El arte del ruido interno

Capítulo 19 — Lo que asumen

El examen había terminado hacía veinte minutos. La mayoría de los estudiantes ya se habían ido, algunos con cara de alivio, otros con la mirada perdida de quien sabe que no le fue bien. Yo estaba en el grupo de los segundos, pero no podía saberlo con certeza todavía.

Bajé las escaleras del edificio con las manos en los bolsillos, sintiendo el peso de la mañana en los hombros. El sol pegaba fuerte en el patio, y la gente se agrupaba en pequeños círculos, comentando las preguntas del examen, comparando respuestas, haciendo la matemática mental de lo que podrían haber sacado.

No buscaba a nadie en particular. O tal vez sí. Pero no quería admitirlo.

Me detuve cerca de la fuente, justo donde a veces nos sentábamos con Juli y Tati. Estaba revisando el teléfono, distraído, cuando escuché pasos acercarse. Alcé la vista, y por un segundo, mi corazón dio un salto.

No era ella. Era una amiga de Lia. La reconocí de vista, de esas veces que las veía juntas en el pasillo o en la cafetería. Me saludó con un gesto casual, como si también estuviera esperando a alguien.

—¿Todo bien? —pregunté, sin mucho más que ofrecer.

—Sí, esperando a una amiga —respondió, y luego hizo una pausa, como si estuviera decidiendo si decir lo siguiente—. ¿Tú también?

—No, solo bajaba.

Hubo un silencio breve. Ella me miró con una expresión que no supe leer del todo. No era incomodidad, pero tampoco era indiferencia. Era como si estuviera evaluando algo.

—Oye —dijo, después de un momento—. ¿Puedo preguntarte algo directo?

—Dime.

—¿Por qué no le dices lo que sientes?

La pregunta me tomó por sorpresa, aunque en el fondo sabía que en algún momento alguien la haría.

—No sé —respondí, con una honestidad que no había planeado—. Creo que ella se merece algo mejor.

Ella me miró un segundo, como si estuviera procesando lo que acababa de escuchar.

—Eso es lo más triste que he escuchado en semanas —dijo, negando con la cabeza—. Ustedes siempre asumen las cosas antes del resultado. Deciden solitos que no son suficientes, sin darle a la otra persona la oportunidad de decidir por sí misma.

No supe qué decir. La frase se quedó ahí, incómoda, mucho más precisa de lo que hubiera querido admitir.

—No es por ti —añadió, con un tono un poco más suave—. Es que he visto lo mismo pasar muchas veces. Y siempre termina igual: la otra persona ni siquiera se entera de que había algo que decidir.

Se despidió con un gesto y se fue hacia la entrada del edificio, dejándome ahí, con las manos en los bolsillos y la cabeza dando vueltas.

Esa noche, la racional retomó la frase, casi de mala gana.

—Tiene razón, ¿sabes? —dijo—. Llevas meses decidiendo por los dos. Decidiendo que no eres suficiente, decidiendo que ella merece más, decidiendo el final antes de que la historia siquiera empiece.

—¿Y qué querías que hiciera?

—No lo sé —admitió, algo que casi nunca hacía—. Pero al menos, deja de fingir que la decisión fue de ella.




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