El concurso se anunció un jueves a las 11:42. Elisa ya sabía. Fabio se lo había dicho antes de que fuera oficial. Auditoría Interna. Un cargo. Cuatro competidores. Incremento salarial significativo.
Esa noche estudió como no estudiaba desde la universidad.
En la mesa estaba Gladys Sepúlveda, Gerenta General de Control Interno. Obesa. Lenta. Traje oscuro impecable.
También, una contadora amiga de ella, no recordaba su nombre, pero era muy flaca, de temperamento nervioso, solía gritarle a sus subalternos con voz de pito, su departamento decían era muy eficiente, tenía cara de avestruz. Miraba sus ojos como si fuera a picotearlos en caso de que brillaran mucho. Y por supuesto Fabio, al costado derecho de Gladys sonriendo con confianza serena, como siempre.
La prueba escrita fue fácil, demasiado fácil, los cuatro concursantes sacaron el máximo puntaje, Elisa se decepcionó de ello. Sin dificultad, todo dependía de la entrevista y de los puntos por estudio. De los concursantes, ella era la única con título universitario, los otros contaban con cursos de capacitación, de los que daban en los pisos superiores, pensó que debería el menos irle bien con eso.
Sabía bien que las entrevistas no eran lo suyo y al ser muy subjetivas, el puntaje sería a capricho del tribunal.
El día de la entrevista, Gladys presidía la mesa. Mientras hablaba, Elisa no pudo dejar de mirarle el gran lunar negro encima del labio superior del que brotaban un montón de pelos.
Se decía a sí misma que mirara otra cosa, pero nunca había sabido qué parte de un rostro mirar ni por cuanto tiempo, por más que ensayaba esa parte siempre, los nervios podían jugarle una mala pasada, eso y los días que llevaba durmiendo poco.
Finalmente, observó un punto perdido en el entrecejo, sabía que, de todas formas, se vería extraña.
—Elisa —dijo con voz baja y firme Gladys—. Su desempeño técnico es excelente. El informe de Adrián es muy bueno.
Elisa sostuvo la mirada, respiró, no sabía qué iba a decir Adrián Cambell, el jefe. No parpadeó. Su rostro no expresaba nada.
—Pero el concurso evalúa competencias integrales.
“Integrales” se repitió como queriendo encontrarle un significado a la palabra en el contexto.
—Su título universitario garantiza un conocimiento base. —Gladys acomodó unos papeles—. Los cursos complementarios son los que marcan la diferencia. Elisa sabía bien que su “conocimiento base” era mucho más completo que los bachilleratos de la competencia.
Anabela sonreía desde el extremo de la mesa, como una alumna sobresaliente.
Secretaria de un director. Siempre arreglada. Siempre simpática. Cursos en todas las áreas imaginables. Nunca había trabajado en auditoría. Nunca lo haría.
—¿Se puede saber cuáles son los cursos integrales que me han dejado al final de la lista? —preguntó en un tono contenido de rabia, que no era habitual en ella, observó que Fabio estudiaba las expresiones de su rostro con avidez, como si descifrara un jeroglífico de emociones. Mientras que Gladys giraba hacia la contadora, posiblemente más afilada y técnica.
Entonces el avestruz habló.
“Gestión Estratégica de Liderazgo Transversal”, “Optimización de Procesos en Entornos Dinámicos”, “Compliance y Gobernanza 4.0.”… Elisa ya no escuchaba, las voces quedaron en un plano lejano.
Su mente se estrellaba con algo tan absurdo como que un título universitario valiera menos que “Gestión Emocional en Entornos de Alta Dirección”.
Se mordió el labio, no escuchaba al avestruz, ni a la “traje” sentenciar el resultado, deseaba patear esa mesa, en particular le molestaba el escrutinio de Fabio, que parecía alimentarse de su torrente de emociones, “maldito parásito” pensó.
Finalmente se relajó, quizás era su culpa, nunca le había dado importancia a esos cursos que no aportaban nada, su tiempo lo usaba en otras cosas, cosas que no podía poner en un currículum.
Necesitaba el ascenso y era su error no vivir en el mundo real.
—¿Está diciendo que mi formación no es suficiente? —preguntó Elisa, porque la verdad le parecía demasiado violenta para que esos rostros confiados continuaran repitiendo aquella farsa. En particular, Fabio.
—Estoy diciendo que el reglamento es claro —refutó el avestruz buscando el punto de picoteo.
El reglamento.
Elisa sabía leer reglamentos y sabía detectar cuándo era interpretado para un resultado específico.
—No es justo —dijo sintiéndose infantil al instante de decirlo, pero levitándose del asiento para asentir y reconocer la derrota, antes de retirarse.
Fabio la miró con media sonrisa, ahora se burlaba, era una niña que había caído en la tela araña.
Gladys no se ofendió.
—No es justo —repitió, casi con amabilidad fingida, mientras Elisa aún no se retiraba.—. Pero es legal —.dijo sonriendo con la misma impunidad con la que enviaba a los que no le interesaban a los cubículos más bajos de la organización, a oficinas con humedad en las paredes y sin ventanas. Elisa no estaba muy segura de su criterio, es verdad que en los cubícalos más alejados, estaban los que siempre faltaban por depresión, las personas más viejas de la organización, los perdedores de siempre, pero debía reconocer que el patrón que parecía dar la preferencia de Gladys era la obesidad, todas sus preferidas lo eran. “Extraño patrón” pensó.
Elisa entendió en ese instante algo definitivo: el sistema no estaba roto. Funcionaba exactamente como había sido diseñado.
Fabio la alcanzó en el pasillo. La interceptó y se colocó delante, observando su expresión sin disimulo, absorbiendo sus emociones.
—No es para enojarse —dijo con su habitual sonrisa descarada.
Elisa apretó los puños, se mordió nuevamente el labio inferior, hasta sentir algo húmedo en él. Se dio cuenta que la sangre lo mojaba de una manera vergonzosa. Los ojos de Fabio se fueron directo a la sangre.
—Tu boca está…—comenzó a decir como queriendo tocarle ese labio con la mano para limpiarlo, pero Elisa retrocedió con furia —. Anabela tiene muchos puntos en formación complementaria. Estaba en las bases que eso valía más. Yo no escribo las bases —dijo en un tono conciliador.