Roshan
Alanah no apartó la mirada de mí hasta que llegué hasta ella. Llevaba un vestido negro corto que le quedaba espectacular; si dijera lo contrario, sería un mentiroso. Su cabello negro, largo y con reflejos rojizos, caía suelto sobre sus hombros y le daba un aspecto delicado, casi como una muñeca de porcelana.
—Alanah —dije a modo de saludo, sin apartar los ojos de sus iris grises.
—Roshan —respondió con el mismo tono neutro.
Estuve a punto de sonreír, pero me contuve. No quería ofenderla.
—Feliz cumpleaños —añadí. Ella sonrió y me agradeció en voz baja.
Robin me ofreció un vaso de alcohol. Lo rechacé con un gesto sutil. No soy de beber mucho; no me gusta perder el control, y menos ahora que debo estar alerta en todo momento.
Estos últimos días han sido una tortura. Ya no sé en quién confiar. Los hombres de Jallow —incluido él— me pisan los talones. No puedo permitirme ni un solo error, ni dejar ningún cabo suelto. Sin embargo, es difícil cuando tienes a un traidor infiltrado: alguien que sabe dónde vivo, dónde planeamos cada movimiento y cada estrategia. Fue un grave error mío confiar ciegamente en lo que se suponía que era mi gente.
Estoy seguro de que están jugando con nosotros. Quieren volvernos locos para atacar en el momento en que bajemos la guardia.
Stella todavía no ha logrado descubrir quién es el maldito traidor, por eso solo confío en mí mismo. La ansiedad me está consumiendo.
Jordan consiguió rescatar algo de información, pero nada útil. Nada que me permita exponerlos.
Y por si fuera poco, sigue latente en mí esa sed de venganza por lo que pasó hace tres años. Aquellos no eran hombres de Jallow, sino de otra mafia: Nolte. En ese entonces, mis tres mejores amigos y yo acabábamos de formar Eclipse. La historia se repite de forma casi idéntica.
Se dieron cuenta demasiado pronto de nuestras intenciones y atacaron cuando menos lo esperábamos.
Todavía no entiendo por qué a mí me dejaron ileso.
Después desaparecieron como si nunca hubieran existido. Cambiaron de nombre y se esfumaron de la ciudad, como si la tierra se los hubiera tragado. Pero yo sé que no. Siguen vivos. El día del funeral de mis amigos juré que sería yo quien acabaría con sus vidas, y eso haré.
La voz de Bryan llamándome me saco de mis pensamientos. Me toca el hombro y me volteo. Tiene en su rostro esa sonrisa llena de arrogancia y prepotencia.
— Así que viniste..— Me dice.
Ya sabía que era el cumpleaños de Alanah hace semanas, Bryan me lo comentó y no se me olvidó.
—Pues sí. — Respondí sin más.
— Oye, todo bien con..— Se acerca a mi y me susurra, refiriéndose a toda la mierda que tenemos encima.
—Siento que cada vez estan más cerca— no se si debería de confiar en Bryan pero creo, que de todos, el es el más natural y espontáneo. Además, no haría nada, que perjudicara a su hermana. Y si el estuviera metido en ésto, no hubiera llevado a Alanah aquel día a Andomeda, asi que creo que por ahora, puedo medio confiar.
Bryan es uno de mis mejores hombres, te sorprende su facilidad para atacar y defender, su seguridad ante las cosas. El es más como un espía, se encarga de analizarlo todo demasiado bien. Yo le tengo demasiado respeto, al igual que el a mí.
— A Alanah no le puede pasar nada, ¿tu estas claro de eso verdad?— Su mano aprieta un poco más mi hombro y yo no dejo de observarlo.
— A ella no la tocarán.— Hablo y de modo automático deja de tocarme el hombro y sonríe. Cambia de semblante repentinamente y alza su vaso de alcohol al grito de.."¡la fiesta se está muriendo vamos a animarla, que es el cumple de mi hermana joder!".
Psicópata.
Hasta a mi cada día me impresióna mas éste chico.
Siento que alguien me observa y mis ojos viajan hasta Alanah, quien está bailando en la pista de baile con algunas chicas, sus ojos conectan con los míos y los aparta, como si no le importara pero sus mejillas ahora sonrojadas no dicen lo mismo.
La canción que suena es Earned it de The Weekend.
Sus caderas se mueven lentamente y su mirada se oscurece. Todo el mundo empieza a gritar cuando le dan una silla para que baile.
Alanah subió a la silla que le habían puesto en medio de la pista improvisada, todas las chicas se apartan y la dejan a ella. Las luces tenues la bañaban en tonos rojos y púrpuras, haciendo que su vestido negro corto pareciera aún más peligroso. Sus caderas se movieron con lentitud deliberada, siguiendo el bajo de la canción como si estuviera hecha para ella. No bailaba para impresionar a la multitud, bailaba como si estuviera sola, perdida en la música. O tal vez… como si supiera exactamente quién la estaba mirando.
Sus manos subieron por sus costados, rozando la tela del vestido, y luego bajaron por sus muslos. El cabello rojo caía sobre su rostro cuando inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su cuello. Mis ojos no pudieron apartarse. Cada movimiento era fluido, sensual, controlado. La muñeca de porcelana se había convertido en algo mucho más letal.
Sentí la boca seca.
No sabía que Alanah era así, seguro se tomó unas copas de más.
—Joder… —murmuré para mí mismo, apretando la mandíbula.
Bryan, a mi lado, soltó una risa baja y oscura.
—Mi hermana sabe cómo matar a un hombre sin tocarlo, ¿eh? —comentó sin mirarme, pero su tono llevaba una advertencia clara.
No respondí, no podía. Mis ojos seguían clavados en ella. Alanah giró sobre la silla, bajando lentamente, flexionando las rodillas con una gracia que parecía imposible en tacones. Cuando su mirada volvió a encontrar la mía, esta vez no la apartó. Sus iris grises se oscurecieron, desafiantes, y una pequeña sonrisa curvó sus labios. Solo una fracción de segundo. Suficiente para que mi pulso se acelerara.
La canción subió de intensidad y ella bajó de la silla con un movimiento fluido, dejando que sus amigas la rodearan entre risas y gritos. Pero sus ojos regresaron a mí una vez más antes de perderse entre la gente.