El artista del engaño

capítulo 8: El segundo secreto

La nota era breve, papel común, tinta negra, sin saludo, sin firma:

Hoy. 22:30.
Moneda al Aire

¿Moneda al Aire? Conocía el bar. En su época de estudiante muchos universitarios iban a ese antro, ella no tenía vida social entonces, tampoco ahora, pero una vez había acompañado a una estudiante amiga, y solo porque había insistido. No recordaba nada en particular de esa vez, solo que se había ido temprano con alguna excusa.

La puerta de entrada tenía esculpido dos dados, conducía a una escalera angosta que llevaba a lo que sería un gran y enorme sótano. Abajo el aire era turbio, unas pequeñas ventanas permitían ver los pies de los transeúntes. Tenía paredes de piedra, que chorreaban humedad por la cantidad de gente amontonada en mesas de madera cuadradas y rústicas, con olor a cerveza pegoteada.

Recordó de pronto que también fue el lugar de un desengaños amorosos: el chico que le gustaba había terminado la relación allí, le había dicho que era el fin, la había dejado sola, sentada en la mesa, pagando la cuenta y observando un mundo de gente feliz que charlaba y reía. Nunca se había sentido tan sola en toda su vida, había sido su última decepción, cinco años atrás, y no había vuelto a salir con nadie. Las luces de la ciudad desde entonces fueron luces solitarias. “¿De todos los bares, restaurantes, cafés y boliches decadentes que había en la ciudad, el maldito había elegido precisamente ese?”.

Elisa leyó la nota dos veces, después una tercera; no por duda, por necesidad. No quería ir, pero ya estaba en el baile, si pretendía lograr algo, tendría que arriesgarse.

Durante años había construido su vida para evitar exactamente eso, ambientes que no pudiera prever. Solo transitaba por rutas conocidas, horarios fijos, espacios controlados: Centralnet, su apartamento, el supermercado, la farmacia. El resto era ruido. Fabio había concertado la reunión en un lugar que la arrojaba de su zona segura, era como si supiera exactamente dónde iba a estar más vulnerable.

Regresó a su casa, bañó a su madre, le preparó un puré de zapallo con carne molida que comió con entusiasmo. Le puso el último pañal, le dio cinco gotas en vez de dos para dormir y se sintió culpable. La había tenido semidopada frente a una televisión todo el día, viendo programas de competencias absurdas, una tortura para cualquier mente sana. Pero era lo único que podía hacer, si quería encontrar una salida, no tenía dinero para pagar cuidadores, ni siquiera le quedaba ya para más pañales.

Después se miró al espejo, que le devolvió una imagen terrible. No era una cita. ¿Por qué la sentía como si lo fuera? ¿Qué importaba qué ropa se ponía o cómo se veía?

Se bañó con agua muy caliente, le daba una sensación de protección, aunque el cuerpo le quedara amoratado en la espalda y la entre pierna. Finalmente se puso unos jeans, luna remera de algodón que le quedaba justa, la cazadora de siempre y salió, tomó las llaves y se dio ánimo respirando profundo.

Pero al pisar la acera, los sonidos, las bocinas, las luces y la gente moviéndose en grupos la paralizaron. Montevideo en la noche era diferente, hacía mucho que solo lo apreciaba desde el balcón.

Se subió la capucha y apretó el paso. Moneda al Aire estaba del otro lado del Centro, como a unas 20 cuadras, había menos ómnibus a esa hora y no le quedaba otra que caminar. La noche en el Centro tenía otra lógica. Más rápida. Más densa. Más imprevisible.

Los “zombies” que durante el día dormían al sol envueltos en papeles y nylon ahora estaban activos. Aunque por fortuna ninguno se fijó en ella. La zona donde se dirigía no era del todo mala, por lo menos para aquellos que iban en auto y en grupos, caminar era otra cosa.

Miró el reloj.

21:55.

Podía no ir. Podía ignorarlo. Podía volver a su rutina y fingir que nada había cambiado. Pero era tarde, ya había cambiado.

Caminó con más rapidez. Esquinas. Personas. Distancias. La humedad se le pegaba a la piel. Las luces rebotaban en el asfalto mojado. Los autos pasaban demasiado cerca. Demasiado rápido. Elisa caminaba con pasos medidos. Contando. Siempre contando.

Un grupo de hombres reía demasiado fuerte. Una pareja discutía en la vereda. Un auto rojo frenó de golpe.

Antes de lo que creyó, tuvo los dados de la puerta del bar frente a ella, vio el Audi azul estacionado en la puerta, le pareció extraño que encontrara lugar para aparcar justo en la entrada. Ingresar le fue un suplicio, mucha gente bajaba y subía por la angosta escalera hacia el sótano cargado de aire pesado. El ruido la golpeó primero: voces, vidrios, risas, música.

Descendió lentamente, delante de ella muchas mesas se extendían, no podía focalizar la vista para encontrar al hdp. Buscó un punto fijo, una mesa, una pared. Lo vio debajo de una columna, en medio de todas las mesas, lejos de las ventanas, al lado había una especie de despedida de soltera, un montón de mujeres gritaban y reían. Ella jamás hubiera elegido ese lugar. Pero seguramente alguien como él se camuflaba mejor en sitios así.

No vestía un traje, como siempre, sino una chaqueta negra de cuero y su cabello estaba levemente desordenado, bebía una cerveza espumosa con naturalidad desenfadada.

Al momento de descender la escalera frente a él, y de que Fabio fijara su atención despiadada en ella, comenzó a sonar algo ochentoso, un tema romántico de Roxette, Dangerous, pensó que la música lo hacía ver inofensivo él, y ridícula a ella.

Fabio le sonrió como si ese lugar y todo lo que había allí le pertenecieran.

Elisa caminó hacia él sintiendo cada paso, cada mirada, cada ruido. Se sentó sin decir nada, esforzándose en mostrar su mejor cara de poker, repasando en su mente qué cosas quería lograr de la reunión, qué cosa no iba a transar y de qué se tenía que cuidar.

Él no habló tampoco, no saludo, solo la miró fijamente con la atención de los que devoran antes de atacar.




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