La verdad, no estoy seguro de a quién va dirigido esto. Tal vez a mí mismo. Tal vez a alguien que alguna vez lo lea y encuentre un eco de lo que sintió. Pero espero que les haya agradado hasta aquí.
Los eventos que vienen a continuación, los que ya he contado y los que faltan, tal vez sucedan de una manera muy rápida. Pero es básicamente por el hecho de que así fue. No hubo mucha relevancia de por medio. Había días de constante rutina en los que se hacía trabajo, casa, estudio, trabajo, casa, estudio. Sin pausas. Sin momentos que valieran la pena registrar. Solo el ruido de fondo de una vida que seguía su curso mientras mi cabeza ya estaba en otro lado.
Y en uno de esos días, en uno de esos momentos de silencio más profundo, hice una conexión.
No fue un destello. No fue una revelación. Fue más bien como cuando llevas tanto tiempo mirando una imagen borrosa que, de repente, sin que nada cambie, tu cerebro decide enfocarla por sí solo. Y de pronto, todo tuvo sentido.
Retomé el viejo hábito del principio: completar el rompecabezas. Pero esta vez no era para encontrar una señal, ni para construir una esperanza. Era solo para entender. Para cerrar. Para poder decirme a mí mismo: "Ya sé cómo funciona esto. Ya no necesito seguir buscando."
Mi mente no dejaba de pensar en el comportamiento de Lia. El por qué de las cosas y acciones de ella. Las contradicciones. Los gestos que no encajaban. Las señales que nunca fueron señales. Y después de mucho pensarlo, de juntar todas las piezas que tenía, de repasar una y otra vez cada interacción, cada mensaje, cada silencio... entendí su forma de pensar.
Tenía armado el rompecabezas de Lia.
No era perfecto. No tenía todas las respuestas. Pero tenía las suficientes como para saber que ya no necesitaba más. Que lo que no entendía no iba a entenderse con más análisis, sino con la aceptación de que algunas cosas simplemente son como son.
Y el lograr comprender esto fue, básicamente, como haber descubierto algo de mí mismo que no sabía que estaba ahí. No sé ni cómo ni por qué, pero fue como una revelación divina. Como si todas las piezas que había estado juntando, sin saberlo, no fueran sobre ella, sino sobre lo que yo necesitaba aprender para soltar. Y al sentirlo, no hubo euforia, ni tampoco tristeza. Solo una felicidad tranquila, un alivio profundo, una paz que no había sentido en meses. Como si, por fin, el ruido se hubiera callado para siempre.
Y con Tati, bueno, fue distinto.
Ella misma me ayudaba con las piezas. Era casi como un instructor que te va dando pequeños detalles del cómo ir armando su imagen, sin prisa, sin presión, sin la urgencia de que todo encaje de inmediato. Y esa imagen, la de ella, tomaba una forma y una nitidez tan hermosas que ya sabías cómo terminaba, pero te dejaba aún con la intriga de saber más.
No era un rompecabezas que hubiera que resolver. Era uno que había que disfrutar mientras se armaba.
Y en ese contraste, en esa diferencia tan clara entre una y otra, entendí algo que antes no había querido ver. Con Lia, el rompecabezas era un trabajo. Un esfuerzo constante por encontrarle sentido a algo que probablemente no lo tenía. Con Tati, el rompecabezas era un juego. Algo que se armaba solo, con piezas que ella misma iba colocando sin que yo tuviera que forzarlas.
Entonces, sin darme cuenta, dejé de buscar respuestas. Dejé de intentar entenderlo todo. Y por primera vez, me permití simplemente estar.
Con Tati, el rompecabezas no estaba terminado. Pero ya no me importaba. Lo importante era que estaba disfrutando armarlo. Que cada pieza que ella me daba era un regalo, no una prueba. Que no necesitaba saber cómo terminaba para valorar lo que ya tenía.
Y eso, después de todo lo que había pasado, era más de lo que había esperado encontrar.