El arte del ruido interno

Capítulo 32 — El atardecer

Y entonces, justo cuando las palabras empezaban a formarse en mi garganta, el ruido volvió.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó la racional, con un tono de urgencia que no le conocía—. Esto no estaba planeado. No hay guión para esto. No sabes qué va a pasar si dices algo. Mejor no lo hagas.

—Pero es ahora o nunca —respondió la emocional, con una voz que temblaba de emoción—. ¿No ves lo que está pasando? Es real. Esto es real. No podemos esquivarlo otra vez.

—No necesitamos esquivarlo —insistió la racional—. Solo necesitamos esperar. Pensarlo bien. No tomes decisiones apresuradas.

—¿Y si esperamos y se nos va? ¿Y si este momento no vuelve?

—No podemos arriesgarnos a arruinarlo todo por un impulso.

—¿Y si no es un impulso? ¿Y si es lo único que tiene sentido en meses?

El debate se intensificaba, y yo sentía que mi cabeza iba a estallar. Las palabras que quería decir se mezclaban con las que no debía decir, y el miedo y la esperanza se enredaban en un nudo que no sabía cómo desatar.

Hasta que el Juez rompió el silencio.

—Cállense.

Su voz no era fuerte, pero era firme. Como un golpe en una mesa que detiene todas las discusiones.

—Por su culpa estamos así. Ustedes son las que siempre lo han llenado de ruido. Ustedes son las que lo han hecho dudar de todo, incluso de lo que siente. Y ahora, cuando finalmente tiene algo real, algo genuino que no se programó, que no se planeó, que simplemente está pasando... ¿van a arruinarlo también?

Hubo un silencio absoluto. La racional no dijo nada. La emocional tampoco.

—Déjenlo en paz —continuó el Juez, con un tono más suave, casi como un susurro—. Por esta vez, déjenlo sentir sin analizar. Sin calcular. Sin miedo. Esto es real, y por eso es más valioso que cualquier plan que hayan hecho.

El ruido se fue. No de golpe, pero sí lo suficiente como para que pudiera escuchar mi propio latido.

Y entonces, sin más voces que me detuvieran, hablé.

—Oye, Tati...

Ella giró ligeramente la cabeza hacia mí.

—¿Sí?

Y en ese instante, todas las palabras que había preparado durante meses desaparecieron. Perfecto. Justo ahora.

—Yo... quería decirte algo desde hace bastante tiempo.

Ella me miró con atención.

—¿Qué cosa?

Sentí cómo mi cabeza intentaba detenerme una última vez. Todavía puedes callarte. Hazte el loco. Dile después.

Pero esta vez no le hice caso.

Respiré.

—La verdad es que tú me gustas.

Silencio.

No bajé la mirada. Por primera vez, tampoco intenté esconderlo detrás de una broma.

—Me gustas de verdad —continué—. Y creo que probablemente ya te habrás dado cuenta... o tal vez no. No sé.

Solté una pequeña risa nerviosa.

—Pero tampoco quiero decirte esto para que pienses que vengo a pedirte que seas mía o que de repente quiero que tengamos una relación y ya está.

Hice una pausa.

—No quiero eso.

Miré nuevamente hacia el horizonte.

—Lo que quiero es conocerte.

Tati permaneció en silencio.

—Quiero conocerte de verdad. No solamente cuando estás feliz o cuando todo te está saliendo bien. También cuando estés cansada, cuando tengas un día horrible, cuando no tengas ganas de hablar con nadie... incluso cuando estés hecha pedazos.

Sonreí ligeramente.

—Quiero conocer esa parte de ti también.

El viento pasó suavemente entre nosotros.

—Y tampoco quiero inventarme una versión perfecta de ti en mi cabeza. Quiero conocer a la persona que realmente eres. Con tus cosas buenas, con tus defectos, con tus días buenos y tus días malos.

La miré otra vez.

—Eso es lo que quiero.

Respiré profundamente.

—Quiero que me permitas estar cerca de ti. Compartir más cosas contigo. Conocerte un poco más cada día... y que tú también puedas conocerme a mí.

Bajé la voz.

—Y si después de eso tú descubres que no quieres lo mismo que yo, lo voy a aceptar.

Aquella última frase me costó más que todas las anteriores.

—Pero si tú también quieres intentarlo... entonces me gustaría estar a tu lado.

No dije nada más. No había una frase perfecta que pudiera arreglar aquello. No había una respuesta que pudiera controlar. Solo quedaba esperar.

El sol terminó de esconderse detrás de las montañas mientras ella seguía sin decir nada. El cielo, ya casi morado por completo, empezaba a dar paso a las primeras estrellas, y el viento, más frío ahora, le movía un mechón de pelo que ella no se molestó en acomodar.

Pasó un silencio largo. Uno de esos que, en otro momento de mi vida, hubiera llenado con veinte hipótesis distintas antes de que la otra persona alcanzara siquiera a respirar. Esta vez no. Esta vez me quedé ahí, quieto, dejando que el silencio existiera sin necesidad de resolverlo.

Ella miraba hacia la ciudad, hacia las luces que ya se habían multiplicado abajo, con una expresión que no supe leer del todo. No era sorpresa, no era incomodidad. Era algo más parecido a estar procesando, de verdad, con calma, cada palabra que acababa de escuchar. Se llevó las manos al regazo, entrelazó los dedos, los soltó de nuevo. Yo esperé.

—Gracias —dijo finalmente, en voz baja, todavía sin mirarme del todo—. Por decírmelo así. Sin apuros. Nadie me había dicho algo así antes, de esta forma, sin pedirme nada a cambio.

No agregó nada más. Y yo tampoco lo esperaba.




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