El arte del ruido interno

Capítulo 23 — El hospital

Lia volvió a aparecer, sin planearlo, en el mismo círculo de trabajos grupales de siempre, mezclada entre conocidos comunes que insistían en juntarnos en cada actividad. Y con ella, un conflicto nuevo, mucho más serio que cualquiera de los anteriores.

Me enteré por un mensaje grupal, escueto, sin muchos detalles: Lia había tenido que ser hospitalizada. Algo relacionado con una infección que se había complicado más de lo esperado.

Sentí el golpe en el estómago, ese que uno siente incluso por gente que ya no ocupa el mismo lugar que antes.

No fui a verla. No sentí que me correspondiera, ni que ella lo esperara de mí después de todo lo que había pasado entre nosotros, o de todo lo que no había pasado, según cómo se mirara.

Pero sí pregunté. Sí me mantuve al tanto, a través de conocidos, de cómo iba evolucionando, si ya la habían estabilizado, si sus papás estaban con ella, si necesitaba algo que alguien pudiera acercarle.

—¿Y por qué no vas? —me preguntó Emma, una tarde en la cafetería, mientras yo revisaba el teléfono por décima vez esperando novedades—. Aunque sea a dejarle algo, un detalle, no sé.

—No sé —respondí, honestamente—. Ya no siento que sea mi lugar.

Emma se quedó mirándome un momento, procesando la respuesta.

—Eso es raro viniendo de ti. Antes hubieras estado ahí a la primera oportunidad, con caramelos y todo.

—Ya lo sé.

—¿Y eso te preocupa o te alivia?

Me quedé pensando la pregunta más en serio de lo que esperaba.

—Las dos cosas, creo.

Ella no insistió más. Pero creo que ese "ya no siento que sea mi lugar" fue, sin que yo lo supiera todavía del todo, otra señal de que algo dentro de mí había empezado a cambiar de verdad, más allá de lo que yo mismo quería admitir.

Pasaron los días. Lia volvió a clases, y el grupo retomó el ritmo. Yo, por cosas del azar, había quedado como coordinador del trabajo final. Nada del otro mundo: organizar fechas, recordar entregas, revisar que todos estuvieran al día. Un rol que no buscaba, pero que tampoco podía rechazar sin quedar como un flojo.

Faltaban tres días para la entrega cuando revisé la lista de participantes y vi que solo faltaba una persona.

Lia.

No había subido su parte. Ni un aviso. Ni un "estoy trabajando en ello". Nada.

Escribí un mensaje general en el grupo, como hacía siempre, sin señalar a nadie en particular:

"Hola, gente. Recuerden que la entrega es en tres días. Si alguien necesita ayuda o tiene algún problema, avisen para estar pendientes."

No obtuve respuesta inmediata. Pasaron unas horas. Al día siguiente, seguía sin novedades de ella. Entonces, en privado, le escribí:

"Oye, ¿estás bien? Vi que no has subido tu parte. Si necesitas más tiempo o ayuda, dímelo."

Su respuesta llegó horas después, breve y sin muchos detalles:

"Sí, estoy bien. Tuve unos días complicados, pero ya estoy mejor. Voy a entregar, solo dame tiempo."

No mencionó el hospital. No mencionó nada. Pero yo sabía. Y en lugar de insistir con preguntas, preferí ser directo, sin rodeos.

—No te estoy preguntando por el trabajo —le escribí—. Te estoy preguntando por ti. Si necesitas días, los tienes. Prefiero que te recuperes bien.

Ella tardó un rato en responder, y su mensaje fue corto, agradecido, pero sin profundizar. Y entendí que no quería hablar de eso conmigo.

—Está bien —le dije—. Hazlo a tu ritmo.

Y la dejé.

Pero cuando entregó, dos días después, el archivo era un desastre. Varios ejercicios mal planteados, otros incompletos, algunos que ni siquiera eran de ella, como si hubiera copiado de algún lado sin revisar.

Y ahí sí, por dentro, sentí algo que no esperaba.

—¿En serio? —pensé, con una mezcla de frustración y cansancio—. Me estás dando más trabajo.

Era para mí mismo, no para ella. No tenía sentido decírselo. No iba a aliviar nada. Pero el pensamiento estaba ahí, y no podía ignorarlo.

Revisé el archivo una y otra vez, corrigiendo lo que podía, tratando de no dejarlo todo a medias. No lo hice por ella. Lo hice porque el trabajo era grupal, y porque, al final del día, no quería que todo se fuera al carajo por una entrega descuidada.

Esa noche, en mi departamento, la emocional, que había estado callada, se asomó apenas:

—¿Y si le hubieras dicho algo?

—¿Como qué?

—No sé. Que te molestó. Que te dio rabia.

—No iba a cambiar nada —respondí—. Solo iba a hacerla sentir peor.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—Porque alguien tenía que hacerlo.

La racional, que había estado observando, añadió con un tono más suave:

—No es lo mismo hacer algo por ella que hacerlo por ti mismo. Esta vez, fue por ti.

No sabía si tenía razón. Pero por primera vez, no me sentí usado. Solo me sentí... responsable. Y eso, aunque no sonaba tan bonito como las versiones anteriores, se sentía más real.

El Juez, que no había dicho nada en todo el capítulo, apareció apenas, con una frase que no esperaba:

—A veces, hacer lo correcto no se siente bonito. Pero igual tienes que hacerlo.

No supe si estaba de acuerdo con él. Pero por primera vez, no sentí la necesidad de discutirlo.




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