El arte del ruido interno

Capítulo 29 — Y la historia se repite?

Pasaron semanas antes de que llegaran los exámenes. Me dediqué a estudiar lo mejor que pude, tratando de comprender qué podía hacer para pasar. Para mi sorpresa, Tati también pasó por lo mismo que yo. Nos dedicamos noches enteras al estudio, a veces en silencio, a veces compartiendo dudas, a veces solo acompañándonos en la distancia a través de una llamada que no necesitaba palabras.

Hasta que no sé de dónde me salieron las palabras.

—Oye —le dije, una noche, después de una de esas llamadas largas—. Cuando terminen los exámenes, ¿quieres desayunar conmigo?

Hubo un silencio breve del otro lado. No era un silencio incómodo. Era el tipo de pausa que se toma alguien que está procesando una invitación, no decidiendo si aceptarla.

—¿En serio? —preguntó, con un tono que no era de sorpresa, sino de curiosidad.

—Sí. Quiero verte. Antes de que te vayas a tu tierra.

—Entonces sí —respondió, y en su voz había una sonrisa.

Lo había pensado bien. Quería sacarme completamente de la mente a Lia, que seguía apareciendo en comentarios sueltos de conocidos. "Está conociendo a más de uno", decían, como si fuera un chisme que no podía evitar escuchar. Y aunque ya no me dolía, seguía siendo un recordatorio de que la vida que ella llevaba no era la mía.

Llegó el día del examen. Fui, lo hice, salí. Solo con esperanzas de que hubiera salido bien. Pero también con un desánimo extraño, como si el esfuerzo del semestre no hubiera sido suficiente. No sabía qué iba a hacer si reprobaba otra vez. Pero no quería pensar en eso. No hoy.

Salí del edificio y la esperé en la entrada de la facultad, apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos. Cuando por fin la vi salir, el mundo se detuvo por un segundo.

Estaba hermosa. No de esa forma que se nota desde lejos, sino de esa que te golpea cuando menos lo esperas. La luz de la mañana le pegaba de lado, y su sonrisa, al verme, era tan genuina que no pude evitar decirlo en voz alta.

—Te ves increíble.

Ella se rió, un poco sonrojada, y sin decir nada, pasó su brazo por el mío. No fue un gesto forzado. Fue natural, casi como si siempre hubiera estado ahí. Como aquella vez en el mirador, pero sin la duda de entonces. Ahora era un gesto de confianza, de cercanía.

Caminamos hasta el restaurante, y la conversación fluyó como si no nos hubiéramos visto en años. Hablamos de los exámenes, de las noches de estudio, de lo mucho que necesitábamos un respiro. Pedimos comida, compartimos platos, nos reímos de tonterías que ya ni recuerdo bien.

Y cuando salimos, ya era tarde. El sol empezaba a caer, y el aire se sentía más fresco.




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