El artista del engaño

Capítulo 6: Ojos verdes

Fabio pasó la mañana trabajando con normalidad: firmó dos informes, revisó una conciliación menor, asistió a una reunión absurda sobre “optimización de procesos”.

Pero el papel seguía en el bolsillo de su saco.

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No era prudente actuar demasiado rápido. La ansiedad siempre dejaba huellas, y Fabio llevaba años evitando precisamente eso: las huellas.

Cada tanto lo tocaba con los dedos, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Esperó hasta la tarde, un viernes la mayoría se retiraba temprano, aunque algo le decía que ese no era el caso de Elisa.

A las 16 y 15 caminó hacia el sector técnico, suponía que ya no quedaría mucha gente. Como lo imaginaba, los pasillos estaban vacíos y Elisa, en su cubículo.

La misma postura de siempre. Espalda recta, hombros apenas encorvados hacia la pantalla. El cabello oscuro cayendo hacia adelante como una cortina desordenada.

Ingresó en su cuchitril y se apoyó relajado y confiado en la mampara.

—¿Tienes un minuto?

Elisa levantó la vista. Sus ojos tardaron un segundo en enfocarlo, como si hubiera tenido que regresar desde algún lugar muy lejos y no se hubiera percatado en absoluto de su entrada.

—Sí.

Fabio sonrió con su expresión más tranquila.

—Pensé que podíamos tomar un café.

Elisa lo observó un instante.

—¿Por qué?

La pregunta hizo parpadear a Fabio que soltó una pequeña risa, era la primera vez que alguien y más una chica le preguntaba el porqué de una invitación a tomar café.

—Porque el café es bueno para sobrevivir los viernes —le contestó con su acostumbrada rapidez.

Elisa pareció pensarlo. Luego cerró la laptop.

—Está bien.

La cafetería del edificio era el único lugar iluminado por luz natural al que accedían todos los funcionarios de Centralnet, la luz era el privilegio de las oficinas de jefes y gerentes. Estaba vacía y despejada, la luz del sol penetraba por el recinto, y aunque la vista a la ciudad era gris y sucia, como Montevideo y el mobiliario viejo y sin estilo; el sol dotaba al lugar de algo muy cálido, de una primavera falsa, hecha de plantas de plástico y calor artificial.

Una máquina automática zumbaba en una esquina. Dos funcionarios discutían algo frente a una bandeja de medialunas.

Fabio pidió dos cafés. Elisa observaba el lugar como si estuviera registrando cada detalle.

Se sentaron frente a frente. Durante unos segundos ninguno habló.

Fabio parecía estudiarla con impunidad, como si ahora no necesitara una razón para mirarla descaradamente. Elisa disimulaba su notoria incomodidad, escondía sus manos dentro de las mangas de un jersey de lana deshilachado.

Cuando trajeron el café, lo rodeó buscando calor y algún tipo de protección. Tenía el rostro pálido, su cabello largo pretendía esconder las ojeras de las noches insomnes provocadas por su la enfermedad de madre. Elisa era su propio muro de protección.
—Elisa —le dijo Fabio, intentando interceptar la mirada y tener su atención que parecía dirigirse a puntos lejanos todo el tiempo. Ella levantó el rostro, y lo miró directo a los ojos, provocándole un raro sobresalto.

“Son muy verdes, como el color del vidrio, intensos” pensó, e intentando sacudirse aquel efecto inesperado y paralizante.

—¿Dormiste algo después de la entrevista? —preguntó intentando vulnerar todo ese hermetismo.

—¿Por qué quieres saber? —fue su defensiva respuesta.

—Se te ve muy cansada últimamente.

Elisa inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Te importa en algo?

—Actúas como si las personas fueran enemigas. Como si estuvieras en guerra contra todos. Tu actitud no ayuda. Es una lástima porque eres inteligente.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Ayudarme? ¿Otra vez? — Elisa sostuvo su mirada.

—Quería saber si necesitabas algo. ¿Necesitas algo? —le interrogó dotando la última pregunta de un sentido diferente, directo. Llegaría como fuera a la verdad, si había sido ella quien había husmeado en las cuentas, no tendría piedad. Si no, solo tendría una charla extraña con una chica más extraña de ojos bonitos.

Elisa apoyó las manos alrededor de la taza.

—¿Por qué me avisaste del concurso?

Fabio levantó una ceja.

—Pensé que te interesaría.

—No fue eso.

—¿Ah, ¿no? ¿Y qué fue?

—Necesitabas competencia para que el concurso pareciera legítimo.

Fabio dejó la taza en la mesa. La miró con más atención.

—Tienes una visión bastante pesimista del mundo.

—Tengo una visión bastante precisa.

Fabio sonrió de lado.

—Te lo dije en el pasillo. Que era un juego. Encuentra la forma de jugar. Ya eres grandecita para no saberlo.

—Exacto.

Elisa bebió un poco de café.

Luego dijo, con la misma calma con la que podría haber comentado el clima.

—¿Siempre ganas?

—Siempre —sonrió confiado.

Elisa asintió, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.

—Debe ser aburrido.

Fabio soltó una risa corta.

—No lo creo.

Durante un segundo se hizo silencio. Fabio apoyó el codo sobre la mesa.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Siempre pierdes?

Elisa no lo miró directamente, volvió a fijar la vista en la mesa, parecía seguir las vetas de la madera.

—Hasta ahora.

Fabio sintió una ligera incomodidad. Había algo en esa respuesta que no encajaba del todo con la Elisa que conocía. Detrás de esa enorme fragilidad, había un misterio, escondía algo.

—Las cosas cambian —dijo ella y giró lentamente la taza entre sus dedos, como si pensara en otra cosa.

Fabio se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Sabes cuál es la regla más importante del juego?

—No.

—Nunca mostrar todas las cartas.

—Tú no has visto mis cartas —levantó la mirada de la mesa, allí estaban otra vez aquellos ojos grandes, intensos, despiertos tras una idea, un plan. Algo que Fabio buscaba, que desarmaría.




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