Y así comenzó un nuevo día para mí. En mi mente ya estaba programada la fecha del evento, el cual no estaba seguro de asistir o no. Mientras andaba perdido en mis pensamientos, Dani nos reunió a Emma y a mí por la tarde de ese día. Tenía una cara que ya conocíamos: la de cuando tenía que pedir un favor grande y quería suavizarlo con una sonrisa.
—Chicos, tengo que viajar. Es un tema familiar.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, calculando ya, sin darme cuenta, todo lo que podía salir mal.
—Diez días. Tal vez menos, si se resuelve rápido.
—¿Y la cafetería? —preguntó Emma, con una voz que, por primera vez, sonaba despierta de verdad.
—Ustedes dos. Se quedan a cargo.
Un silencio incómodo se formó entre los tres.
—Confío en ustedes —añadió Dani, mirándonos como si eso resolviera cualquier duda—. Los horarios están anotados, el proveedor de leche llega los martes y jueves, y cualquier cosa, me escriben.
La racional, en mi cabeza, ya estaba haciendo una lista.
—Diez días. Solos. Con ella. Qué mierda me va a tocar hacerme cargo solo.
—Okey Dani, aquí le ayudaremos —protestó Emma.
Preferí no decir nada.
Dani se rió, agarró su bolso y, antes de salir, se giró una última vez.
—Ah, y no se maten. Los necesito vivos cuando vuelva.
La puerta se cerró detrás de ella. Emma y yo nos quedamos mirando el local vacío, con las sillas ya alzadas sobre las mesas, como dos personas a las que acaban de dejar solas en una casa ajena.
—Bueno —dijo Emma, después de un rato—. ¿Qué más hacemos?
—Actualmente, dejemos todo limpio y luego hacemos cuadre de caja. Y roguemos a Dios que no falte plata.
Ella sonrió, y por primera vez sentí que detrás de esa lentitud había algo más despierto de lo que yo le había dado crédito.
Mientras limpiábamos, aproveché para contarle lo del cartel. Lo de Lia. Lo de su nombre en la lista de participantes.
—¿Y tú crees que se inscribió por ti? —preguntó Emma, sin dejar de secar una taza.
—No sé. Tal vez sí. Tal vez no.
—Pero te gustaría, ¿no?
—No es que me gustaría —respondí, buscando las palabras—. Es que... no sé. Me dejó pensando eso.
—Ay, no —dijo Emma, dejando la taza y apoyando ambas manos en la barra, con una sonrisa. —Ya estás fantaseando. Es más, ya te veo planeando la boda.
—No estoy planeando nada.
—Sí, claro —dijo, con un tono de ironía—. Yo creo que en una semana me vas a decir que van a tener una casa en las afueras, tres hijos y un perro.
—Jajajajajajaja—ridícula.
Quise defender, pero no encontré palabras. Porque en el fondo, aunque no lo admitiera, sabía que tenía razón. Ya estaba empezando a imaginar cosas. A construir escenarios en mi cabeza con piezas que ni siquiera sabía si existían.
La emocional, que había estado callada, se removió con satisfacción.
—Tres hijos y un perro. No suena mal.
—Cállate —le dije.
—¿Qué? —preguntó Emma, confundida.
—No, nada. Hablaba solo.
Ella soltó una risa, negó con la cabeza y volvió a su tarea. Pero su comentario se quedó ahí, flotando, como una semilla que no sabía si quería que creciera.
No sabía, todavía, que esos diez días iban a ser mucho más largos de lo que Dani había prometido.