Bueno y aquí vamos de nuevo un jueves, después de comer algo rápido en un puesto de la calle, salí hacia la universidad sin revisar el clima. Fue un error que pagué caro: a medio camino, sin ningún aviso, el cielo se abrió y empezó a llover como no recordaba que lloviera en meses.
No tenía paraguas. No tenía chaqueta impermeable. Lo único que salvé fue una bufanda vieja que llevaba guardada en el fondo de la mochila, sin razón particular, y que me até al cuello más por instinto que por cualquier cálculo.
Llegué al aula empapado de pies a cabeza, el pelo pegado a la frente, los zapatos chapoteando con cada paso, salvo por esa franja seca alrededor del cuello que la bufanda había logrado salvar.
Lia ya estaba ahí, sentada en su lugar de siempre, y en cuanto la vi supe que algo no andaba bien. Tenía la nariz roja, la voz tomada, esa palidez particular de quien está peleando contra una gripe y, por el momento, perdiendo la pelea.
—Estás enferma.
—Un poco —dijo, con una sonrisa débil—. No es nada. Igual vine, no me quería perder la clase con lo cerca que está el examen.
—¿Tomaste algo?
—Un té en la mañana. Nada más.
Antes de que empezara la sesión, me escapé a una tienda cercana, todavía chorreando agua, y volví con una bolsa de caramelos, de esos que ayudan con la garganta irritada. Se los di sin mucha ceremonia, dejándolos caer sobre su cuaderno.
—Toma. Para que aguantes la clase sin toser cada dos minutos.
Ella miró la bolsa, después me miró a mí, con una expresión que mezclaba sorpresa y algo más cálido.
—Con lo empapado que vienes, y todavía te preocupas por mí.
—Es lo mínimo.
Nos sentamos juntos, como ya se había vuelto costumbre. La clase, otra vez, se extendió mucho más de lo previsto: la profesora se enredó con un par de ejercicios que nadie entendía, y lo que iba a durar una hora terminó durando casi tres.
Al salir de la facultad nos golpeó un frío distinto al de la lluvia de la tarde, uno de esos que se sienten filosos, que se meten hasta los huesos sin pedir permiso. Lia caminaba a mi lado, envuelta en su propia chaqueta, que claramente no alcanzaba para protegerla de esa temperatura.
Sin ninguna razón ni motivo en particular, me quité la bufanda, todavía un poco húmeda por fuera pero tibia por dentro, y se la puse sin pensarlo demasiado, con el mismo gesto casual con el que hubiera hecho cualquier otra cosa parecida.
—Ten. Para que no te enfermes más.
Ella se quedó un segundo sorprendida, como si no esperara el gesto.
—Pero tú te vas a congelar.
—Ya estoy acostumbrado al frío de esta noche, no se nota mucho la diferencia.
Caminamos así hasta la parada, ella con la bufanda puesta, yo con el cuello descubierto y el frío calándome de a poco. Cuando llegó su bus, se la empezó a quitar.
—Toma, te la devuelvo, ya casi llega mi bus.
—No, tranqui —le dije, para que no siguiera—. No quiero que te enfermes más.
—¿Seguro?
—Si tranqui, iras con cuidado.
Y emergiendo de la oscuridad salió hablando de forma discreta esa vos que la conozco bien…
De hecho, fue un gesto bonito el que tuviste con ella —dijo la emocional
—. Cuidarla así, sin pedir nada a cambio.
—Lo fue —respondió la racional, y por una vez no hubo discusión entre las dos, solo esa rara coincidencia de estar de acuerdo en algo tan simple.
Se la quedó puesta el resto del camino. Hablamos de cosas normales: la clase, el examen, las ganas de que todo terminara. Nunca me la devolvió. Ni la mencionó. Y yo, con el tiempo, tampoco supe cómo pedírsela. No porque me diera vergüenza, sino porque, sin que ella lo supiera, esa prenda ya significaba algo que no cabía en una devolución.