El arte del ruido interno

Capítulo 22 — Otra vez cerca

No sé si para mi mala suerte o buena, me llegué a enterar, por terceros y sin buscarlo, de que el tal Andrés no la trataba bien.

No supe los detalles completos, ni los busqué a propósito. Fueron comentarios sueltos, medias frases de gente que conocía a gente que conocía a Lia, ese tipo de información que circula sin que nadie la pida.

Un día, sin embargo, lo vi con mis propios ojos: la vi salir de una conversación tensa con él, cerca de la entrada de la facultad, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mientras él se alejaba caminando rápido, visiblemente molesto.

No me acerqué. No dije nada. No era mi lugar, y una parte de mí, la que ya había aprendido algo en todo este proceso, entendía que meterme solo hubiera complicado las cosas.

Pero tampoco me fui.

Me quedé por ahí, a una distancia prudente, sin que ella lo notara, fingiendo revisar el teléfono, esperando a que subiera segura a su bus antes de irme yo también. Como quien hace guardia sin que nadie se lo haya pedido, sin esperar ningún reconocimiento por hacerlo.

Cuando por fin la vi irse, volví a casa con una sensación extraña en el pecho, mezcla de alivio y de algo más difícil de nombrar.

—¿Por qué te quedaste? —preguntó la racional, esa noche, genuinamente curiosa—. Ya no es nada tuyo. No tenías por qué esperar a que se fuera segura.

—No sé —respondí, honestamente—. Pero a pesar de todo lo que pasó, la sigo considerando como alguien que me interesa y me preocupa.

—Eso no suena a alguien que ya superó todo esto.

—O suena a alguien que aprendió a preocuparse sin necesitar nada a cambio.

La racional no tuvo una respuesta lista para eso. Esa noche no dormí bien. No porque siguiera enamorado o todavía apegado a la idea de alguien que no fue en realidad, sino porque, incluso después de todo lo que había pasado, una parte de mí seguía necesitando saber que ella estaba bien. Sin que eso significara ya ninguna otra cosa.

Y justo cuando pensaba que el semestre iba a pasar entre esa distancia tranquila y el ruido de fondo de los días, el mismo semestre que me devolvió el eco de Lia también me devolvió, sin buscarlo, la calma de Tati.

Nos tocó de nuevo en un trabajo grupal, de esos que reparten al azar según el orden de la lista. Cuando vi su nombre junto al mío, sentí una mezcla de nervios y algo parecido a la alegría que no supe bien cómo clasificar.

La traté como a cualquier compañera, con la misma cordialidad de siempre, convencido de que lo que había sentido antes ya se había apagado del todo, enterrado bajo meses de distancia y de todo lo que había pasado con Lia mientras tanto.

—Qué bueno verte otra vez por acá —me dijo, el primer día, con esa media sonrisa suya que no había cambiado nada.

—Igual. Espero que nos vaya bien esta vez con el trabajo.

—Ojalá. El semestre pasado el grupo era un desastre.

—Este parece mejor organizado, al menos.

Nos repartimos las tareas con la misma eficiencia práctica de siempre, sin alargar la conversación más de lo necesario, sin las bromas ni los silencios cómplices de antes. En ese momento, de verdad creí que no había nada más que eso: dos compañeros de proyecto, cordiales, distantes, sin ninguna otra corriente debajo de la superficie.

—¿Ves? —le dije a la emocional esa noche, casi con orgullo—. Ya no siento nada raro.

—Si tú lo dices —respondió ella, con un tono que no terminaba de convencerme del todo.

El Juez, que no había dicho nada en todo el capítulo, apareció apenas, con una frase que no esperaba:

—A veces la calma no significa que todo haya terminado. A veces solo significa que estás aprendiendo a estar cerca sin necesidad de que sea todo o nada.

No supe si estaba de acuerdo con él. Pero por primera vez, no sentí la necesidad de discutirlo.




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