El artista del engaño

CAPÍTULO 1 – El primer secreto

A primera vista, Elisa difícilmente llamaría la atención de alguien: blusa sencilla, pantalón formal, el pelo recogido de forma práctica. Se confundía con cualquiera de las otras mujeres que iban a trabajar a oficinas del Centro.

Pero un observador atento notaría detalles. La mochila no era cualquiera: era de las que protegen una laptop profesional. Las botas de cuero —siempre las mismas— eran de una calidad que no se compra por impulso; resistentes, impermeables, hechas para soportar frío, lluvia y correr, si hay que correr. La chaqueta, con múltiples bolsillos y capucha, tenía algo de “lista para sobrevivir”.

Su ropa priorizaba lo práctico sobre lo estético. Buena tela, buena hechura, nada ornamental. Lo femenino no estaba en la ropa, estaba en ella como un sello único, su rostro sin maquillaje, delicado de rasgos bellos, un ángel envuelto en obscuridad y apatía. Debajo del informático, había una chica llena de secretos.

Llovía en la ciudad más gris del Sur.
“El sur de alguna parte”, pensó antes de que arrancara el bus sobre la avenida 18 de Julio.

El vehículo avanzaba lento, repleto, con los vidrios empañados y el aire espeso. Estudiantes adormilados, jubiladas rumbo a oficinas públicas, oficinistas aburridos. La misma escena de todos los días.

Elisa abrió apenas la ventanilla dura. No le molestaba que la lluvia le mojara el rostro; necesitaba el aire frío. Una gota entró y comenzó a resbalar por el vidrio. Ella siguió su recorrido con la mirada hasta que el bus se sacudió al pisar un bache y la gota cayó al suelo oscuro.

Volvió a mirar la calle. Fachadas húmedas, columnas de mármol desgastadas, balcones de hierro, símbolos masónicos y art decó sobrevivientes de épocas más idealistas. Montevideo bostezaba.

En una parada vio a un ciclista que, bajo la lluvia y sin manos en el manubrio, se servía un mate humeante.
“Siempre hay gente con habilidades particulares”, pensó.

A sus 27 años seguía viviendo en el mismo monoambiente que había alquilado al empezar la carrera. Antes lo pagaba con una beca; ahora con su sueldo de Informática A1 en Centralnet, la agencia estatal de telecomunicaciones. Cinco años en el mismo cargo.

Cada mañana repetía la misma secuencia: mojar su cabello despeinado en la taza de café mientras miraba salir el sol, regar las plantas del balcón que daba a Plaza Matriz —el motivo real por el que nunca se mudó—, alimentar a Suicida, el gato negro de ojos amarillos que la esperaba todas las tardes.

Su mundo no tenía metas. Tenía rutinas.
Solitario, pero tibio.

En contraste, Centralnet era frío, gigantesco y vacío. Treinta y tres pisos de granito negro y escaleras que parecían no terminar nunca.

El bus se detuvo frente al Banco País. En las escalinatas, una docena de linyeras dormían en carpas de cartón y nylon. Uno de ellos gesticulaba al aire como si pronunciara un discurso político.

Los clientes subían evitando mirarlo.

Elisa observó el edificio marmóreo, solemne, símbolo de lo que el país decía ser: serio, prolijo, incorruptible. Ella sabía que debajo había otra cosa. Un gran sistema a base de impuestos y control para mantenerse a él mismo. Eso era también Centralnet, una red de control de comunicaciones creada con el único fin de regular todo lo regulable; recaudar todo lo recaudable y de esta forma alimentar un sistema cada vez más hambriento.

El sistema siempre dejaba rastros.

Para Elisa Brogli no había ascensos a la vista ni desafíos en su horizonte. Su trabajo consistía en revisar sistemas viejos, atender reclamos menores y archivar reportes que nadie leería.

Se repetía que era afortunada. Los seres como ella amaban la rutina. Un empleo estable, pocas personas, excusas creíbles para no asistir a cumpleaños o despedidas con más de cinco invitados. Nadie sospechaba el verdadero motivo.

Su primer secreto estaba a salvo.

Al menos eso creía.

Llegó empapada. El chofer había detenido el bus sobre un charco y su bota entró de lleno. Aunque era impermeable, el barro salpicó el pantalón y se filtró por dentro. Sintió el frío trepar por las medias.

En ese instante se abrió el portón gris del garaje. Un Audi reluciente avanzó con una lentitud irritante. Los vidrios oscuros impedían ver quién iba dentro. Elisa esperó bajo la lluvia, goteando, mientras el auto entraba como si el tiempo fuera suyo.

Marcó en el molinete. El sonido seco la hizo pensar en un paquete registrado en una caja.

La limpiadora frunció el ceño al ver el piso mojado. El guardia la saludó con una lástima que la irritó más que la lluvia.

Se refugió en el baño. Se quitó medias, camisa, pantalón. Los secó bajo el aire caliente del secamanos. El algodón no ayudaba.

Cuando volvió a su cubil sin ventanas, lo sintió antes de verlo.

El perfume.

No era invasivo. Era sutil, preciso. Cítricos y flores mezclados con cuero nuevo. Camisa blanca impecable. Zapatos caros.

Fabio.

El del Audi. Nuevo auto.

Elisa se concentró en encender la computadora. Escribir la clave. Respirar por la boca. Los olores la invadían con intensidad excesiva. Era un don y una condena.

Luego llegó la risa de las secretarias ejecutivas. Lo felicitaban. Siempre pululaban cerca. Fabio era un imán. No solo para mujeres. Todos parecían orbitar a su alrededor.

Elisa no sabía si era atractivo por su éxito o exitoso por su atractivo. Pero sabía en qué consistía ese éxito. Y eso la ofuscaba.

Fabio era uno de los “trajes”. Había ascendido con rapidez desde becario hasta asesor ejecutivo en quince años. No competía con ella; jugaba en otro circuito. El de los elegidos.

Ella había entrado por concurso. 15.000 inscriptos. 200 finalistas. Once ingresaron. Todos ascendieron. Menos ella.

Teclaba códigos cuando una sombra se movió frente a su escritorio.

—Hola.

Fabio estaba allí, sonrisa medida, café humeante en la mano.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.