentitud. El aplauso que sigue es respetuoso, pero no entusiasta. Es un aplauso cargado de solemnidad, casi triste.
Roshan baja del pequeño escenario sin mirar a nadie más. Su expresión es dura, impenetrable. Camina entre la gente con paso firme, pero yo no puedo dejar de observarlo.
Ahora entiendo un poco más el porqué de tanta oscuridad en sus pinturas. Entiendo el nombre de la galería. Entiendo esa arrogancia que parece esconder algo mucho más profundo.
Y, aunque una parte de mí quiere alejarse, la curiosidad se ha vuelto aún más fuerte.
¿Quiénes eran esas tres personas?
¿Qué les pasó realmente?
¿Y por qué siento que esta noche apenas está empezando?
El aplauso se apaga poco a poco, dejando un silencio cargado en el aire. Nadie parece tener ganas de volver a las conversaciones ligeras de antes.
Algunos invitados se acercan a Roshan para darle el pésame o estrecharle la mano, pero él solo asiente con la cabeza, serio, casi distante. No sonríe.
No parece disfrutar de la atención.
Yo me quedo quieta en mi sitio, con la copa de champán aún en la mano, aunque ya casi no queda nada.
Mi corazón late un poco más rápido de lo normal. Todo lo que acaba de decir resuena en mi cabeza:
"Su muerte aún no ha sido vengada", "deudas que deben pagarse", "pedazos de mi alma que se rompieron".
¿Quién era capaz de hablar así en su propia galería? ¿Con esa mezcla de dolor y... amenaza?
De pronto siento que alguien me observa. Levanto la mirada y lo veo. Roshan está al otro lado de la sala hablando con un hombre mayor, pero sus ojos están fijos en mí. No aparta la vista ni siquiera cuando el hombre le dice algo. Solo me mira con esa intensidad que me hace sentir expuesta, como si pudiera leer cada pensamiento que pasa por mi mente.
Trago saliva y aparto la mirada, fingiendo interés en el cuadro abstracto que tengo delante. Los colores intensos ahora me parecen más violentos, más desesperados.
—¿Estás bien? —pregunta una voz suave a mi lado.
Es mi mamá, que se ha acercado sin que me diera cuenta. Mi papá y mi hermano están un poco más lejos, conversando con otras personas.
—Sí... solo... impresionada —respondo en voz baja— No esperaba que el discurso fuera tan... personal.
Mamá asiente, mirando también hacia Roshan.
—Pobre chico. Se nota que carga con algo muy pesado. Tu padre me contó que la familia de Roshan ha pasado por cosas muy duras, pero nunca entró en detalles.
De repente, Lía se acerca a mí casi corriendo y me abraza.
—¡Qué bueno verte! —Sonríe y hago lo mismo—¡Estás guapísima, chica!
—Gracias, tú también.
—Pero no está tan guapa como yo...
Volteo los ojos cuando mi hermano se acerca sonriendo de lado, arrogante.
Lía levanta una ceja y casi suelta una carcajada.
—Te veías mejor con harina encima.
Madre mía... ¿será hermana de Roshan?
Bryan suelta una risa ronca muy característica de él cuando quiere ligar, y ese simple hecho llama la atención de la rubia.
—De hecho me veo mejor sin nada -replica mordiéndose los labios y casi vomito.
Decido alejarme de ellos dos. Si quieren hacer algo, que lo hagan muy lejos de mí.
Yo me separo un poco y, sin pensarlo demasiado, vuelvo sobre mis pasos hasta el cuadro de los cuatro niños en la playa.
Me detengo frente a él otra vez. La imagen no había cambiado, pero ahora, después de lo que Roshan había dicho, se sentía diferente. Más cruda. El niño que lloraba con una sonrisa congelada en la cara parecía mirarme directamente. El agua transparente, el cielo azul... todo contrastaba demasiado con esa expresión rota.
Estaba tan concentrada que no escuché los pasos hasta que ya era tarde.
—¿Volviste a este? —dice su voz ronca a mi lado.
Me giro ligeramente. Roshan se había acercado sin hacer ruido. Estaba de pie a menos de un metro, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón negro y la mirada fija en el cuadro. No me miraba a mí.