El arte del ruido interno

Capítulo 8 — El ruido de afuera

El día comenzó mal. Y no fue por Emma.

Ella llegó puntual, con su lentitud de siempre, pero esa mañana yo ya venía con el interruptor cambiado desde que salí de casa. No sé si fue el tráfico, no sé si fue el sueño acumulado, no sé si fue el simple hecho de saber que tenía que estar ahí. Pero entré a la cafetería con el humor justo para que cualquier cosa me hiciera saltar.

Y las cosas no tardaron en llegar.

Primero fue un cliente que pidió un café con leche de soja y, cuando se lo serví, me dijo que "no sabía igual que en el otro lado". Le expliqué que la leche era la misma marca de siempre, que el café era el mismo grano, que la máquina era la misma. Pero él insistió, alzó la voz, y dijo que yo no entendía nada.

—Claro, ustedes los jóvenes no saben hacer las cosas bien.

—La leche es la misma que usamos siempre —respondí, intentando mantener el tono neutro—. Si quiere, se lo cambio.

—No quiero que me lo cambies. Quiero que me lo hagas bien.

La voz racional, esa mañana, estaba demasiado cansada para intervenir. Y la emocional, callada. Fue una de esas veces en las que el Juez ni siquiera apareció para observar el caos.

Luego fue una señora que se quejó porque el local estaba "demasiado lleno" y que "¿cómo se atrevían a tener tanta gente en un espacio tan pequeño?".

—Señora, estamos en hora pico —dije, señalando el cartel que decía que no teníamos control sobre el aforo.

—No me importa. Es una falta de respeto.

Emma me miró desde la barra con una mezcla de sorpresa y preocupación. No dijo nada. Solo siguió con su trabajo, pero sé que notó cómo se me tensaba la mandíbula.

La tercera fue peor. Una pareja que no se ponía de acuerdo en el pedido, que discutía entre ellos y, cuando quise intervenir, me dijeron que no me metiera, que yo solo era el que servía café, que para qué me creía más de lo que era.

—Solo quería ayudar —dije, con la voz ya tensa.

—Pues no ayudes —respondió el hombre—. Haz tu trabajo y ya.

No supe qué decir. Me quedé parado un segundo, con el ticket en la mano, sintiendo que me ardían las mejillas y que el resto del local seguía su curso como si nada, como si yo no estuviera.

El resto del día fue un desfile de personas que exigían sin saludar, que pagaban con monedas contadas sin mirarme, que se quejaban de que el café no estaba caliente, de que el local no era cómodo, de que había mucho ruido, de que era lunes y todo era una mierda.

Y yo, sin darme cuenta, me fui apagando.

Cuando por fin cerraron las puertas, no dije nada. Emma me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Ella no insistió. Creo que entendió que ese día no era un día para conversar.

Salí a la calle y el aire fresco no me hizo nada.

Llegué a mi departamento y cerré la puerta. No encendí la luz. Me tiré en la cama, boca arriba, con los brazos abiertos como si estuviera esperando que el techo se derrumbara.

Y entonces, en el silencio, las voces que no habían dicho nada durante todo el día aparecieron.

No supe cuál era cuál. O tal vez eran todas a la vez, mezcladas en un ruido que no me dejaba respirar.

—¿Qué sería de ti?

...

—¿Y si desaparecieras?

...

—Tus papás.

—Tus hermanos.

—Tus amigos.

—¿Les cambiaría realmente la vida?

...

—¿O solo seguirían adelante?

—Como siempre.

—Como todos.

Sentí un vacío en el pecho. Cerré los ojos. Pensé que el silencio me ayudaría. Pero el silencio también tiene memoria. Y fue entonces cuando recordé.

—¿Te acuerdas de ese día? —dijo la voz, y esta vez no era una pregunta retórica—. Cuando le gritaste a tu papá. Se quedó callado. No te habló en tres días.

—Sí —respondí, con la voz quebrada.

—¿Y cuando discutiste con tu mamá? Dijiste cosas que no quisiste decir.

—Sí.

—¿Y en el colegio? Cuando no supiste defenderte. Te quedaste callado porque no sabías qué responder.

—Sí —repetí, como un disco rayado.

—¿Y ese trabajo? Cuando te dijeron que no servías para nada. Y te lo creíste.

—…..

—¿Y tus amigos? Los que se fueron. Los que dejaron de escribirte sin razón.

—Ya basta —dije, en voz baja.

—¿Crees que ellos también se preguntaron qué sería de ti? ¿O simplemente siguieron con sus vidas?

—Cállate —dije, apretando los ojos.

—¿Por qué sigues aquí? —siguió la voz, implacable—. ¿Qué cambiaría si no estuvieras?

—¡Cállate! —grité, esta vez con fuerza, golpeando la almohada con el puño—. ¡Ya basta!

Pero la voz no se detuvo.

—¿A quién le importas realmente?

—….

—¿Qué estarían haciendo ahora sin ti?

—¡YA, por favor!

El silencio llegó de golpe. Como cuando alguien apaga un radio de golpe.

Me quedé ahí, respirando rápido, con el puño aún apretado contra la almohada. El corazón me latía en los oídos. Las palabras se quedaron flotando, sin respuesta, esperando que yo hiciera algo con ellas.

Y entonces, en medio de ese silencio, llegó una voz distinta.

—¿Qué estás buscando?

Era el Juez. Esta vez no era neutral. Era suave. Casi como si estuviera sentado al borde de mi cama.

—No sé —respondí, con la voz aún temblorosa.

—¿Qué necesitas?

—Calma —dije, y la palabra salió como un suspiro—. Pero no sé dónde encontrarla.

—Por eso te encierras en tu cuarto. Porque aquí tienes paz.

No era una pregunta. Era una afirmación.

—Sí —admití—. Pero a veces la paz no llega.

—No siempre tiene que llegar —dijo—. A veces solo necesitas saber que existe un lugar al que puedes volver.

Abrí los ojos y miré el techo. El ruido se había ido. No del todo, pero se había alejado, como una tormenta que se va después de haber pasado.

—Por eso me encierro en mi cuarto —repetí en voz baja—. Porque aquí tengo paz.

El Juez no dijo nada más. Pero sentí que se quedó ahí, quieto, como una presencia que no exigía ni necesitaba nada.




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