El arte del ruido interno

Capítulo 5 — La primera señal

Los días siguientes se volvieron una rutina extraña. Por un lado seguía mi vida normal: el trabajo en la cafetería, las clases, el departamento vacío. Pero por dentro algo había cambiado. Ya no era tan pasivo. Empecé a buscar pequeñas formas de acercarme a Lia: le guardaba asiento cuando llegaba tarde, respondía rápido a sus mensajes, me ofrecía a explicarle algo después de clase. Gestos discretos. Nada demasiado evidente.

Y mientras tanto, sin planearlo, también empecé a fijarme más en Tati.

Era diferente. Con Lia sentía esa especie de corriente, esa necesidad de analizar cada detalle. Pero con Tati me sentía más tranquilo, más curioso. Me gustaba su forma de ser: callada pero atenta, como si observara todo antes de hablar. Y había algo en su forma de mirar que me hacía querer quedarme un poco más cerca, aunque no supiera bien por qué.

Una tarde, después de clase, nos quedamos los tres con Juli en el patio. Tati estaba sentada en el borde de una fuente, mirando el agua con una atención que parecía excesiva para algo tan simple. Juli se había sentado un poco más lejos, revisando su teléfono y riéndose de algo que probablemente era un meme. Yo me senté junto a Tati, sin pensarlo demasiado, solo porque el lugar vacío a su lado parecía invitarme.

—¿Tú siempre eres tan callada? —le pregunté.

Me miró con una media sonrisa que no terminaba de definirse.

—Depende.

—¿De qué?

—De la gente. De si me siento cómoda o no.

—¿Y conmigo?

Se quedó pensando un momento, como si realmente estuviera considerando la respuesta.

—Todavía no lo sé.

—¿Todavía? —repetí, con una sonrisa. Fue en un tono juguetón para ver con qué salía.

—Tal vez —dijo, y su sonrisa fue un poco más abierta.

Juli, que estaba unos metros más allá, levantó la vista sin soltar el teléfono.

—Uy, ¿ya están teniendo conversaciones profundas?

—No es profundo —respondió Tati con calma—. Es honesto.

—¿Honesto? —dije, como si probara la palabra por primera vez—. No la suelo escuchar mucho.

—¿Ah, no?

—No. La mayoría de la gente solo da una respuesta predeterminada.

Tati soltó una risa corta, pero no era una risa alegre. Era más bien cansada.

—Todos mienten —dijo, mirando el agua de la fuente—. Todos dicen lo que una quiere escuchar para quedar bien.

—¿Todos? —pregunté.

—Todos —repitió, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Son unos mentirosos. Todos.

Me quedé callado un momento, mirándola. No estaba exagerando. Lo decía en serio.

—Bueno —dije, encogiéndome de hombros—. Pero conmigo no lo has intentado.

Ella me miró, como si no esperara esa respuesta.

—¿Cómo sé que tú no me mientes?

—No lo sé —respondí—. Pero tampoco tengo por qué mentirte. No gano nada con eso.

Se quedó callada, procesando lo que acababa de decir. Por un momento, su mirada se suavizó, como si hubiera encontrado algo que no esperaba. Bajó la mirada, y por un segundo, vi algo en su rostro que no supe identificar. No era tristeza. Era más bien... sorpresa. Como si no supiera muy bien cómo reaccionar ante alguien que no le pedía nada.

—Eso es... raro —dijo finalmente.

—Pues yo creo que tienes una forma de mirar las cosas muy particulares —le dije, casi sin pensarlo—. Como si de verdad te importara entender, no solo responder.

Tati me miró, sorprendida, como si no esperara ese tipo de comentario.

—Me vas a hacer sonrojar, ¿eh?

—No es mi intención.

—Sí, claro. Tú solo me quieres ver avergonzada.

—Tal vez —respondí, encogiéndome de hombros—. O tal vez simplemente estoy disfrutando este momento.

Ella no dijo nada. Se quedó mirándome un segundo de más, y por primera vez no supe si el silencio que siguió era incómodo o era, simplemente, sincero.

—Hablando de cosas que nos asustan —dije, cambiando de tema—, ¿qué tal les fue en el examen de la semana pasada?

La conversación siguió fluyendo, sin forzarla. Tati me contó que había tenido problemas con uno de los ejercicios, pero que creía que lo había resuelto bien. Yo le dije que yo también había estado a punto de rendirme, pero que al final algo había hecho clic. Juli se quejó de que el profesor era demasiado estricto. Hablamos de otras cosas: de una serie que habíamos visto, de un lugar al que queríamos ir, en fin de cosas triviales a las cuales podríamos hacer en un futuro.

Y en medio de todo eso, hubo momentos en los que nuestras miradas se cruzaban y se quedaban un segundo de más. Nada exagerado. Nada que gritara "aquí pasa algo". Solo un parpadeo más lento, una sonrisa que no terminaba de cerrarse, un gesto que invitaba a seguir hablando sin necesidad de decirlo.

En un momento, mientras hablábamos de un profesor que ambos odiábamos, ella dijo algo que me hizo reír más de lo que esperaba.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —dijo, pero su sonrisa se quedó un momento más de lo necesario.

Cuando llegó la hora de irnos, nos levantamos y caminamos hacia la salida. Juli se adelantó unos pasos. Tati y yo quedamos un momento atrás.

—Bueno, hasta luego —dijo, y se acercó para despedirse.

Pero cuando intentó darme un beso en la mejilla, apenas llegaba a mi altura. Se quedó en puntas de pie, estirando el cuello, y al darse cuenta de que no alcanzaba, soltó un suspiro de esos que son mitad frustración, mitad risa contenida.

—Ay, no —dijo, bajando los talones y poniendo una mano en mi hombro para estabilizarse—. Es que eres muy alto. No puedo despedirme así de ti.

—Bájate un poquito, oye —dijo, con un tono que era mitad orden, mitad risa.

Me incliné hacia ella, lo suficiente para que pudiera alcanzarme sin esfuerzo. Me dio un beso rápido en la mejilla y se apartó, con una sonrisa que no se le borraba.

—Chao, Tati. Cuídate. Iras con cuidado.

—Sí, tranqui —respondió, y se dio la vuelta para alcanzar a Juli, que ya se había adelantado.

Esa noche, mientras lavaba los platos, la voz emocional reflexionaba:




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