Pasaron los días. El evento de Lia quedó atrás, pero la imagen de ella en el escenario seguía grabada en mi mente. Cada vez que la veía en clase, recordaba esa luz, esa voz, esa seguridad. Era difícil no mirarla de otra manera después de eso.
Un sábado, Juli me escribió:
—Oye, ¿quieres salir con nosotras mañana? Vamos a un mirador a las afueras. Tati y yo.
—¿A qué hora?
—Temprano. Lleva algo de abrigo.
Acepté sin pensarlo mucho. Al día siguiente, nos encontramos en la parada del bus. Tati llevaba una chaqueta y una bufanda que le cubría hasta la mitad del rostro. Juli, como siempre, sonreía como si supiera algo que yo no.
El camino fue largo, pero el paisaje valió la pena. Cuando llegamos, el viento era fuerte. Juli se adelantó para tomar fotos. Tati y yo caminábamos más atrás, en silencio.
De vez en cuando soltábamos algún comentario suelto —que cómo había estado, que qué había hecho esa semana—, nada muy relevante, lo suficiente para no sentirnos incómodos con los silencios que se formaban entre una frase y otra. Pero llegados a un punto, el camino se puso más empedrado y resbaladizo.
—Aquí sí creo que deberías tomarme del brazo —le dije, en son de broma—, porque si no, me voy a perder.
Ella dudó un segundo, pero enseguida, con una sonrisa de malicia, pasó su mano por mi brazo, sosteniéndose con cierta cautela, como si todavía estuviera decidiendo cuánto peso apoyar. La sentí tensa al principio. Pero no se soltó hasta que llegamos a la cima.
Me quedé en silencio, sin saber muy bien cómo reaccionar. Por un lado lo había dicho en broma; por otro, mi mente se quedó en blanco en cuanto sentí su brazo enredado en el mío. Caminamos así un buen tramo, entrelazados, sin decir nada más al respecto, hasta que Juli, que ya nos llevaba varios metros de ventaja, se dio la vuelta desde una pequeña loma y nos vio.
—Ay, no me digan que ya andan agarraditos del brazo —nos gritó, con una sonrisa que se le veía hasta desde ahí.
—Cállate, Juli —respondió Tati, pero a pesar de eso no soltó mi brazo, y se quedó a mi lado el resto de la subida.
Mi cabeza se sentía como si estuviera en las nubes. No exactamente por las nubes del mirador, que ahí arriba casi se podían tocar con la mano, sino por lo cálido que se sentía tenerla tan cerca, en silencio, sin necesidad de que nada de eso significara algo todavía.
Nos quedamos un rato en la cima, admirando el paisaje. La ciudad se extendía abajo, pequeña y gris entre el verde de los cerros, con el sol filtrándose a ratos entre las nubes bajas y encendiendo por segundos algún techo o alguna calle, como si alguien estuviera probando un interruptor a lo lejos. El viento seguía fuerte, pero yo apenas lo sentía.
Se me ocurrió una idea. Le sugerí a Tati que se pusiera frente a mí, mirando hacia la ciudad, y mientras la veía a ella en vez del paisaje, decidí decirle, en un tono juguetón:
—Mmmm... no. Tú eres mucho más bella.
Ella se quedó impactada, avergonzada, sin saber muy bien qué decir. Se le escapó una risa nerviosa antes de lograr recomponerse.
—Ay, tú solo me quieres ver ruborizada —dijo finalmente, aunque no apartó la mirada.
—Tal vez —admití, encogiéndome de hombros—. Pero eso no lo hace menos verdad.
Me reí, no por malicia, sino por la complicidad rara que se había instalado entre los dos. Juli, que veía toda la escena desde unos pasos más allá, decidió no meterse esta vez. Solo se quedó mirándome con una sonrisa que decía más de lo que cualquier comentario suyo hubiera dicho.
Esa noche, ya en mi departamento, la voz emocional no dejaba de repasar la escena.
—El brazo. La cima. Lo que le dijiste sobre el paisaje. ¿Te das cuenta de lo que fue eso?
—Fue una broma —respondió la racional, aunque sin su firmeza habitual—. Un halago cualquiera.
—No sonó a cualquiera.
—No sé qué fue —admití yo, cortando la discusión—. Pero se sintió distinto a todo lo demás.
El Juez, que había subido con nosotros a esa loma sin decir una sola palabra, se limitó a observar en silencio, como si supiera que todavía no había nada que juzgar. Solo algo que, poco a poco, empezaba a tomar forma.
Entonces, en medio del silencio, escuché su voz.
No fue un susurro como otras veces. Fue clara, firme, como si hubiera estado esperando el momento exacto para hablar.
—Sabes... no necesitas saber qué es para vivirlo.