El arte del ruido interno

Capítulo 4 — El remordimiento

Los días libres no fueron tan libres como esperaba.

El problema con Emma no se fue cuando salí de la cafetería. Se quedó conmigo, como una mosca que no termina de irse, dando vueltas alrededor de la misma idea una y otra vez. Había sido demasiado duro. No solo por lo que le dije, sino por cómo lo dije. El tono. La forma en que le chasqueé los dedos. La mirada de ella después, apretando los labios sin decir nada.

Esa imagen no se me iba de la cabeza.

—Ya pasó —dijo la racional, intentando calmarme—. Ya le pediste disculpas. No puedes seguir dándole vueltas.

—¿De verdad le pedí disculpas? —preguntó la emocional, haciéndose eco de lo que yo mismo me había preguntado la noche anterior—. ¿O solo dije "perdón" para que no hubiera problema?

—Fue un intento —respondió la racional, pero con menos convicción de la que solía tener.

—Un intento no es lo mismo que una disculpa de verdad.

—Está bien —dijo la racional, con un tono que ya no intentaba convencerme, solo constatar un hecho—. Entonces la próxima vez que la veas, te disculpas de verdad. Sin excusas. Sin justificaciones. Solo reconocer que te pasaste.

El martes y miércoles los pasé entre la universidad y mi departamento, pero mi cabeza seguía en otra parte. En la cafetería. En la cara de Emma cuando le dije "no parece". En cómo había dejado que el estrés del momento se convirtiera en un ataque hacia alguien que apenas estaba aprendiendo.

El jueves, cuando volví a la cafetería, el nudo en el estómago no había desaparecido del todo. Abrí la puerta con la mano temblando ligeramente, y el sonido de la campanilla me recordó que el día comenzaba, que tenía que enfrentar lo que había hecho.

Emma ya estaba ahí.

Estaba limpiando la máquina de espresso con una lentitud que ya empezaba a ser característica, pero que ahora veía con otros ojos. No era pereza. Era inseguridad. Era alguien que no sabía bien qué estaba haciendo y tenía miedo de hacerlo mal.

—Buenos días —dije, con la voz más suave de lo habitual.

—Buenos días —respondió ella, sin mirarme.

Me puse el delantal y me acerqué a la barra. El silencio entre nosotros era denso, pero no era hostil. Era más bien el silencio de dos personas que saben que tienen algo pendiente y no saben cómo empezar a resolverlo.

—Oye, Emma —dije, después de un momento—. Lo de antes... no fue solo el estrés. Fui yo. No debí hablarte así, y menos en tu primer día. No tienes por qué disculparte por nada, y no, no fue solo cosa del momento. Fui un idiota. Y no lo digo para que me perdones. Solo quería que supieras que no es tu culpa, es la mía.

Ella se quedó callada un momento, secándose las manos en el delantal. Luego me miró, y esta vez no había tensión en sus ojos.

—Gracias —dijo—. Por decirlo así.

—No es nada. Es lo que debí decirte desde el principio.

—La verdad, no fue tan grave —dijo, con un tono más ligero, como si el peso que había estado cargando también se estuviera aliviando—. Pero duele cuando alguien te habla así sin conocerte.

—Lo sé. Por eso te lo digo.

—Está bien —respondió ella, y por primera vez desde que la conocía, su sonrisa llegó hasta sus ojos—.

Esta vez, mientras le explicaba cómo ajustar la presión del vapor, no sentí la necesidad de apurarla.

—Oye, una pregunta —dije, mientras ajustaba la temperatura—. ¿Has trabajado antes en algo así?

Ella negó con la cabeza, sin dejar de prestar atención a lo que hacía.

—No. Este es mi primer trabajo real. Antes solo ayudaba en la tienda de mi tía, pero era diferente. No había máquinas, no había presión, no había gente esperando. Aquí es... más rápido.

—¿Y qué tal te está pareciendo?

—Estresante —admitió, con una risa corta—. Pero no me quejo. Al menos estoy aprendiendo algo nuevo.

—Eso es bueno —dije, y lo decía en serio—. Aprender cosas nuevas siempre es bueno, aunque al principio duela la cabeza.

Ella sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos.

—Gracias —dijo—. Por tomarte el tiempo de explicarme.

—No es nada. Todos fuimos nuevos alguna vez.

—A veces lo más difícil es reconocer que uno se equivocó —dijo ella, como si hubiera estado pensando en lo mismo que yo.

—Sí —respondí—. Pero cuando lo haces, las cosas mejoran.

El resto de la mañana transcurrió con un ritmo distinto. No más rápido ni más lento. Más humano. Emma seguía siendo lenta, sí, pero ya no me molestaba. Era su forma de hacer las cosas, y mientras aprendía, yo podía esperar. Había algo en la forma en que interactuábamos ahora que se sentía más ligero, sin la necesidad de estar siempre a la defensiva. La tensión se había aliviado, y entre explicación y explicación, empezamos a conversar y divagar de la vida. Nada profundo, nada trascendental. Solo dos personas agarrando confianza, como amigos.

Emma me contó un poco de su vida. Que estaba por tomar los estudios, pero que no sabía bien qué hacer con su futuro, que había llegado a la cafetería casi por casualidad porque Dani le había dado una oportunidad. Hablaba con una honestidad que no esperaba, sin filtros, sin intentar sonar más interesante o más segura de lo que era. Solo contaba las cosas como eran.

—¿Y tú? —preguntó en un momento de silencio—. ¿Qué haces cuando no estás aquí?

—Universidad —respondí—. Estudio una carrera que todavía no sé si es la correcta, pero ahí voy.

—¿Y te gusta?

—No lo sé —admití—. A veces pienso que sí. Otras veces pienso que solo estoy haciendo lo que se supone que debo hacer.

Ella me miró con una expresión de complicidad que no esperaba.

—Te entiendo. Yo también estoy en esa etapa.

—¿Cuál etapa?

—La de no saber bien qué estás haciendo, pero seguir adelante porque no hay otra opción.

—Exactamente eso —dije, sintiendo que alguien por fin lo entendía.

La conversación siguió fluyendo, sin prisas, sin la necesidad de llenar cada silencio con palabras. Solo dos personas compartiendo un espacio y aprendiendo a conocerse.




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