El arte del ruido interno

Capítulo 2 — La rutina

El resto del día pasó entre apuntes y bostezos. La clase fue de las pesadas, de esas donde el profesor habla y habla mientras la mitad del salón parece estar en otra dimensión. Yo tomaba notas por inercia, más por costumbre que por verdadero interés.

Al final, mientras guardaba mis cosas, escuché una voz detrás de mí.

—Oye... ¿tú también estás repitiendo Matemática Financiera, verdad?

Me giré. Era Lia. Estaba parada a unos pasos, con el cuaderno aún abierto en las manos.

—Sí —respondí—. Es la segunda vez. No es mi materia favorita.

Ella sonrió, esa sonrisa fácil que ya le había visto antes.

—Ni mía. Me quedé en esta y en otras dos. Si quieres, en el próximo trabajo grupal podríamos juntarnos. Dicen que es mejor no dejarlo todo para el final.

—Claro, no tengo problema —dije, intentando sonar casual.

La verdad no fue gran cosa. Solo una conversación corta. Pero mientras caminaba hacia la parada del bus, la voz emocional ya estaba comentando:

—Te habló primero. Y te propuso trabajar juntos. Eso tiene que significar algo.

—Te habló porque necesita aprobar la materia —respondió la racional, seca como siempre—. No te montes películas.

Los siguientes días las cosas empezaron a fluir de a poco. Los otros dos compañeros si así podríamos llamarlos casi no participaban, así que terminamos haciendo la mayor parte Lia y yo.

Al principio eran mensajes cortos por el grupo: "¿qué opinas de esta parte?", "¿puedes revisar los cálculos?". Pero poco a poco empezaron a aparecer mensajes solo entre nosotros.

Un día, mientras estaba en el trabajo, me escribió:

—Gordito, ¿me ayudas con este ejercicio? No entiendo nada.

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario. "Gordito". Una palabra simple, pero que sonaba distinta viniendo de ella.

—¿Por qué te dice así? —preguntó la emocional, casi ilusionada.

—Porque es su forma de hablar con todo el mundo —respondió la racional—. No le des más vueltas.

Pero yo ya me encontraba en otro mundo.

Con el paso de los días empezamos a coincidir más en las clases presenciales. A veces llegaba tarde y se sentaba cerca. Otras veces era ella la que me pedía que le explicara algo después de clase. Pequeños momentos. Nada extraordinario. Pero suficientes para que mi cabeza empezara a trabajar horas extras.

Una tarde, después de una clase especialmente larga, salimos juntos del edificio. Estaba empezando a lloviznar.

—¿Vas para la estación? —me preguntó.

—Sí.

—Vamos entonces.

Caminamos un rato en silencio. Ella iba mirando el suelo, yo iba demasiado consciente de cada paso. En un momento sacó conversación de la nada:

—Oye, gracias por ayudarme tanto. De verdad eres un amor.

Sentí que algo se movía dentro de mí. No era gran cosa. Solo palabras. Pero mi mente ya estaba tomando nota, guardando cada gesto, cada palabra, cada sonrisa.

—No tranqui, no pasa nada —respondí.

Llegamos a la estación del metro y nos despedimos. Ella subió primero. Yo me quedé un momento mirando cómo se alejaba entre la gente.

Esa noche, en mi departamento, mientras calentaba comida en el microondas, la voz emocional no paraba:

—Te dijo "gordito". Te dijo "eres un amor". Te busca para trabajar juntos. Esto tiene que significar algo.

La racional intentaba poner orden:

—Es simpática con todo el mundo. No te confundas.

Yo me quedé mirando la pared de la cocina, con el plato ya frío frente a mí.

Otro rompecabezas que empezaba a armar.

Y esta vez sentía que las piezas, poco a poco, estaban empezando a encajar.

O eso creía yo.




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