Creo que todo empezó por mi manía de querer armar rompecabezas.
No los de cartón. Esos al menos tienen una imagen en la caja para guiarse. Sabes lo que vas a encontrar cuando terminas: un paisaje, un castillo, un gato mirando por una ventana. Hay orden. Hay certeza.
Los míos no vienen con caja.
Los míos los armo con pedazos de conversaciones, miradas, silencios y gestos que la gente suelta sin pensar. Mi cabeza siempre está buscando patrones, explicaciones, algo que me dé un poco de control en esta vida que a veces siento que se me escapa entre los dedos.
Y esa mañana no fue diferente.
El despertador sonó a las seis y media, como siempre. La luz grisácea del amanecer se filtraba por la ventana de mi pequeño departamento. Un espacio de una sola habitación con una cocina que apenas tenía espacio para moverse, una cama que hacía las veces de sofá y una mesa donde comía, estudiaba y, a veces, escribía tonterías como esta.
Preparé café. El mismo de siempre. Negro, sin azúcar. Mientras el agua calentaba, apoyé las manos en el borde de la encimera y cerré los ojos un momento.
—Otro día más —murmuré en voz baja.
La voz racional, esa que siempre está al acecho, respondió antes de que pudiera terminar la frase:
—Sí. Otro día más. Y tienes que trabajar. Y después ir a la universidad. Así que deja de lamentarte y empieza a moverte.
—Tranquila —respondí, medio en broma—. Solo estaba respirando.
—Respirar no paga las cuentas.
Solté una risa corta. Así era ella. Directa. Práctica. Siempre con los pies en la tierra. A veces la odiaba. La mayoría de las veces le agradecía que estuviera ahí.
Me vestí con la ropa de siempre: jeans oscuros, una camiseta negra, la chaqueta que ya empezaba a desgastarse en los codos. Agarré mis llaves, el teléfono y salí.
El bus iba lleno, como siempre. Gente con cara de sueño, algunos mirando el teléfono, otros mirando por la ventana sin ver nada. Yo me senté al fondo, junto a la ventanilla, y dejé que mi mente divagara un rato.
—¿Cuánto falta para el fin de semana? —preguntó la voz emocional, esa que parece un libro de filosofía andante y siempre está buscando belleza en lo cotidiano.
—Tres días —respondió la racional sin dejar que yo contestara—. Pero tienes que terminar el ensayo de Matemática Financiera antes del viernes.
—Siempre con lo mismo —suspiró la emocional.
—Es mi trabajo —respondió la racional con ironía—. Y parece que el único que se toma en serio las responsabilidades aquí soy yo.
El Juez, como siempre, solo observaba el intercambio sin decir nada. Era la tercera voz. La que no tomaba partido. La que se limitaba a mirar y, de vez en cuando, soltar un suspiro que lo decía todo sin necesidad de palabras.
Llegué a la cafetería veinte minutos antes de que abriera. Me puse el delantal, encendí las máquinas, revisé el inventario de leche y café. Todo en orden.
—Buenos días —dijo una voz detrás de mí.
Era la señora Daniela, la dueña. Una mujer de unos treinta y cinco años, bajita, con el pelo recogido en un moño y una sonrisa que desarmaba a cualquiera.
—Buenos días, Dani —respondí.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos.
—Siempre "más o menos" contigo. Algún día vas a tener que aprender a dormir bien.
Sonreí sin responder.
El día empezó con el ritmo de siempre. Los primeros clientes llegaron puntuales: el señor Jaramillo, que siempre pedía café negro con un toque de leche tibia; la señora Morales, que tomaba capuchino con canela extra; el joven de lentes que venía con su laptop y pedía americano doble.
Mientras preparaba el café del señor Jaramillo, la voz emocional no pudo contenerse:
—¿Será feliz? Viene todos los días. Siempre solo. A veces pide lo mismo y a veces mira por la ventana como si esperara algo.
—Es un cliente —respondió la racional con su tono seco—. No es tu psicólogo. No tienes que analizar su vida.
—Pero si no analizo, ¿qué hago?
—Tu trabajo.
—Eso es aburrido.
—La vida es aburrida. Acéptalo.
El Juez observó el intercambio en silencio y, por un instante, sentí que movía la cabeza. Como si estuviera diciendo: "Aquí vamos otra vez".
La mañana pasó entre pedidos y silencios. A veces me distraía mirando por la ventana, viendo pasar la gente, imaginándome sus historias. Un hombre con maletín que caminaba rápido: seguro llegaba tarde a una reunión importante. Una mujer con un niño de la mano: iban a comprar algo, tal vez un regalo. Dos adolescentes riéndose: no tenían prisa por nada.
—Deja de inventar —dijo la racional—. No los conoces. No sabes nada de ellos.
—Pero podría imaginar —respondió la emocional, como si se defendiera.
—Imaginar no es saber. Imaginar es perder el tiempo.
—Ojalá la vida fuera tan simple como tú crees.
El Juez, una vez más, no dijo nada. Solo observó. Era su especialidad. Mirar sin intervenir, como un espectador en un teatro que ya ha visto la obra muchas veces.
Terminé mi turno a la una de la tarde. Me cambié, guardé mis cosas y salí hacia la universidad. El sol ya calentaba un poco más que por la mañana, pero el viento seguía fresco.
En el bus de vuelta, la voz emocional volvió a hablar:
—Hoy hay clases. Puede que veas a alguien interesante.
—Todos los días ves a alguien interesante —respondió la racional—. No significa nada.
—Pero y si sí, ¿qué?
—Si sí, ya lo sabremos. No hace falta adelantarse.
El Juez observaba el paisaje desde el fondo de mi mente. No decía nada. Pero a veces sentía que sus ojos se posaban en mí con una intensidad que no sabía descifrar.
Llegué al campus y caminé hacia el edificio de mi facultad. Era un lugar que ya conocía demasiado bien: las mismas paredes beige, el mismo olor a libros y desinfectante, los mismos carteles pegados en los pasillos anunciando eventos que casi nadie veía.
Iba repitiendo cuatro materias este semestre. No era algo de lo que me sintiera orgulloso, pero tampoco me angustiaba tanto como antes. Había aprendido, con el tiempo, que la vida no siempre sigue el plan que uno traza.
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Editado: 23.07.2026