El arte del ruido interno

Capítulo 16 — El alejamiento

Para mi ese maldito mendigo día, Juli me agarró aparte para una conversación más privada, lejos del resto del grupo que seguía discutiendo sobre un trabajo pendiente.

—Oye, ven un momento —me dijo, jalándome del brazo hacia una esquina del patio, con una seriedad que no era la suya habitual.

—¿Qué pasa?

—Es sobre Tati.

Sentí que algo se me apretaba en el estómago, esa mezcla de curiosidad y miedo que ya empezaba a reconocer cada vez que alguien mencionaba su nombre en ese tono.

—Anda rara últimamente —siguió Juli, bajando la voz, aunque no había nadie cerca que pudiera escucharnos—. No sé bien qué le pasó, no me quiso contar los detalles. Pero me dijo algo, hace un par de días, que se me quedó dando vueltas.

—¿Qué te dijo?

—Que ahora mismo no está para nada con nadie. Y me lo dijo mirándome fijo, como si en realidad quisiera que yo se lo transmitiera a alguien más.

—¿A mí?

—No dijo tu nombre. Pero no hacía falta que lo dijera.

Nos quedamos un momento en silencio, ella esperando mi reacción, yo tratando de que no se me notara demasiado el golpe.

—Está bien —dije finalmente, aunque no estaba nada bien—. Gracias por decírmelo.

—No te lo digo para que sufras. Te lo digo porque prefiero que lo sepas de mí, y no que te des cuenta solo, con el tiempo, de una forma más fea.

Juli se fue de vuelta al grupo, y yo me quedé un momento más en esa esquina del patio, procesando.

No hizo falta que fuera más clara. Entendí el mensaje entero en esa sola frase, sin necesidad de que nadie me lo tradujera dos veces. Y sin embargo, los días siguientes fueron un ejercicio raro de desaprender algo que ni siquiera sabía que había aprendido tan bien.

Dejé de inventar preguntas después de clase solo para que la conversación durara un poco más. Cuando coincidíamos, la trataba con la misma cordialidad de siempre —un saludo, una sonrisa, algún comentario sobre el trabajo grupal— pero ya no alargaba nada. Cortaba justo donde antes hubiera seguido.

Lo que no esperaba era lo mucho que me iba a pesar.

—Con Lia, cuando me alejo, es un alivio —le dije a la racional, una noche, tratando de entender por qué esta vez se sentía tan distinto—. Es como sacarme un peso de encima. Con Tati es como quedarme sin algo que ni siquiera sabía que tenía hasta que ya no lo tuve.

—Tal vez porque con ella no había que fingir nada —respondió la racional, sin su tono habitual de corrección seca—. No había que armar teorías, ni descifrar mensajes, ni preguntarte si lo que decía significaba algo más. Y eso, sin que te dieras cuenta, se había vuelto necesario. Una especie de descanso.

—¿Y ahora?

—Ahora tienes que aprender a descansar solo. O encontrar otro lugar donde hacerlo.

La emocional no dijo nada. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ganas de pelear por nadie, ni de construir hipótesis, ni de buscarle una salida optimista al asunto. Solo se quedó ahí, callada, sosteniendo el peso de algo que recién estaba empezando a nombrarse.

El Juez, esa noche, tampoco habló. Pero se quedó más tiempo del habitual, como si esta vez el silencio necesitara compañía.




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