El arte del ruido interno

Capítulo 15 — El guion

Hay noches que se dividen en dos: la parte en la que uno intenta dormir, y la parte en la que uno se rinde y acepta que no va a dormir.

Esa noche fue de las segundas. Pero fue distinta a las otras.

Todo empezó con un detalle mínimo: Lia había reaccionado con un corazón a una historia mía. Nada más. Un corazón, en una foto de un atardecer que subí sin pensar demasiado.

Me quedé mirando el techo.

—Un corazón —dijo la emocional, incorporándose de golpe—. Mañana te va a escribir. Lo sé.

—No lo sabes —respondió la racional, todavía con calma, todavía confiada en que esto sería como cualquier otra noche—. Es un emoji. No es una premonición.

—Da igual. Hay que estar listo.

—¿Listo para qué?

—Para lo que sea que pase.

Y así, sin que yo se lo pidiera, la emocional empezó a construir un mapa completo de posibilidades.

—Si te escribe primero, algo simple, tipo "hola, ¿qué haces?", tú no respondes de inmediato. Esperas unos minutos, para no parecer ansioso. Después le dices que estabas en la universidad, aunque sea mentira, y le preguntas qué tal el día. Si ella dice que aburrido, tú le ofreces distraerla con algo, una broma, lo que sea. Si dice que bien, tú le sigues el juego y le preguntas qué hizo de bien.

—Esto es ridículo —interrumpió la racional—. Estás armando un árbol de decisiones para una conversación de WhatsApp.

—No es ridículo, es preparación. ¿Y si no te escribe? También hay que tener un plan. Si no te escribe antes de las nueve, tú le escribes algo casual, no directo, algo que le dé pie a contestar sin que se sienta que la estás persiguiendo. Algo como mandarle una foto de algo gracioso que viste, sin comentario, solo la foto. Así, si quiere, responde. Si no quiere, no queda raro.

—¿Y si de verdad no responde nada?

—Entonces esperas al día siguiente y ahí sí le preguntas directo si está todo bien, con un tono preocupado pero no exagerado.

La racional intentó cortar por otro lado.

—¿Te estás escuchando? Estás planeando una conversación completa, con ramas para cada posible respuesta, como si fuera un examen. Las personas no funcionan así. Ella no va a seguir tu guion.

—Por eso hay que tener varios —respondió la emocional, sin inmutarse—. Uno para cada escenario. Bueno, malo, y el de en medio.

—¿El de en medio?

—El de en medio es el peor. Es cuando no pasa nada ni bueno ni malo, y tienes que decidir tú si empujas la conversación hacia algún lado o la dejas morir. Ahí es donde más se necesita un plan, porque ahí es donde uno mete la pata.

Tenía que admitir que, dicho así, sonaba casi razonable. Ese era el problema con la emocional: nunca argumentaba mal. Solo argumentaba con el objetivo equivocado.

—Pensemos en el evento —siguió, ya lanzada, sin darle tregua a nadie—. Ese día no tenías ningún plan y mira cómo salió. Imagínate si hubieras tenido uno. Si en vez de quedarte mudo mirándola desde el público hubieras sabido exactamente qué decirle al final, en vez de mandarle un mensaje esa noche como quien tira una botella al mar.

—El mensaje funcionó —dijo la racional, a la defensiva, aunque no sabía bien por qué defendía algo que ella misma había considerado un error semanas atrás.

—Funcionó de casualidad. La próxima vez no quiero dejarlo a la casualidad.

—No existe "la próxima vez" todavía. Estás planeando una situación que ni siquiera sabes si va a pasar.

—Por eso hay que estar preparado para cuando pase.

Di vueltas en la cama, ya sin fingir que intentaba dormir. La emocional seguía construyendo, capa sobre capa: qué decir si la veía en la cafetería de la universidad, qué decir si coincidían en el bus, qué decir si ella sacaba el tema del evento otra vez, qué decir si no lo sacaba y había que decidir si mencionarlo o dejarlo pasar. Cada escenario tenía su propio guion, con su propio tono, sus propias palabras exactas, como si estuviera memorizando un libreto para una obra que todavía no tenía fecha de estreno.

—Para —dijo finalmente la racional, y por primera vez en toda la noche sonó cansada, no firme—. En serio, para. Ni siquiera vas a poder seguir ninguno de estos guiones. En el momento se te va a olvidar todo y vas a decir lo primero que se te ocurra, como siempre.

—Entonces al menos que lo primero que se me ocurra esté basado en algo pensado, y no en el pánico.

No tuve una respuesta para eso. Y creo que la racional tampoco, porque se quedó callada un buen rato, como si estuviera reevaluando sus propios argumentos y no encontrara ninguno lo bastante fuerte.

El Juez no dijo nada en toda la noche. Ni una palabra, ni un suspiro, nada. Solo cuando por fin sentí que el sueño empezaba a ganarme, con la cabeza todavía llena de frases que probablemente nunca iba a usar, lo escuché, muy bajo, casi como si no quisiera que lo oyera del todo:

—Un guion no sirve de nada si la otra persona no sabe que está actuando en tu obra.

Me dormí sin saber si esa frase era una advertencia o solo una observación. Y con la sensación, otra vez, de haber pasado la noche entera armando algo que probablemente jamás iba a necesitar.




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