El arte del ruido interno

Capítulo 14 — La confidente

Una tarde tranquila, de esas con pocos clientes, Emma se apoyó en el mostrador con esa expresión suya de querer sonsacarme algo.

—¿Y esa cara? —preguntó—. Llevas toda la tarde revisando el teléfono como si esperaras una bomba o un mensaje de amor.

—No espero nada.

—Mentira. Cuéntame.

No sé por qué se lo conté. Tal vez porque no era parte de mi universidad, ni conocía a nadie de ahí, ni tenía nada que perder contándoselo a alguien completamente ajeno al asunto. Le hablé de Lia. Del evento, de lo que le escribí esa noche, de su "nadie más me dijo algo tan bonito como lo que me pusiste".

—Espera, espera —dijo Emma, dejando el trapo con el que limpiaba—. ¿Y ella qué te dice a ti? ¿Te busca, o solo contesta cuando le escribes?

—Las dos cosas. A veces me escribe primero.

—¿Y cuando te escribe primero, es por algo puntual o porque sí?

—Porque sí, casi siempre.

Emma se quedó pensando, con una seriedad que no le conocía todavía.

—Interesante —dijo, más para sí misma que para mí.

—¿Qué es interesante?

—Nada. Sigue contándome.

No fue lo único que le conté esa tarde. Seguí hablando, casi sin que me lo pidiera: que tiempo después del evento había salido de caminata a un mirador con Juli y con otra compañera, Tati. Le conté del camino empedrado, de que le había ofrecido el brazo para subir, del comentario que le hice sobre el paisaje.

Emma dejó de acomodar sillas por completo. Se quedó con una a medio subir a la mesa, mirándome.

—Espera, espera,—dijo—. ¿Le dijiste que ella era más bella que la vista? ¿Y ella qué te contestó?

—Que solo la quería ver ruborizada.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que tal vez. Pero que eso no lo hacía menos verdad.

Algo en la cara de Emma cambió. La sonrisa burlona que solía tener lista para cualquier cosa se suavizó, y por un segundo pareció genuinamente conmovida, como si la escena se le hubiera aparecido completa en la cabeza.

—Eso es bonito —dijo, en voz más baja de lo normal—. En serio.

—¿Y eso? ¿Cómo así no te estas burlándote?

—A veces también sé ser una persona normal, ¿sabes? —respondió, aunque la broma no le salió del todo, como si algo se le hubiera quedado atravesado.

Se quedó callada un momento, con la mirada perdida hacia la ventana.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí, sí. Es solo que... no sé, me acordé de algo —dijo, y sacudió la cabeza, como si quisiera espantar el pensamiento—. No importa. Sigue contándome.

—Con la otra —retomó, ya más recompuesta— todo lo que me cuentas suena a que ella te mantiene adivinando. Esto suena a otra cosa.

—¿A qué?

—No sé todavía. Pero no suena igual.

No insistió más en eso. Volvió a las sillas, aunque esta vez con menos energía que antes, y yo me quedé pensando en que Emma, sin proponérselo, acababa de nombrar algo que yo llevaba semanas sintiendo sin ponerle palabras.

Esa creo que fue la primera de muchas tardes así. Yo hablaba, ella escuchaba, y de vez en cuando soltaba una pregunta que no se me habría ocurrido hacerme a mí mismo. No opinaba todavía. Solo escuchaba y guardaba, como quien junta piezas sin apurarse a armar el rompecabezas.

Con Tati, mientras tanto, las cosas seguían un curso distinto. Después del mirador, empezamos a hacer videollamadas con Juli casi cada dos o tres días, al principio con la excusa de algún trabajo pendiente, después sin excusa ninguna.

Eran llamadas largas, de esas que empezaban hablando de un profesor y terminaban horas después sin que nadie se diera cuenta de por dónde se había ido el tiempo. Juli, como siempre, llevaba la mitad de la conversación con anécdotas absurdas de su infancia. Pero poco a poco, entre risa y risa, Tati también empezó a soltar cosas suyas.

Una noche contó, casi sin darle importancia, que de chica había sido pésima para los deportes y que un profesor de educación física la había hecho llorar en frente de todo el curso por no poder hacer una vuelta de campana.

—Desde entonces le tengo terror a las clases de gimnasia —dijo, riéndose de sí misma—. Todavía sueño con eso, a veces.

—Yo igual tengo una de esas —confesé, animado por su honestidad—. En la primaria me tocó leer un poema en un acto y se me olvidó todo a mitad de camino. Me quedé ahí, parado, en silencio, como diez segundos que se sintieron una hora.

—¿Y qué hiciste?

—Nada. Me quedé mirando al público hasta que la profesora me susurró la siguiente línea desde el costado.

Tati se rió con ganas, de esa risa completa que ya le había visto una vez y que cada vez me gustaba encontrar más seguido.

—Eso es peor que lo mío.

—No sé, lo tuyo con el profesor de gimnasia también es bastante trágico.

—Trágico, sí. Trágico y con público.

Juli, de fondo, se reía sin parar, feliz de haber logrado, sin proponérselo del todo, que los dos termináramos contándonos cosas que probablemente no le habíamos contado a mucha gente más. No eran confesiones grandes. Eran solo anécdotas pequeñas, vergonzosas, humanas. Pero cada una que soltábamos se sentía como una piedra menos en el bolsillo de cada uno, y como un paso más hacia un terreno donde ya no hacía falta cuidar tanto lo que se decía.




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