No estoy seguro de qué tipo de personalidad asumí en ese entonces, pero me nació sugerir más tiempo con ella. Y sin pensarlo:
—¿Quieres un helado? —pregunté, señalando una pequeña heladería al final de la calle.
—Siempre —respondió ella, con una sonrisa.
Nos sentamos en una banca, y entre risas, empecé a darle pequeñas porciones de helado con la cuchara. No sé por qué lo hice. Tal vez porque quería verla sonreír. Tal vez porque, por primera vez, no necesitaba una razón para hacer algo bonito por alguien.
Ella aceptó cada porción con una sonrisa cómplice, y en ese momento, no había nada más en el mundo que eso: su risa, el helado, la tarde que se iba.
De camino a la parada, ella seguía tomándome del brazo, acurrucándose como aquella vez en el mirador. Y entonces, sin darme cuenta, caí en cuenta de algo.
No había voces.
La racional no estaba analizando. La emocional no estaba construyendo castillos. El Juez no estaba observando. Por primera vez en meses, mi mente estaba en silencio. No había discusión, no había hipótesis, no había futuros inventados. Solo estaba ahí, caminando junto a ella, sintiendo su brazo enredado en el mío, escuchándola reír mientras el mundo seguía girando.
Cuando llegamos a la parada, ella se detuvo y me miró con una expresión que no supe leer del todo. No era incomodidad. Era más bien... gratitud.
—Gracias —dijo—. Por el desayuno. Por el helado. Por hoy.
—Gracias a ti —respondí—. Por aceptar.
Hubo un silencio breve, y entonces ella agregó, con una sonrisa que lo decía todo:
—Estuvo bonito. De verdad.
No fue el roce de una mano. No fue el helado. No fue la caminata. Fue el silencio. Por primera vez en mucho tiempo, mi mente dejó de discutir consigo misma. No hubo jueces. No hubo hipótesis. No hubo futuros inventados. Solo estaba ahí, escuchándola reír mientras el mundo seguía girando. Descubrí que la paz no era un lugar. Era una persona frente a la que, por unos minutos, mi cabeza decidió descansar.
Creo que ese fue el verdadero regalo de ese domingo. No el helado, no el brazo, no el desayuno. Fue que, por unas horas, dejé de cargarme a mí mismo. Eso es profundamente humano, y vale la pena escribirlo.
Esa noche, mientras miraba el techo de mi cuarto, sonreí sin darme cuenta. No porque hubiera pasado algo extraordinario, sino porque por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba que pasara nada para sentir que estaba bien.