El arte del ruido interno

Capítulo 26 — Los siete segundos

El tiempo pasó entre conversaciones, trabajos de la universidad, dudas existenciales, y sin darme cuenta ya me encontraba a mitad de semestre dando los exámenes de mitad de año. Coincidí con un grupo de conocidos de semestres anteriores, gente con la que ya casi no hablaba, reunidos por la excusa de celebrar este pequeño reencuentro.

Para mi sorpresa, Lia también estaba ahí, invitada por alguien del grupo, y se integró como si nada, como si nunca hubiera pasado el tiempo entre nosotros.

Esa tarde transcurrió normal, entre risas, música y las conversaciones dispersas que se arman en ese tipo de reuniones. La gente hablaba de todo y de nada, y yo, en algún momento, me encontré observándola sin querer hacerlo.

Y entonces la escuché toser.

No fue una tos fuerte, pero la reconocí de inmediato. Era la misma tos de antes, la misma que me había hecho comprarle caramelos aquella vez, la misma que me había llevado a preocuparme sin que ella me lo pidiera.

Sentí el impulso. Ese viejo impulso de querer hacer algo, de comprarle algo, de cuidarla. Y al mismo tiempo, la voz racional me detuvo:

—¿En serio? ¿Otra vez? ¿Vas a caer en lo mismo?

—Pero está enferma —respondió la emocional, con un tono que intentaba ser neutral—. No es malo preocuparse por alguien.

—Preocuparse no es malo —insistió la racional—. Lo malo es que, si haces algo, vas a interpretarlo como una señal. Te vas a enganchar otra vez. Y ella va a seguir con su vida sin que le cueste nada.

—¿Y si no hago nada? —me pregunté—. ¿Soy una mala persona por no hacer nada? ¿Por no comprarle algo?

—No eres mala persona por protegerte —respondió la racional, con un tono más suave—. Es diferente.

Y mientras mi cabeza seguía dando vueltas entre una opción y la otra, sin poder decidirme, sin saber qué era lo correcto, ella, sin ningún motivo aparente, me tomó la mano.

Unos siete segundos, tal vez menos. Nadie más pareció notarlo, ocupados cada quien en su propia conversación.

Pero yo sí lo noté.

Y en esos siete segundos, mi cabeza se quedó en blanco y luego se llenó de preguntas al mismo tiempo.

—¿Qué se supone que hago? ¿Le quito la mano? ¿Eso sería grosero? ¿Pero si no la quito, qué va a pensar? ¿Qué van a pensar los demás si alguien se da cuenta? ¿Y si no la quito, voy a interpretar esto como una señal otra vez? ¿Y si la quito, voy a parecer un idiota?

La emocional, que había estado callada, se asomó apenas:

—¿Ves? No es casualidad. Te busca.

—No empieces —respondió la racional, con un cansancio que ya era familiar—. No sabemos por qué lo hizo. Tal vez fue sin pensar.

—¿Y si no fue sin pensar?

—Entonces es peor. Porque significa que lo hace a propósito.

No hubo respuesta para eso. Solo el peso de la mano de ella sobre la mía, y mi cabeza tratando de encontrarle un sentido a algo que probablemente no lo tenía.

Cuando ella soltó mi mano, con la misma naturalidad con la que la había tomado, yo seguía sin entender qué había pasado.

El resto de la noche, mi mente no pudo enfocarse en otra cosa. Las conversaciones pasaban a mi alrededor como ruido de fondo, y yo seguía preguntándome: "¿Por qué hizo eso? ¿Qué significa? ¿O no significa nada?"

No encontré respuesta. Pero la pregunta no se fue.

Al día siguiente, en la cafetería, se lo conté a Emma. Ya cansado de tener que contarle este tipo de cosas una y otra vez, casi avergonzado de seguir teniendo material nuevo que compartir.

—Me tomó la mano—le dije, mientras ella preparaba un café sin mirarme—. Como si nada. Siete segundos, tal vez. Y no sé qué hacer con eso.

Emma dejó la jarra sobre la barra y se cruzó de brazos, con una seriedad que no le conocía todavía.

—Déjame preguntarte algo —dijo, mirándome fijo—. Tú, como amigo, ¿harías algo así? ¿Tomarías la mano de alguien sin razón, sin contexto, sin nada que lo justifique?

—No —respondí, sin dudar.

—Ni yo —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Porque eso no es algo que se hace sin más. No es normal, y no es amistoso.

—¿Entonces qué es?

Emma se quedó callada un momento, como si estuviera eligiendo bien sus palabras.

—En base a todo lo que me has contado de ella —dijo, con un tono más serio del que solía usar—, yo creo que a ella le gusta hacer esto. Confundir a la gente. No sé si lo hace a propósito, o si ni siquiera es consciente de lo que provoca, pero el efecto es el mismo para ti, sea cual sea la razón detrás.

No respondí de inmediato. Pero esa vez, por primera vez en mucho tiempo, no la contradije.

—¿Y qué se supone que haga con eso? —pregunté, al final.

—Nada —respondió Emma, encogiéndose de hombros—. No tienes que hacer nada. Solo no le des más vueltas. Porque si le das vueltas, vas a terminar otra vez en el mismo lugar. Y ya estuviste ahí demasiado tiempo.

Esa noche, cuando llegué a casa, las palabras de Emma se quedaron conmigo. "Solo no le des más vueltas." Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Porque mi cabeza, como siempre, seguía dándole vueltas.




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