El arte del ruido interno

Capítulo 17 — El supletorio

Estos días no fueron como esperaba. Era como si el semestre quisiera recordarme que ciertas cosas se repiten si uno las presta atención suficiente; y en esta ocasión no se si fue por mala suerte o por pura vaguería de mi parte si soy honesto, terminé de nuevo en supletorio. Esta vez fue Cálculo. Y, por esas casualidades que ya no sabía si llamar casualidades o simple estadística de dos personas que nunca fueron buenas con los números, resultó que Lia también tuvo el mismo problema.

En una de las clases teníamos unos minutos huecos, esos pequeños lapsos de tiempo en los que ningún profesor llegaba todavía. Fue en uno de esos minutos que se acercó y me dijo, casi riéndose:

—Otra vez tú y yo peleando con una materia.

—Parece que es nuestro destino. Tú y yo, contra las matemáticas, para siempre.

—Qué destino tan poco romántico.

Me reí, sin darle más vueltas al comentario, aunque una parte de mí, la de siempre, quiso guardarlo en algún cajón para revisarlo después.

Estudiamos un par de tardes en la biblioteca, con los cuadernos abiertos y el café enfriándose entre ejercicio y ejercicio. Pronto quedó claro que solos no íbamos a alcanzar el nivel que pedía el examen: había temas enteros que ninguno de los dos había entendido bien la primera vez, y repasarlos entre nosotros solo confirmaba que ambos estábamos igual de perdidos.

—Esto no va a funcionar así —dijo Lia, cerrando el cuaderno de golpe, casi rindiéndose—. Necesitamos ayuda de verdad.

Consiguió el contacto de una profesora que daba clases particulares los fines de semana, y terminamos las dos semanas siguientes yendo juntos a sus sesiones, cuaderno tras cuaderno, ejercicio tras ejercicio, hasta que los números empezaron, muy de a poco, a tener sentido.

Por otro lado en mi trabajo Dani, mi jefa había llegado hace tiempo de su viaje pero notó casi de inmediato algo diferente en mí.

—Andas como ido —me dijo un día, apoyada en el mostrador, mientras yo limpiaba una mesa por tercera vez sin que lo necesitara—. Desde hace semanas. ¿Es por lo de la chica esa, la más joven? La callada.

No le pregunté cómo sabía. Dani siempre sabía esas cosas, como si tuviera un radar especial para detectar cuándo alguien traía algo pegado por dentro.

—Algo así —admití, sin dar más detalles.

—¿Se pelearon?

—No exactamente. Ella necesita espacio, creo. Y yo se lo estoy dando, aunque me esté costando más de lo que pensé.

Dani asintió, sin insistir más, aunque me miró con esa expresión suya de quien entiende perfectamente sin necesitar que le expliquen todo.

—Bueno, cuando quieras hablar, aquí ando —dijo, dándome un golpecito en el hombro al pasar—. Aunque sea para servirte café gratis mientras te desahogas. Con Emma también, si prefieres. Ella siempre tiene consejos, aunque a veces sean consejos raros.

Sonreí, sin muchas ganas, pero fue suficiente para sentirme un poco menos solo con todo lo que llevaba cargando esas semanas.




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