El arte del ruido interno

Capítulo 9 — El escenario

Al día siguiente me desperté sintiéndome menos peor.

No sé si fue el sueño, la rutina o simplemente que mi cabeza había decidido darme un respiro, pero el peso que había sentido los días anteriores se había aliviado un poco. El evento seguía ahí, en algún rincón de mi mente, pero ya no ocupaba todo el espacio.

Esa mañana, cuando llegué a la cafetería, Emma ya estaba ahí, preparando las máquinas con una soltura que no le había visto antes. Había aprendido rápido. Ya no era la misma chica que llegaba media dormida y se movía sin rumbo. Ahora sabía lo que hacía.

—Oye —dijo, mientras acomodaba las tazas—. ¿Y el evento? ¿Ya decidiste si vas?

—Todavía no lo sé.

—Yo creo que sí —respondió, con una sonrisa de malicia que ya me la conocía bien.

No le di más vueltas. El turno fue tranquilo, de esos que no exigen atención total. La señora Morales pidió su capuchino de siempre. El señor Jaramillo, su café negro con un toque de leche. Todo normal.

Pero a eso de la una, el dueño del edificio apareció con un aviso: iban a hacer mantenimiento de las tuberías. Teníamos que cerrar temprano.

—Bueno —dijo Emma, mientras guardaba los últimos implementos—. El destino ya decidió por ti.

—¿Qué?

—Que tienes tiempo de sobra para ir al evento.

Guardé silencio. No tenía excusa. No podía decir que no tenía tiempo, porque lo tenía. Pero tampoco podía decir que no quería ir, porque en el fondo sabía que sí.

—Tal vez vaya —dije, y en cuanto lo dije, supe que ya estaba decidido.

Salí de la cafetería con el tiempo justo para llegar al campus. El sol ya empezaba a caer, y el aire se sentía distinto, como si el día supiera que algo importante iba a pasar.

El trayecto en bus fue silencioso, pero no de esos silencios incómodos. Era un silencio que no pedía ser llenado. Miré por la ventana cómo las calles se iban quedando atrás, los edificios, los semáforos, la gente que caminaba sin prisa. No pensé en nada en particular. Solo dejé que el paisaje pasara frente a mí como una película en cámara lenta. El día se estaba acabando, y con él, la oportunidad de dar marcha atrás.

Cuando llegué al campus, el auditorio ya estaba lleno. El evento había empezado. Las luces estaban bajas, y el murmullo de la gente se mezclaba con la voz del presentador.

Busqué un asiento, no muy cerca del escenario, pero tampoco al fondo. Encontré uno casi en el medio, entre los organizadores y los demás estudiantes, y me senté sin muchas ganas, con la sensación de estar ahí mas por compromiso que por interés.

Los primeros minutos, el evento pasó frente a mí como un ruido de fondo. Participantes subiendo y bajando, aplausos educados, el presentador anunciando nombres que no registraba. No estaba buscando a Lia. O al menos eso me decía a mí mismo.

—Estás aquí por ella —pensé, pero no era una voz clara. Era más un eco, un pensamiento suelto que no llegó a tomar forma.

—Estoy aquí porque cerraron temprano —respondí, también en silencio.

Pero no había convicción en mis palabras. Ni siquiera las voces internas se tomaron la molestia de discutirlo. La racional, la emocional, el Juez... todos estaban en silencio, como si supieran que este momento no necesitaba de ellos.

Hasta que llegó su turno.

El presentador dijo su nombre. Liliana J. Y ella subió al escenario.

Y entonces, todo se detuvo.

No hubo voz racional que dijera "esto no significa nada". No hubo voz emocional que gritara "¡es ella!". No hubo Juez que observara con atención. No hubo nada de eso. Porque en ese momento, no había espacio para nada más.

Ella no era la misma que veía en clase. No era la chica que tomaba apuntes y sonreía educadamente. Era otra. La luz del escenario la envolvía, iluminaba su rostro de una forma que no había visto antes. Caminó con seguridad hasta el centro, se detuvo, miró al público y empezó a hablar.

Y su voz. Dios, su voz.

No recordaba haberla escuchado así. Era firme, clara, con una calidez que llenaba todo el auditorio. Hablaba sobre algo que no lograba procesar del todo porque mi mente estaba en otro lugar. En ella. En cómo movía las manos al hablar. En cómo su sonrisa aparecía en los momentos justos. En cómo sus ojos recorrían el público.

Y entonces, por un momento, sus ojos se detuvieron en mí.

No fue una mirada larga. Fue un instante, apenas un segundo. Pero en ese segundo, todo lo demás desapareció. Era como si me hubiera visto, como si supiera que estaba ahí, como si con esa sola mirada me dijera: viniste.

Yo, desde el medio del auditorio, me quedé completamente inmóvil. Sin respirar. Sin pensar. Solo mirando.

No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez minutos. Tal vez solo segundos. Pero el tiempo, en ese momento, no tenía sentido. Solo existía ella, en ese escenario, con esa luz, con esa voz, con esa presencia que llenaba todo el espacio.

Cuando su presentación terminó, el público aplaudió. Ella sonrió y bajó del escenario.

Yo seguía sin moverme.

Cuando todo terminó, supe que había quedado en segundo lugar. No había ganado, pero no importaba. Para mí, ya había hecho algo que ningún premio podía superar.

Vi a su familia acercarse a felicitarla. Había mucha gente alrededor. Demasiada. Sentí que no era mi lugar. Así que, sin decir una palabra, me levanté y me fui.

Llegué a casa y me senté en mi escritorio. El teléfono en la mano. Abrí el chat de Lia y escribí:

"Hola. Hoy estuve en el evento. Te vi. Estuviste increíble. En serio."

Leí el mensaje una vez. Dos veces. Y lo envié.

Algo había despertado en mí. Algo que no sabía que estaba ahí.

Y entonces, mis ojos se iluminaron al ver que ella estaba escribiendo. Los tres puntos aparecieron, desaparecieron, volvieron a aparecer. Mi corazón latía con fuerza, esperando, sin saber bien qué iba a decir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.