El artista del engaño

Capítulo 2. La cama

La llamada llegó un martes a las 10:17.

Elisa no contestó de inmediato. Estaba revisando un reporte sin importancia sobre un sistema obsoleto que nadie actualizaría jamás. El teléfono vibró una segunda vez.

Número del Hogar San Gabriel.

Contestó.

La voz fue amable. Profesional. Administrativa.

—Elisa Brogli, necesitamos hablar sobre la situación de su madre.

A Elisa se le hizo un nudo en el estómago, era la clase de llamadas que más temía. Escuchó en silencio. No interrumpió. Solo registró: Alta demanda. Casos críticos. Reestructuración de camas. Revisión de ingresos familiares.

—Mi madre no se puede quedar sola, mi apartamento es pequeño, no tengo cómo cuidarla, la última vez, hace tres años, cayó por las escaleras...

—Por lo menos tiene apartamento. Estamos desbordados, demasiados casos, necesitamos camas. Usted es profesional. Tiene salario estable. Comprenderá que debemos priorizar.

Comprender.

Elisa comprendía demasiado bien cómo funcionaban las prioridades. Por más que la asistente social del hogar se desasía en disculpas y consideraciones, el hecho era que su madre no podía continuar allí

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó.

—Treinta días. Debe encontrar un lugar para ella pronto —sentenció.

Miró el monitor encendido. Las líneas de código seguían allí, obedientes, lógicas. El sistema era coherente. La vida no, la vida era algo en movimiento que siempre terminaba atemorizándola.

Durante la semana pidió presupuestos: Residencias privadas. Cuidadores domiciliarios. Centros especializados en deterioro cognitivo avanzado.

Las cifras eran matemáticamente claras: no alcanzaba, cualquiera de las opciones mínimamente dignas equivalían a su sueldo entero y más.

El sueldo de Informática A1 no estaba diseñado para pagar dignidad, se sintió culpable de quizás no haber luchado lo suficiente todo ese tiempo por mejorar, su madre solo la tenía a ella.

La noche que fue a buscarla llovía otra vez, tomó un taxi por primera vez en años. El último había sido hacía siete para huir de una mala cita, uno de sus últimos intentos románticos fallidos.

La mujer se veía más delgada. Más pequeña. Más ausente en el vehículo, no sabía dónde estaba ni a dónde se dirigía. Pero sí sabía quién era ella, por lo menos ese día.

—¿Viniste, Eli? —preguntó con voz suave, como si la hubiera estado esperando en otra década.

—Sí, mamá.

La madre sonrió. Después preguntó por el padre de Elisa, muerto hacía veinte años.

Elisa no corrigió. Nunca corregía.

El monoambiente se volvió demasiado chico esa misma noche. Suicida les dio la bienvenida enroscándose a las piernas de su madre que se tambaleó por tanto afecto gatuno.

Preparó su cama para ella. Cambió las sábanas. Movió la mesa. Escondió cables. Guardó objetos punzantes. Sacó todas las plantas al balcón.

Elisa dormiría en el sillón.

No durmieron.

A las dos de la mañana, su madre intentaba salir al pasillo porque “tenía que ir a trabajar”.
A las tres, Elisa se sobresaltó de un sueño que no era sueño, su madre intentaba abrir la puerta del balcón porque “escuchaba que la llamaban”.
A las cuatro, caminaba en círculos murmurando números que no tenían sentido.

A las cinco y veinte, su madre tropezó con el borde de la alfombra. No cayó porque Elisa la sostuvo antes.

El corazón le latía demasiado rápido.

A las seis, cuando el despertador sonó, Elisa no había dormido ni un minuto.

Ese día llegó más tarde, le había puesto candado a la puerta del balcón, desconectado el gas, dejado colchones y almohadones por todos lados, trancado ventanas. Solo dejó una jarra de agua, de y un vaso todo de plástico a mano. Compró pañales de adulto y con esfuerzo supremo logró ponerle uno. Antes tuvo que bañarla y cambiarle las sábanas que se habían ensuciado en la noche. Conectó una cámara con vistas a la sala y a los pasillos y se fue con el corazón encogido.

En Centralnet, el aire artificial era caliente y asfixiante, a pesar de ello sintió un escalofrío que le trepó por la espalda encuentro entró.

Andrés la llamó a su oficina antes de que ella pudiera sentarse.

—Elisa, el informe del viernes está incompleto.

Ella lo miró sin comprender al principio. Luego recordó. Había olvidado adjuntar un anexo irrelevante.

—Lo envío ahora.

La risa suave. El perfume, venía riéndose con Anabela, la secretaria de uno de los directores, una mujer rubia y regordeta, que siempre bromeaba con todos y vendía lencería en el baño.

—No es la primera vez que te distraes últimamente, y ya van varios días que llegas tarde —le reprochó Andrés

La palabra distracción le perforó la cabeza.

—No estoy distraída —respondió.

Su tono fue alto y agrio. Incorrecto, fuera de tono y del habitual. En otra persona podría haber pasado como algo de mal humor, pero al venir de ella produjo extrañeza.

Andrés levantó la vista, sorprendido.

—No era una crítica personal.

—Lo sé.

Pero no sonó como si lo supiera.

Era la primera vez que le contestaba mal.

En el pasillo, varias miradas se volvieron hacia ella. Elisa sintió algo desconocido: descontrol.

Fue entonces cuando lo oyó.

Fabio estaba apoyado contra el marco de una mampara, como si hubiera presenciado la escena sin intención de hacerlo.

—Días difíciles —comentó, sin burla, como si supera algo de ella. La mirada escudriñadora parecía leer sus ojeras, el cabello desordenado.

Elisa no respondió.

Él dio un paso más cerca.

—Escuché que están por abrir un concurso interno para Auditoría.

La palabra golpeó algo profundo.

—¿Auditoría?

—Sí. Cupos limitados. Buena compensación. —Sonrió apenas—. Estoy en la mesa de selección este año, sonó como si eso fuera alguna especie de garantía.

Elisa sostuvo su mirada por un segundo más de lo habitual. La angustia y la falta de sueño de la última semana parecían hacer mecha en su autocontrol, sintió un nudo en el estómago y un leve temblor. Se preguntó si su incapacidad de avanzar se debía a que no prestaba atención a las oportunidades.




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