El arte del ruido interno

Capítulo 27 — La llegada de Angelica

Desde aquel día volví a no dormir bien. Tenía pensamientos de una y otra vez, recordándome a veces buenos, a veces malos momentos, y a veces de esos detalles de Lia que no salían de mi mente. Ya no sabía a dónde acudir, y fue entonces cuando recurrí a buscar a mi hermana, Angélica, a quien de cariño le decía Angi. Habíamos perdido el contacto y ya casi no la recordaba con claridad, pero tenía esa necesidad de buscar respuestas, de poder sentarme frente a alguien que me conociera lo suficiente como para no dejarme mentir.

Y le conté todo. Palabra por palabra, emoción por emoción, reviviendo vívidamente cada momento y cómo lo viví, en orden, como quien presenta un expediente completo: el segundo supletorio, la bufanda que nunca me devolvió, la comida de celebración, la invitación rechazada, el novio nuevo, la ruptura con el mismo, el hospital, el live a las ocho de la noche, la mano de nuevo, el veredicto de Emma.

Ella escuchó todo sin interrumpir, con la misma paciencia de siempre, hasta que terminé y me quedé en silencio, esperando algo.

—¿Sabes qué es lo distinto esta vez? —dijo finalmente, sin repetirme el discurso de las capas de idealización que ya me sabía de memoria—. Ya la conociste. Ya no queda máscara que se pueda caer, porque ya la viste completa, con todo lo bueno y todo lo que no te gustó. Lo que sientas ahora, sea lo que sea, es sobre la persona real. No sobre la que inventaste hace meses.

—Lo sé —le dije, con esa necedad que ya me conocía—. Pero no sé cómo puedo dejar de pensar. Ya son noches enteras de las que me paso así, y ya no quiero sentir esto.

Se quedó callada un momento, como si estuviera eligiendo con cuidado las siguientes palabras.

—Mira —dijo, apoyando los codos en la mesa—. La mejor forma de quitar la máscara de idealización a alguien es irle quitando de a poco los atributos que tú mismo le fuiste dando. Y si quieres dejar de pensar en ella, elimínala. Bórrala de todos lados. Bloquéala si puedes. Y vive.

No fue un consejo bonito. No fue poético. Fue práctico, directo, y por eso mismo, más difícil de ignorar.

Mi subconsciente se negó rotundamente al principio. Una parte de mí se aferraba a esa idea de que quizás, algún día, todo iba a tener sentido. Pero después, de a poco, le hice caso. Y por primera vez, al sentir eso, no dolió de la forma en que había dolido otras veces. Solo dejó un vacío tranquilo, del tipo que no pide llenarse rápido, que puede quedarse ahí un tiempo sin que eso signifique que algo esté mal.

—¿Y ahora qué hago con ese vacío? —le pregunté.

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Déjalo estar. Ya se va a llenar solo, con lo que de verdad valga la pena. No hace falta que lo apures.

No supe si estaba de acuerdo con ella. Pero no podía discutirlo porque tenía razón.

Con el tiempo, ese vacío empezó a llenarse solo, de a poco, con las llamadas cada vez más largas, con las conversaciones cada vez más profundas que ya venía teniendo con Tati.

Y entonces, una noche, después de colgar, me quedé mirando el techo de mi cuarto y, sin darme cuenta, entendí que no todas las cicatrices necesitan una historia para cerrarse. Algunas solo necesitan tiempo. Y las llamadas de Tati, sin saberlo, estaban cosiendo las puntas sueltas que Lia había dejado.




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