Esa mañana me desperté con una energía que no recordaba tener.
No sé si fue el sueño, la euforia del evento o simplemente que algo en mi cabeza había hecho clic, pero el peso que solía sentir al abrir los ojos no estaba. El café supo mejor. El sol, aunque gris, no se veía tan apagado. Incluso el bus, con su gente de siempre, no me pareció tan pesado.
Llegué a la cafetería con una sonrisa que no pude disimular.
Emma, que ya estaba acomodando las tazas, me miró de arriba abajo, como quien revisa un inventario.
—Buenos días —dijo, alargando la segunda palabra más de lo necesario.
—Buenos días.
—Te ves raro.
—Me siento bien.
—Eso dije. Raro.
Seguí con lo mío, encendiendo las máquinas, sin darle mucha importancia. Pero Emma no soltó el tema. Dejó el trapo sobre la barra y se cruzó de brazos, con esa cara suya de quien ya sacó sus propias conclusiones y solo espera que uno las confirme.
—Es por Lia, ¿no?
—¿Por qué siempre asumes que es por ella?
—Porque desde el evento no dices su nombre, pero la nombras todo el tiempo. ¿Me explico? Hablas de "la presentación", de "el mensaje", de "lo que me escribió". Nunca dices su nombre. Es como si te diera miedo decirlo en voz alta.
Me quedé quieto un segundo, con la jarra de leche a medio camino.
—Está bien —dije, rindiéndome—. Tal vez me gusta un poco.
—¿Un poco? —repitió, con una risa corta—. Cambiaste hasta la forma de caminar hoy.
No respondí. No hacía falta. Emma volvió a su trabajo, pero antes de irse a la otra punta de la barra, agregó, ya sin la burla de antes:
—Solo digo que no le tengas miedo a lo que sientes. Eso es todo. No te voy a dar un sermón.
Y no lo dio. El resto de la mañana transcurrió normal, entre pedidos y silencios cortos, como si el tema ya hubiera quedado cerrado.
Esa tarde me tocó cerrar solo. Emma se fue temprano, y el local se quedó en ese silencio particular que tienen los espacios que durante el día están llenos de ruido: las sillas alzadas sobre las mesas, la luz de la calle entrando de costado, el zumbido bajo del refrigerador.
Estaba pasando el trapo por la barra, más por costumbre que por necesidad, cuando la puerta sonó.
—¿Todavía abierto? —preguntó Juli, asomando solo la cabeza.
—Para ti, siempre.
Entró y se sentó en una de las banquetas, sin pedir nada, como quien ya sabe que no vino por café.
—Pasaba por aquí y vi la luz —dijo—. Pero la verdad es que quería verte.
—¿Pasa algo?
—Nada malo. Al contrario.
Se quedó mirándome un momento, con esa expresión que solo le había visto un par de veces en años de conocernos: la de alguien que está a punto de decir algo importante y todavía está decidiendo cómo empezar.
—Te conozco desde hace mucho —dijo finalmente—. Y hay una cosa que casi nunca haces: sonreír sin razón aparente. Y estos días cuando asistías a las clases, sonreías sin razón aparente.
—Tal vez estaba de buen humor.
—Tal vez. O tal vez es por lo mismo que traes a medio curso comentando.
—¿Enserio?
—No perdón, exagere un poco. Pero sí, la gente habla. Dicen que Lia y tú se traen algo.
Sentí que algo se me apretaba en el pecho, mezcla de vergüenza y algo parecido a la emoción.
—Eso no lo sabía.
—Ya sé que no. Por eso te lo digo yo, y no otra persona con menos filtro.
Nos quedamos un momento en silencio. Afuera pasó un bus, y su luz se coló un segundo por la ventana antes de perderse calle abajo.
—No te estoy diciendo que hagas nada con eso —agregó Juli, más despacio—. Solo que dejes de actuar como si nadie se diera cuenta. Porque eres alguien muy evidente. Si yo me doy cuenta y creo que en el fondo, también.
—Es más fácil quedarse callado.
—Lo sé. Pero callado te vas a quedar con la duda. Y tú odias las dudas más que nadie que conozco.
Ahí tenía razón, y los dos lo sabíamos.
Juli se fue poco después, con un abrazo rápido y la promesa de un mensaje al día siguiente que probablemente no llegaría antes de la tarde. Cerré el local, apagué las luces y caminé hasta la parada con las palabras de Emma y las de Juli mezclándose en mi cabeza, no porque dijeran lo mismo, sino porque, sin ponerse de acuerdo, habían llegado al mismo lugar.
—¿Ves? —dijo la emocional, en voz baja—. No soy la única que lo piensa.
—Ya lo sé —respondí.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé —admití—. Tal vez no tenga que hacer nada. Tal vez solo tenga que dejar que las cosas pasen.
El Juez, que no había dicho nada en todo el día, dejó escapar un suspiro breve:
—Hay momentos en los que lo único que puedes hacer es confiar en lo que ves.
Y esa noche, por primera vez, sentí que tal vez podía hacerlo.