Para mi buena suerte habiamos aprobamos el supletorio, los dos y para celebrarlo, Lia organizó una comida con un grupo de conocidos suyos y míos, mezclados sin mucho criterio, como suele pasar en esas reuniones que nadie planea del todo y terminan siendo más grandes de lo esperado.
Nos sentamos en una mesa larga, entre risas ajenas y platos que iban y venían, y en algún momento de la tarde Lia empezó a hablar de viajes que había hecho: una playa en el sur, una ciudad en la sierra que la había dejado sin palabras, planes de volver algún día a un pueblo pequeño donde había pasado unas vacaciones de niña.
Habló con ese entusiasmo suyo que contagiaba a cualquiera, y yo, sin poder evitarlo, empecé otra vez a imaginarme dentro de esa vida. En esos viajes. En esa versión de futuro que ella describía sin saber que yo, en algún rincón de mi cabeza, ya la estaba construyendo pieza por pieza.
—Deberíamos ir todos juntos algún día a ese pueblo que dices —comentó alguien de la mesa, medio en broma.
—Sí, ya quisiera —respondió Lia, riéndose—. Aunque sea con la mitad de la gente que está aquí.
La emocional, esa noche, se aferró a esa frase con la misma fuerza de siempre.
—¿Escuchaste? Quiere ir. Con nosotros, probablemente.
—Con "todos" —corrigió la racional, ya cansada—. No contigo específicamente.
Llegaron las vacaciones poco después. Y con ellas, la idea fija de volver a verla, de proponerle algo antes de que el semestre nos volviera a separar en horarios distintos.
Pasé días dándome ánimos, buscando consuelo en Dani, en Emma, en cualquiera que me dijera que valía la pena intentarlo una vez más.
—Invítala —me dijo Emma, un mediodía, ya cansada de escucharme dar vueltas sobre lo mismo—. Ya, de una vez. Deja de ensayarlo en tu cabeza cincuenta veces y solo hazlo. Lo peor que puede pasar es que te diga que no.
—¿Y si me dice que no?
—Entonces al menos ya no vas a tener que preguntártelo.
Y lo hice. Le escribí, invitándola a un plan, solo los dos, sin excusa de trabajo grupal ni de materia pendiente de por medio. Un mensaje corto, directo, que revisé tres veces antes de enviarlo.
Mensaje entregado.
Los días pasaron sin respuesta. Uno, dos, tres. Revisé el teléfono más veces de las que quería admitir, buscando ese doble check que no llegaba a convertirse en nada más.
La respuesta llegó, por fin, casi una semana después.
—Perdóname la vida, es que me fui de viaje con mi familia, se me pasó contestarte, ando desconectada de todo.
Leí el mensaje varias veces, buscando algo que aliviara el golpe y no encontrando nada que lo hiciera.
—Puede ser verdad —dijo la racional, sin mucha convicción—. La gente se desconecta.
—Una semana entera sin ni siquiera un "ahora te contesto" —respondió la emocional, con una tristeza nueva, distinta a la ansiedad de otras veces—. Eso no es desconexión. Es que simplemente no fuiste prioridad.
Esa noche no hubo debate largo entre las voces. Solo una decepción tranquila, la primera que sentí completamente sin ilusión disfrazándola por dentro. Algo, por fin, había empezado a caer de verdad.