Y bueno, aquí vamos de nuevo. Un nuevo semestre. Y con él, la volví a ver, casi como si el destino insistiera en cruzarnos cada cierto tiempo para comprobar si algo había cambiado.
Pero esta vez no estoy seguro de qué me pasó. La miré distinto. En lo personal, no sé qué fue lo que me pasó. Creo que el pensar en ese pequeño acto de no haberme respondido me impactó más de lo que debía, y hasta cierto punto entendí que ya no sentía la urgencia de antes, esa necesidad de descifrar cada gesto. En cambio, la veía con una especie de distancia tranquila que me permitió notar cosas que antes se me escapaban por completo.
Lo distintos que eran nuestros planes ideales de un sábado: ella pensando en salir, en grupo, en ruido; yo pensando en quedarme leyendo algo, o en una caminata tranquila con poca gente.
Lo distinto que era su ritmo del mío: ella siempre corriendo de un plan a otro, yo prefiriendo que las cosas se tomaran su tiempo.
Lo poco que, en el fondo, encajábamos fuera de los mensajes bonitos y las coincidencias que alguna vez me habían parecido señales.
Y pensar que yo mismo estuve considerando cambiar mi forma de ser, mi ritmo, mis gustos, todo, por alguien con quien ni siquiera compartía un sábado ideal. Que ridículo. Que ridículo el solo haberlo pensado.
Un día, después de clase, mientras caminaba por el pasillo, ella me alcanzó con esa energía suya que antes me hacía querer quedarme.
—Oye, ¿cómo estás? Hace tiempo que no hablamos bien —dijo, caminando a mi ritmo.
—Bien —respondí, sin acelerar ni frenar—. Todo igual.
—¿Seguro? Te veo distinto.
—Tal vez. No sé.
Ella se rió, como si mi respuesta fuera un chiste que no terminaba de entender. Caminamos un tramo juntos, y en algún punto, con una naturalidad que ya no me sorprendía, me contó que estaba saliendo con alguien.
—Se llama Andrés. Lo conocí en las vacaciones. Todavía es reciente, pero me cae bien.
Y entonces, en mi cabeza, pasó algo que no esperaba.
No fue la voz racional. No fue la emocional. No fue el Juez. Fue algo distinto, algo que venía de un lugar que ni siquiera sabía que existía dentro de mí. Una carcajada. Fuerte, descontrolada, como si alguien hubiera estado esperando este momento durante meses.
—¡JA JA JA! ¡JAJAJAJAJA! ¡YO LO SABÍA! ¡TENÍA RAZÓN! ¡LO SABÍA DESDE EL PRINCIPIO!
La risa resonó en mi cabeza como un eco que no se apagaba, como si todas las dudas, todas las interpretaciones, todas las noches en vela analizando cada mensaje, cada gesto, cada silencio, hubieran estado esperando este momento para estallar. No era una risa de alegría. Era una risa de constatación, de esas que sueltan cuando finalmente entiendes que siempre tuviste razón, pero no querías admitirlo.
—Ah, qué bien —dije, en voz alta, con una calma que me costó fabricar en el momento—. Me alegro por ti, de verdad.
—Gracias. Ya te contaré más si eso avanza.
Después nos despedimos como dos desconocidos, alzando la mano, sin hacer un drama, sin justificarme, sin dar explicaciones. Y de mi parte, pues simplemente seguí caminando. No aceleré el paso. Solo seguí mi rumbo, como si mi camino ya estuviera decidido antes de que ella apareciera.
Y después de un breve instante, escuché sus pasos alejarse en dirección contraria.
No hubo rencor. No hubo escena. Solo una distancia que ya no necesitaba ser explicada.
Caminé el resto del trayecto en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. No había rabia. No había rencor. Solo una especie de alivio extraño, como si hubiera estado esperando esa noticia sin saberlo.
Y lo curioso, lo que más me sorprendió esa tarde, fue que por dentro no dolió tanto como hubiera dolido meses atrás. Dolió, sí. Pero de una forma pequeña, manejable, como un golpe que uno ya espera y por eso mismo duele menos.
La risa se fue apagando poco a poco, hasta quedar en un eco lejano que se desvaneció en algún rincón de mi cabeza.
La racional, que había estado callada, habló con un tono que no era de corrección, sino de constatación.
—¿Lo ves? No era que no te respondiera porque estuviera ocupada. Era que no eras prioridad.
—Tal vez —respondí, encogiéndome de hombros—. O tal vez simplemente no encajábamos.
—¿Y eso no te duele?
—Sí —admití—. Pero no como antes.
La emocional, que solía aferrarse a cualquier resquicio de esperanza, esta vez no dijo nada. Solo se quedó ahí, en silencio, como si también ella hubiera empezado a entender que algunas historias no necesitan un final trágico para terminar.
El Juez, que no había intervenido en todo el capítulo, apareció apenas, como una frase suelta que se cuela cuando uno ya no espera respuestas:
—A veces no es que no te quieran. Es que simplemente no encajan. Y eso también está bien.
No supe si estaba de acuerdo con él. Pero por primera vez, no sentí la necesidad de discutirlo.