Después de la charla con Angi, traté de enfocarme en los estudios. No era opcional. Los últimos exámenes no habían sido los mejores, y si quería pasar el semestre, necesitaba notas altas en los que venían. Mi cabeza, sin embargo, seguía dando vueltas, aunque ya no con la misma intensidad de antes.
Ya hacía tiempo que no veía a Lia. Y lo curioso era que no me importaba. No había vacío, no había nostalgia. Solo una distancia tranquila, como si finalmente hubiera entendido que algunas personas no están destinadas a quedarse, y eso no tiene nada de malo.
Llegó el día de los exámenes. Fui relativamente tranquilo, aunque los nervios siempre estaban ahí, ese cosquilleo en el estómago que aparece cuando sabes que te va a ir mal si no te concentras. Me senté, resolví las preguntas, revisé lo que pude, y entregué. Nada del otro mundo. Solo el esfuerzo de alguien que intentaba remar contra la corriente de sus propios pensamientos.
Al salir, me crucé con algunos conocidos de años posteriores. Conversamos un rato, de esas conversaciones que no llevan a ningún lado pero que llenan el tiempo. Nada relevante. Solo el ruido de siempre, la vida siguiendo su curso mientras yo intentaba no distraerme.
Y entonces, el teléfono vibró.
Era Tati.
"Oye, ¿estás cerca? Tengo un problema y no sé a quién acudir. No sé qué hacer."
El mensaje era corto, pero se sentía urgente. No era de las que pedían ayuda sin necesidad. Supe que algo andaba mal.
—¿Dónde estás? —le respondí.
"En la entrada de la facultad. Cerca de las gradas."
Llegué en menos de diez minutos. La vi sentada en uno de los escalones, con el teléfono en la mano, mirando el suelo. Se veía pequeña, vulnerable, muy distinta a la calma que solía transmitir.
—¿Qué pasó? —pregunté, sentándome a su lado.
—Es una tontería —dijo, sin mirarme—. Pero no sé qué hacer. Tengo un problema con un trabajo y no sé si llegué a tiempo, si me van a aceptar la entrega, si debería hablar con el profesor...
Me explicó la situación. Era complicada, pero no imposible. Le di algunas ideas de cómo resolverlo, qué pasos seguir, a quién podría contactar. Mientras hablaba, ella me escuchaba con atención, y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo planeáramos, nuestras miradas se encontraron.
Y entonces, en mi subconsciente, pasó algo.
No fue un pensamiento claro. Fue más bien un instinto primitivo, de esos que aparecen sin avisar. La forma en que la luz caía sobre su rostro, la manera en que sus labios se movían al hablar, la cercanía de su cuerpo. Durante un segundo, solo un segundo, sentí la necesidad de besarla.
No lo hice. No podía. No era el momento. No sabía si ella quería lo mismo. Y sobre todo, no quería que mi impulso arruinara lo que estábamos construyendo.
En lugar de eso, la abracé.
No fue un abrazo largo ni intenso. Fue un abrazo breve, pero firme, como queriendo decirle que no tenía que enfrentar todo sola. Y mientras la sostenía contra mí, sentí cómo su cuerpo se relajaba, cómo el miedo que llevaba encima se disolvía en ese gesto simple.
—Va a estar bien —le dije—. Vas a resolverlo. Y si no, estamos juntos en esto.
Ella asintió, y cuando se separó, vi una sonrisa pequeña, casi tímida, que no le había visto antes.
—Gracias —dijo—. No sabía a quién más recurrir.
—Siempre puedes recurrir a mí.
No supe si sonó cursi. No me importó.
Esa noche, mientras intentaba dormir, mi mente no podía dejar de recordar la escena. Pero no desde la culpa, sino desde el asombro.
—¿En serio pensé en besarla? —me pregunté, casi en voz alta.
—Sí —respondió la emocional, con una calma que no le conocía—. Y no lo hiciste. Eso es lo que importa.
—Fue egoísta. Pensar en eso cuando ella estaba asustada.
—Fue humano —corrigió la racional—. Y supiste controlarlo.
No supe si estaba de acuerdo con ellas. Pero por primera vez, no me sentí culpable por lo que había sentido. Solo agradecido de haber sabido contenerlo.
Los días pasaron. Los resultados de los exámenes llegaron, y con ellos, la noticia que temía: me había quedado nuevamente a supletorios.
No fue un golpe devastador. Fue más bien una confirmación de que el semestre no había sido el mejor, de que mi cabeza había estado en otro lado durante demasiado tiempo. Pero esta vez, no lo sentí como un fracaso. Lo sentí como un recordatorio de que todavía había cosas que aprender.
Incluso si esas cosas no estaban en los libros.