Nuevo día. Nuevo dolor de cabeza.
No era físico. Era de esos que empiezan antes de abrir los ojos, cuando todavía estás medio dormido y tu cerebro ya se puso a trabajar sin permiso, repasando mentalmente todo lo que hiciste mal el día anterior y lo que probablemente harás mal hoy. No sabía bien qué pensar. Y esa sensación de no saber qué pensar era, paradójicamente, lo único que ocupaba mi mente.
Pero no podía quedarme en la cama. Así que me levanté, preparé café, me vestí y salí.
La conocía de vista. Todos en la cafetería la conocían de vista: la chica del pelo siempre medio suelto, medio recogido, que entraba y salía del turno de la tarde sin que nadie supiera muy bien qué hacía en las horas que no trabajaba. Nunca habíamos cruzado más de un "hola" apurado entre el mostrador y la puerta.
Hasta esa mañana, en la que Dani me la presentó como si fuera un mueble nuevo.
—Ella es Emma. Va a empezar a ayudarnos algunos días —dijo, sin más presentaciones, como si diera por hecho que ya nos conocíamos de tanto cruzarnos por ahí.
—Hola —dijo Emma, con una voz que sonaba como si acabara de despertarse, aunque eran las nueve y media.
—Hola —respondí, y ahí quedó la conversación.
La racional, siempre atenta a lo práctico, hizo su primera evaluación en menos de cinco minutos:
—Es lenta.
—Dale tiempo —le dije, sin mucha convicción.
—No es cuestión de tiempo. Mira cómo agarra la jarra. Como si no supiera si va a explotar.
No estaba del todo equivocada. Emma se movía por la cafetería con la lentitud de alguien que todavía no decidía si el lugar le caía bien. Limpiaba una mesa y se quedaba mirando por la ventana. Preparaba un café y lo dejaba enfriar un poco antes de servirlo, como si el tiempo no le corriera a ella igual que al resto del mundo.
—¿Todo bien? —le pregunté, más por cortesía que por curiosidad.
—Sí, sí. Solo... acomodándome.
La emocional, que rara vez se quedaba callada tanto tiempo, finalmente opinó:
—Tiene cara de estar en otro lado.
—Todos tenemos cara de estar en otro lado a esta hora —respondió la racional.
El Juez no dijo nada. Solo la observó un rato, como observa todo, sin apuro por sacar conclusiones.
Todo hubiera quedado ahí, en una simple primera impresión, si no fuera porque a eso de las diez llegó un golpe de gente que nadie vio venir. Un grupo grande primero, después otro detrás, y de pronto había seis mesas ocupadas a la vez y una fila corta pero constante frente a la caja.
—Emma, la tres pidió dos capuchinos y un té.
—Ya voy.
—Emma, necesito la leche de almendra, se acabó la de aquí.
—Ya voy, ya voy.
Yo me movía de un lado a otro, tomando pedidos, cobrando, gritando nombres de bebidas hacia la barra, y cada vez que volteaba a ver cómo iba ella, la encontraba en el mismo punto en el que la había dejado dos minutos antes, como si el ritmo de la cafetería no le hubiera llegado todavía.
—Emma, en serio, necesito que te apures. Se está llenando esto.
—Estoy en eso.
—No parece.
Lo dije más seco de lo que hubiera querido, con la voz ya tensa por la fila que no dejaba de crecer y el sonido de la máquina de café pitando porque alguien —yo mismo, probablemente— se había olvidado de vaciarla a tiempo. Emma no respondió. Apretó los labios y siguió con lo suyo, un poco más rápido, pero sin decir nada.
Cuando por fin la avalancha bajó, quince o veinte minutos después, el silencio entre los dos se sentía distinto al de la mañana. Ya no era la incomodidad normal de dos desconocidos aprendiendo a compartir un espacio. Era algo más parecido a una cuenta pendiente.
—Perdón por lo de recién —le dije, aunque no estaba del todo seguro de sentirlo—. Se puso feo de un momento a otro.
—Está bien —respondió ella, sin mirarme, acomodando unas tazas que no necesitaban ser acomodadas.
No estaba bien. Se notaba en cómo lo dijo. Pero ninguno de los dos insistió en el tema, y la mañana siguió su curso con esa tensión pequeña flotando entre nosotros, sin resolverse del todo.
No hablamos mucho más ese día. Ella hacía su trabajo, a su ritmo, que no era el mío. Yo hacía el mío, rápido, casi automático, como si la cafetería fuera un examen que había que terminar antes de tiempo. No chocamos del todo. Todavía no. Pero después de esa hora pico, ya no hacía falta que la racional me lo dijera: yo ya sabía, de esa forma en que uno sabe las cosas sin poder explicarlas del todo, que en algún momento nuestros ritmos iban a terminar de frente.
Esa noche, en mi departamento, mientras calentaba la comida del día anterior en el microondas, el ruido de la mañana volvió sin que yo lo invitara.
—¿Por qué te pones tan nervioso con cosas así? —preguntó la emocional, con un tono que no era acusatorio. Era más bien curioso—. No era para tanto. La chica apenas está aprendiendo.
—No es que estuviera nervioso —respondí, defendiéndome sin saber bien de qué—. Es que el trabajo se estaba acumulando y ella no ayudaba.
—Ayudaba, solo que a su ritmo.
—Su ritmo no servía en ese momento.
—¿Y el tuyo sí?
La racional intervino antes de que la conversación se calentara demasiado:
—No vamos a discutir esto otra vez. Lo que pasó en el trabajo, en el trabajo se queda.
—Pero no es solo el trabajo —insistió la emocional, con una suavidad que la hacía más incómoda que cualquier discusión—. Es cómo te pones cuando las cosas no salen como esperas. Con ella, con cualquier cosa.
—Ya le pedí disculpas.
—¿De verdad le pediste disculpas o solo dijiste "perdón" para que no hubiera problema?
Me quedé callado, con el plato ya caliente en las manos, mirando la pared de la cocina. La pregunta se quedó ahí, flotando, sin respuesta.
El Juez no dijo nada. Pero sentí, por primera vez, que su silencio no era neutral. Era, más bien, el silencio de alguien que ya sabía la respuesta y estaba esperando a que yo también la alcanzara.