El arte del ruido interno

Capítulo 13 — El evento, después

Los días que siguieron al mirador tuvieron un color distinto. No sabría explicarlo mejor que así: como si alguien hubiera subido un poco el brillo de todo sin que yo se lo pidiera.

Con Lia, mientras tanto, las cosas seguían su propio ritmo. Un ritmo que yo no controlaba y que, sospecho ahora, tampoco controlaba ella.

—Oye, gracias de nuevo por lo del evento —me escribió un día, de la nada—. Nadie más me dijo algo tan bonito como lo que me pusiste.

Leí el mensaje sentado en la parada del bus, con la mochila entre las piernas.

—Nadie más —repitió la voz emocional, saboreando la frase como si fuera un caramelo—. ¿Escuchaste eso? Nadie más.

—Puede que los demás no le hayan escrito nada —dijo la racional—. No significa que la tuya fue especial. Solo que fuiste el único que se tomó la molestia.

—O la única persona a la que ella quería escucharle eso.

—Estás edificando un castillo con un solo ladrillo.

Le respondí a Lia con algo casual, quitándole peso al comentario, aunque por dentro no le estuviera quitando nada. Ella contestó con un "jajaja no sé qué haría sin ti, en serio" y ahí quedó la conversación, otra vez, en el aire, como tantas otras.

Y de hecho mi propia mente empezó a notar un patrón que no quería nombrar todavía: los días que ella me escribía primero, yo flotaba. Los días que no, revisaba el teléfono cada quince minutos sin admitir que lo estaba haciendo.

Unos días después, mientras revisaba el avance del trabajo grupal de Matemática Financiera, noté que la parte de Lia todavía no estaba subida a la carpeta compartida. Faltaban solo dos días para la entrega.

Le escribí, tratando de que no sonara a reclamo.

—Oye, ¿todo bien? Vi que todavía no subes tu parte. ¿Necesitas que te ayude en algo?

Tardó unas horas en responder. Cuando lo hizo, el tono era distinto al de sus mensajes de siempre, sin los signos de exclamación, sin ese desorden alegre que solía tener.

—Perdón, he estado mal estos días. Días pesados, la verdad. Pero tranquilo, sí voy a entregar mi parte.

No supe bien qué decir. Sentí, por primera vez en semanas, que el impulso de analizar el mensaje se apagaba, y en su lugar solo quedaba la preocupación simple de alguien a quien le importa otra persona.

—No te preocupes por eso ahora. Si necesitas que adelante algo de tu parte, dímelo y lo hago sin problema.

—Gracias, en serio. Pero puedo con esto —respondió—. Ya sabes cómo es esto de los exámenes, se viene una semana pesada y ahora se me juntó todo.

Le dije que cualquier cosa contara conmigo. Ella respondió con un simple "lo sé", sin nada más detrás. No hubo halago esta vez, ni ninguna frase que analizar. Solo dos respuestas directas, cansadas, de alguien que evidentemente tenía la cabeza en otro lado.

—¿Viste eso? —preguntó la racional, casi sorprendida de sí misma—. No hay nada que sobre analizar aquí. Solo alguien pasando un mal momento.

—Lo sé —respondí—. Y por una vez, se sintió bien no tener que descifrar nada.

El Juez, esa semana, apareció una sola vez. Fue un martes, mientras yo estaba tirado en la cama mirando el techo, con el teléfono bocabajo sobre el pecho.

—¿Qué? —le pregunté, casi desafiante, porque sabía que estaba ahí.

No respondió. Solo se quedó, como una presencia que pesa sin decir nada, y después de un rato se fue.




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