Fabio estaba acostumbrado a que las personas reaccionaran de una manera previsible.
La gente, en general, lo era. Si uno sabía dónde presionar, casi todos respondían igual: orgullo, vanidad, ambición, lujuria. Aunque era un mecanismo simple, él no necesitaba pensar en ello, siempre le había resultado fácil lograr cosas de las personas, tenía instinto y magnetismo suficiente para hacerlo. Era hijo de un ladrón experto en estafas del tipo el cuento del tío, le había enseñado el arte del relato, el arte de engañar requería carisma, imaginación y creatividad, luego solo había que sonreír. Él, a diferencia de su padre, era un ladrón que había estudiado, un pirata con diploma.
Por eso el episodio del pasillo con Elisa Brogli le resultó curioso. No por lo que ella creyera o pensara. Sino por la forma en que lo había dicho.
Cuando ella gritó “¡Vete a la mierda!”, Fabio no se ofendió. En realidad, le había divertido.
Había algo casi infantil en su reacción. Algo transparente, nadie era tan transparente allí.
Como si todavía creyera que la justicia era una regla real del mundo.
Fabio había visto muchas veces esa transición. La gente entraba a Centralnet creyendo que estaba participando de un sistema serio. Un par de concursos después, aprendían.
Algunos se adaptaban. Otros se frustraban. Y unos pocos simplemente desaparecían en los cubículos de los pisos bajos.
Elisa, pensó, probablemente terminaría en ese último grupo.
Mientras caminaba por el edificio, saludó a tres personas distintas antes de llegar al ascensor. Una administrativa del área jurídica. Un técnico de redes. Y Anabela, que venía riéndose sola con el celular en la mano.
—Te traje algo dulce para la tarde —le dijo sonriendo con su cara regordeta y radiante mientras se le formaban hoyuelos a los costados de los labios. Le ofreció una pequeña tartaleta de frutillas y jalea chorreante roja.
Fabio sonrió agradeciendo la atención.
—Se ve espectacular, pero me estoy cuidando de lo dulce —le dijo a modo de disculpa. La secretaria mostró una leve decepción que ocultó con una sonrisa mayor.
Cuando llegó a su oficina, dejó el saco sobre el respaldo de la silla y abrió la ventana. Seguía rumiando a Elisa, ¿por qué le molestaba su indignación? Al fin y al cabo, le había hecho un favor: mostrarle cómo era el mundo, algo que no era un mecanismo perfecto, una máquina predecible y justa. El mundo era algo vivo, vibrante, lleno de oportunidades para aquellos dispuesto a tomarlas.
En contraste, Montevideo estaba gris. La lluvia había dejado ese brillo húmedo en el asfalto que hacía parecer a la ciudad más vieja de lo que ya era. Por un segundo sintió algo extraño en su manera entusiasta de ser, algo parecido a la melancolía, como si extrañara algo que no conocía.
Se sirvió café. Y, sin saber muy bien por qué, volvió la imagen de Elisa a sus pensamientos, su rostro pálido, su cabello desordenado, la sangre en el labio.
Reconocía ahora que aquel instinto de llevarle un café después de haberla empapado con el auto no había sido únicamente para disculparse. Al ver su imagen empapada al costado del Audi, había deseado algo, ¿tocarla?, cuando pasó cerca en la oficina, lo había perturbado su olor tibio de piel y lluvia, le había resultado irresistible llevarle un café como excusa. Antes nunca le había llamado la atención la chica, pero por alguna razón, caprichosa, fetichista, absurda, ese labio rojo y sus ojos llenos de furia le resultaron increíblemente sexis.
Le intrigaba otra cosa. Elisa siempre había mostrado falta de interés. Las mujeres, en general, reaccionaban a su presencia de alguna manera.
No necesariamente con entusiasmo, pero siempre había alguna señal: curiosidad, coquetería, rechazo teatral.
Elisa nunca había mostraba nada. Era como hablar con una pared que, ocasionalmente, respondía con frases inesperadas.
Pero aquella furia, aquel fuego en los ojos era algo nuevo, la mayoría de las personas eran más expresivas y sociables, pero carentes de pasión, un verdadero enojo, eso era algo nuevo.
Se sentó frente a la computadora. Abrió un informe que Gladys le había pedido revisar.
Mientras leía, se repitió en su mente el momento exacto en que Elisa se había mordido el labio. La forma en que había retrocedido cuando él intentó acercarse.
Fabio frunció el ceño apenas. Tal vez había sido demasiado directo. Con personas como ella convenía otro enfoque. Más paciencia. Más espacio. Aunque de inmediato se preguntó ¿Directo para qué? ¿Qué le podía interesar de una chica cómo esa? ¿Por qué le había dicho del concurso al fin y al cabo? Era verdad que le interesaba que hubiera concursantes para ayudar a crear un relato de transparencia, pero en realidad no tenía realmente claro la razón verdadera.
Miró el reloj. Las once y media. Se levantó. Tal vez pasaría por el sector de informática más tarde. No para hablar del concurso. Eso ya estaba cerrado. Pero quizás para invitarla a tomar algo. Después de todo, una derrota así siempre dejaba a la gente vulnerable.
Y la vulnerabilidad era un buen momento para empezar una conversación. Fabio sonrió.
Sí. Eso haría.
Cuando salió de su oficina y caminó por el pasillo del sector técnico, miró casi sin pensarlo hacia el cubículo de Elisa. La silla estaba vacía.
Eso era extraño. Elisa siempre estaba. Fabio se detuvo un segundo. Luego siguió caminando. Probablemente había pedido licencia. O estaba trabajando desde otro sector. Nada importante. Siguió su camino, con cierta indigna decepción.
Era viernes, tomó su celular, iría un rato al gimnasio y luego vería qué chica de su lista de fin de semana estaba dispuesta. Cenar, algo de charla aburrida, sexo con una rubia con buenas tetas y que usara lencería fina (tenía ese capricho ese día), y desayuno para agradecerle sus atenciones.
A esa misma hora, en un monoambiente del centro, Elisa Brogli sentada en su sillón, vestida con un short de algodón, una camiseta de Matrix y medias de lana, mordisqueaba una pizza, bebía una cerveza y tecleaba su laptop, mientras su madre dormía profundamente en su cama. Por primera vez desde que había entrado a Centralnet, alguien había abierto una puerta dentro de su sistema.