Los días siguientes fueron un torbellino.
No podía dejar de pensar en ella. En el escenario. En la luz. En su voz. En esa mirada que, por un segundo, se había detenido en mí. Como si me hubiera visto. Como si me hubiera dicho: viniste.
Y luego, el mensaje. Esa noche, después de enviarle el mensaje, la conversación había fluido de una forma que no esperaba. Pero ahora, al día siguiente, repasando todo en mi cabeza, no podía evitar sentir que había dicho puras estupideces.
—Holi 🫶. Sí, te vi. Gracias por haber ido. Pensé que no ibas a venir.
Su mensaje había llegado con una calidez que no esperaba. Y yo, en mi torpeza, había respondido sin pensar:
"Jajaja, yo te insistí para que te inscribieras, tenía que ver cómo te iba."
Y ella, con esa facilidad que tenía para desarmarme, había contestado:
"¿Y qué tal te pareció?"
Y yo, como un idiota, había soltado:
"Bueno, me dio pena que no hayas ganado el primer lugar. Pero creo que diste un muy buen espectáculo. Te vi muy segura."
—¿Por qué dije eso? —me pregunté, mientras me cubría la cara con las manos—. ¿"Te vi muy segura"? ¿Quién habla así?
—Fue honesto —dijo la emocional, con un tono que intentaba ser tranquilizador.
—Fue raro.
—Fue tú.
Y ella, bendita ella, había seguido el juego:
"Gracias 💫. La verdad es que sí estaba nerviosa. Pero cuando te vi a ti, como que me relajé."
Esa frase. Esa maldita frase. No podía sacármela de la cabeza. "Cuando te vi a ti, como que me relajé." ¿Qué se suponía que significaba eso? ¿Qué era real o solo amabilidad?
—Significa lo que tú quieras que signifique —dijo la emocional, con una sonrisa en la voz—. O significa lo que ella quiso decir. Que tu presencia le importa.
—O solo fue amable —respondió la racional, pero su voz se escuchaba casi como un susurro, como si ya no tuviera fuerzas para pelear.
Esa noche no pude dormir. No porque estuviera preocupado. No porque estuviera triste. Sino porque no podía dejar de pensar en ella. En su mensaje. En el corazón. En su mirada desde el escenario. Era como si cada pieza del rompecabezas que había estado armando finalmente estuviera encajando.
La emocional, que había estado callada desde el mensaje, por fin habló.
—¿Te das cuenta?
—¿De qué?
—De lo que está pasando.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. Te estás ilusionando.
—No digas eso.
—Es verdad. Y no tiene nada de malo. Es bonito.
Guardé silencio. Porque sabía que tenía razón. Me estaba ilusionando. Y no era cualquier ilusión. Era de esas que se sienten en el pecho, que no se pueden controlar, que te hacen flotar y hundir al mismo tiempo.
—¿Qué hago con esto? —pregunté, en voz baja, como si alguien más pudiera escucharme.
—No sé —respondió la emocional—. Pero no tengas miedo de sentir.
La racional no dijo nada. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que objetar.
Al día siguiente, en la cafetería, Emma me miró con una sonrisa de esas que ya me conocían demasiado.
—Buenos días —dijo, con un tono que no era solo un saludo.
—Buenos días.
—Te veo distinto.
—¿Sí?
—Sí. Más ligero, no sé. Como si hubieras dormido bien por primera vez en semanas.
—Algo así —respondí, y no pude evitar sonreír.
—¿Pasó algo? —preguntó, con una ceja levantada.
—Nada. Solo... el evento fue mejor de lo que esperaba.
—¿Ah, sí? ¿Y Lia? ¿Qué tal?
—Estuvo... increíble.
—¿Y te escribió?
—Sí.
—¿Y?
—Y no sé. Fue raro. Bonito. No sé.
Emma soltó una risa, negó con la cabeza y volvió a su tarea.
—Ya veo. Ya veo.
—¿Qué?
—Que te gusta. Y que te da miedo. Pero que te gusta.
No supe qué responder. Porque tenía razón. Me gustaba. Y me daba miedo. Pero sobre todo, me gustaba.
No dije nada más. Pero mientras preparaba el primer café de la mañana, no pude evitar sentir que algo había cambiado. Algo en el aire. Algo en mi pecho. Algo que no sabía si era bueno o malo, pero que, por primera vez, no me daba miedo sentir.
Y en ese momento, la emocional me susurró algo que se quedó grabado en mi mente:
—No es casualidad. No es casualidad que te haya visto. No es casualidad que te haya escrito. No es casualidad que te hayas ilusionado. Es real. Lo que sientes es real.
Y por una vez, no quise discutirlo.
Esa misma semana, me crucé con Tati en el pasillo. Iba con sus libros en la mano, el pelo recogido. Me saludó con una sonrisa. Yo le devolví el saludo, pero mi cabeza estaba en otro lado.
—¿Estás bien? —preguntó, notando mi mirada distraída.
—Sí, todo bien —dije, y mi voz sonó distante.
No insistió. Se despidió con un gesto y siguió su camino. No hubo más conversación. Solo un cruce breve.
Y aunque en otro momento quizás me habría detenido a hablar con ella, ahora no podía. Mi mente ya estaba en otro lugar.