El arte del ruido interno

Capítulo 31— El viaje

El viaje fue largo, de esos que te dejan el cuerpo entumecido y la cabeza llena de pensamientos que no sabes si son nervios o emoción. Pero cuando el bus frenó y vi la terminal, cuando mis pies tocaron el suelo y respiré el aire de esa ciudad que solo conocía por sus historias, supe que había tomado la decisión correcta.

Y entonces la vi.

Estaba ahí, esperándome, con esa sonrisa suya que ya me conocía demasiado. No hacía falta que dijera nada. Su mirada lo decía todo.

—Llegaste —dijo, con una voz que era más cálida que cualquier bienvenida que hubiera podido imaginar.

—Por fin —respondí, sintiendo que las palabras no alcanzaban para describir lo que sentía en ese momento. Era más que un "llegué". Era "llegué a ti".

Ella se rió, y sin decir nada más, pasó su brazo por el mío, como si ya fuera costumbre.

—Vamos —dijo—. Te ayudo con las cosas.

Caminamos juntos hacia la salida de la terminal, y mientras avanzábamos, ella me fue contando lo que había planeado para esos días. No era un itinerario rígido, solo ideas sueltas: un lugar para comer, una calle que le gustaba, un mirador al que quería llevarme.

—¿Hotel? —pregunté, cuando llegamos a la zona de taxis.

—Ya te conseguí algo —respondió—. Cerca de todo. Te va a gustar.

—¿Y cómo sabes que me va a gustar?

—Porque lo elegí pensando en ti.

No supe qué responder a eso. Pero la sonrisa se me quedó pegada el resto del camino.

Dejamos mis cosas en el hotel, un lugar pequeño pero acogedor, con una ventana que daba a una calle tranquila. Mientras yo dejaba la mochila sobre la cama, ella se quedó en la puerta, mirando el cuarto con una expresión que no supe leer del todo.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —respondió—. Solo me gusta ver que estás aquí.

—Yo también —dije, y no hacía falta añadir nada más.

Salimos del hotel y ella me llevó por calles que conocía de memoria, señalándome lugares con historias pequeñas atadas a cada uno: aquí compraba pan de niña, ahí se cayó una vez de la bicicleta, en esa esquina se despidió por primera vez de una amiga que se mudó de país. Caminábamos sin prisa, como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para nosotros.

Y mientras caminaba a su lado, sintiendo su brazo enredado en el mío, me di cuenta de que cada paso me alejaba un poco más del ruido que había cargado durante meses. No había preguntas. No había análisis. Solo ella, y el momento, y la certeza de que estar ahí era exactamente donde debía estar.

Llegamos a un mirador distinto al de siempre. Más pequeño, más escondido, como si ella hubiera guardado ese lugar solo para este momento. El atardecer empezaba a teñir el cielo de naranja sobre los techos de la ciudad, y por un instante, el mundo se sintió en pausa.

Nos sentamos en un muro bajo de piedra, con las piernas colgando, viendo cómo el color del cielo cambiaba despacio. El aire era fresco, y el silencio entre nosotros era cómodo, de esos que no piden ser llenados.

—¿Sabes?... Hay algo que hace tiempo quería decirte.

Ella se giró a mirarme, sin decir nada, esperando. El último resplandor del sol le pegaba de lado en la cara, y por un segundo pensé que ese era exactamente el tipo de imagen que mi cabeza, meses atrás, hubiera empezado a analizar hasta el cansancio. Esta vez no lo hice. Solo la miré.




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