El arte del ruido interno

Capítulo 24 — La grieta

A pocos días después de que le dieran de alta, un conocido me mandó, medio en broma, sin mala intención aparente, una captura de una transmisión en vivo que Lia estaba haciendo en una de esas plataformas donde la gente comparte su día a día.

—Mira, ya está mejor la niña —decía el mensaje, con un par de emojis riéndose.

Abrí la captura. Ahí estaba ella, maquillada, sonriente, con buena luz y buena cámara, hablando con quien fuera que la estuviera viendo. La hora, en la esquina de la pantalla, marcaba casi las ocho de la noche.

Mi mente, odiándome como siempre, supo hacer una conexión en menos de cinco segundos.

—¿Te dieron de alta hace nada y ya andas así? —pensé, sin decírselo a nadie, ni siquiera a las voces, que por una vez se quedaron calladas, como si supieran que esta vez no hacía falta que intervinieran.

Bueno. Vida de cada quien.

No hubo drama. No hubo discusión larga entre la racional y la emocional, como en tantas otras noches. Solo una calma extraña, la de alguien que ve caer, sin sorpresa, otro pedazo de algo que llevaba tiempo sosteniéndose solo por un hilo de esperanza, más que por convicción.

La máscara, la que yo mismo le había puesto encima sin que ella lo pidiera, ya tenía más de una grieta. Y esta, en particular, no se sentía como una traición. Se sentía, simplemente, como la confirmación de algo que ya sospechaba desde hacía tiempo: que la persona que yo había idealizado durante meses nunca había sido, del todo, la persona real.

Y a su vez, con Tati, algo no terminaba de cuadrar. La notaba distinta en los trabajos grupales, más callada de lo habitual, respondiendo con monosílabos donde antes hubiera bromeado o alargado la conversación sin necesidad.

—¿Está todo bien con ella? —le pregunté a Juli, un día, ya preocupado de verdad.

—No sé bien. Anda rara. Yo también lo he notado.

Esa noche, con la excusa de aclarar un punto del trabajo que perfectamente hubiera podido resolver por mensaje, la llamé.

—Hola —dijo, con la voz un poco apagada—. ¿Pasó algo con el trabajo?

—No, nada grave. Solo quería confirmar una parte de las fechas. Pero de paso, ¿cómo estás? Te he notado distinta.

Hubo un silencio del otro lado, breve, como si estuviera decidiendo si quería contarme algo o no.

—Ha sido una semana difícil —dijo finalmente—. Nada grave. Cosas de familia, sobre todo.

Los primeros cinco minutos de la llamada fueron eso: el trabajo, las fechas, quién hacía qué parte del proyecto.

Pero después, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, la conversación siguió. Y siguió. Hablamos de todo lo que no nos habíamos dicho en meses, entre risas cortas, entre silencios cómodos que ya no me generaban la necesidad de llenarlos con análisis, entre esas pausas que antes hubiera interpretado como señales y que ahora solo eran, simplemente, pausas.

Cuando colgamos, ya habían pasado más de tres horas. Miré el reloj sin poder creerlo del todo.

Se repitió al día siguiente. Y al siguiente. Como si estuviéramos recuperando, llamada por llamada, algo que nunca debió haberse enfriado del todo, algo que ninguno de los dos había roto a propósito, pero que ambos habíamos dejado enfriar por miedo, o por orgullo, o por las mil razones que la gente usa para no decir lo que realmente siente.

—¿Sientes eso? —preguntó la emocional, esa noche, casi en un susurro, después de colgar por tercera vez esa semana.

—Sí —respondió la racional, sin pelear por primera vez en mucho tiempo—. Se siente a paz. No sé cómo explicarlo mejor que así.

El Juez no dijo nada. Pero se quedó ahí, presente, como quien observa algo que por fin empieza a tomar la forma correcta.




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