Alisson
Me quedo mirando los hermosos comentarios que recibo de mi historia y sonrío ante los más graciosos.
—Se te hará tarde para irte a tus clases, Ali —dice mi abuela al entrar a mi habitación.
—Aún es temprano abue —me acomodo mejor en la cama.
—Entonces le diré a Ethan que no podrán desayunar juntos —menciona y con eso me levanto rápido.
—¡No! —informo—. Ya me cambio.
—Eso pensé —sonríe orgullosa.
Me doy una ducha de cinco minutos y hago todo lo necesario para verme presentable y bien vestida. Tomo la mochila donde guardo mis escritos, la guitarra de siempre y bajo entusiasmada a encontrarme con mi novio.
Lo encuentro sentado en la sala mirando el celular.
—Pensé que te morías de aburrimiento —bromeo.
—Pues sí lo estaba —responde poniéndose de pie, mientras guarda el celular en el bolsillo del pantalón—. Siempre preciosa.
Sus cumplidos siempre hacen que me sonroje. No importa el tiempo que tengamos juntos. Creo que es un efecto que siempre tendrá en mí.
—Gracias.
Me da un corto beso en los labios.
—¿Nos vamos? —pregunto y él asiente.
Me despido de mi abuela que es la única que hay en casa, ya que mi padre salió a trabajar. Está al tanto de su empresa así que no hay día que no vaya. Muy pocas veces lo he convencido de quedarse en casa a ver una película conmigo, tener un día padre e hija o tener un desayuno con Ethan, mi abuela y él mientras interroga a mi novio con cosas de mí. Bueno, lo entiendo, soy su única hija.
Nos subimos en su auto y pasamos por Jane. Es domingo y tendríamos que estar en casa. Pero por entrar al concurso que se hará muy pronto, tendremos que sacrificar nuestros fines de semana.
—Me quería quedar en la cama —se queja mi amiga sentada en la parte de atrás—. Me decía: Jane, por favor, quédate a dormir. No te vayas.
Me río ante sus comentarios.
—¿Y no te decía que te deberías internar en un manicomio? —le dice Ethan.
—Ay, cállate —responde mientras se cruza de brazos—. Tú deberías estar en otro planeta y estás aquí.
—Por lo menos soy normal.
—Amiga, calla a tu novio —pide Jane.
—Les diré que basta los dos —respondo ocultando la risa que me quiere brotar desde la garganta.
—No dejes que la loca de tu amiga te diga que hacer —me dice Ethan.
—Oye, yo la conocí antes que tú —contesta la aludida—. Yo era el amor de su vida antes de que llegaras.
—Antes, bien lo dijiste. Ahora yo soy el amor de su vida.
—Deberías agradecerme y dejar de maltratarme. Yo le dije que te hiciera caso.
—Bueno, basta —detengo la conversación porque si siguen se van a terminar matando en cualquier momento.
—Sí, tienes razón —dice mi amiga con la cara de sueño—. Con esta discusión ya me dio hambre.
—Yo también quiero desayunar antes de todo —digo.
—Vamos entonces —responde Ethan.
Conduce a una cafetería cercana al edificio de nuestro curso. Estaciona a un lado de la calle, bajamos y pedimos nuestro desayuno estrella. Ethan pide sus clásicos pancakes cargados de frutos rojos y un café bien caliente. Yo opto por unos hot-cakes con frutas y mucha miel junto a un zumo de naranja, mientras que Jane pide un bagel y su inseparable café helado, sin importar que afuera el clima estuviera muy frío.
—Si me compartes un poco de tus pancakes tal vez considere perdonarte por haberme insultado todo el camino —dice Jane a Ethan una vez nos traen la comida.
—No —responde—. Consíguete los tuyos.
Niego con la cabeza divertida.
—Recuérdenme nunca volver a salir con ustedes —bromeo.
—Por tu culpa —dice mi amiga mirando a Ethan.
Este solo imita su voz.
—No entiendo cómo puedes tomar un café helado con este clima de muerte —digo cuando veo a Jane probar su bebida.
—Es un don que solo las personas geniales tenemos —responde con orgullo.
Charlamos un poco sobre todo. El colegio, la universidad de mi novio, la fea vida amorosa de mi amiga, hasta que nos dimos cuenta que ya era hora de irnos.
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—Uy no. Yo no quiero entrar por esta entrada —se queja mi amiga cuando llegamos al edificio—. Mejor demos la vuelta, por favor. No quiero caminar mucho.
—Es el mismo recorrido que hacemos siempre —me encojo de hombros.
—Pero hoy quiero entrar por el otro lado. Quiero ver cómo tienen sus clases las chicas de ballet.
—Ay, Jane.
—¿Entonces por dónde las dejo? —pregunta nuestro chofer exclusivo.
—Por favor —me mira haciendo un puchero.
Le hago una seña a Ethan para que nos lleve a la otra entrada. De hecho, la otra es la más corta para llegar a nuestra área. Bajamos una vez llegamos y saco la mochila junto a mi guitarra. Jane por su parte, solo baja su pequeño bolso.